sábado, 29 de marzo de 2025

La plaga humana

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)








     ¿Creería el lector si le digo que existe algo llamado Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria con el propósito de hacer que los humanos nos extingamos de la faz de la tierra por los siglos de los siglos? ¿Es tan estúpido el individuo promedio como para formar parte de un grupo que lo conducirá al camino de su propia destrucción? Pues sí, sí lo es. Casos se han visto, y si ya existen el feminismo y el wokismo, que destruyen a sus militantes, ¿por qué no darle cabida ahora al extincionismo?

     Pero el movimiento existe hace casi 35 años, y su propósito es claro: que nos desaparezcamos. Fue fundado por Les U. Knight en 1991, un residente de Portland, Oregón, quien fue criado en una familia numerosa. Opera bajo la consigna de que toda persona es libre de adscribirse al movimiento, porque para ello cuenta con autonomía y libertad, y sobre todo con una gran conciencia ambiental para asegurar la sostenibilidad del planeta.

     En realidad, este movimiento es sólo un reflejo del activismo intelectual de otro movimiento cultural mucho más amplio, complejo y bien estructurado, que es el Ecologismo. El escritor y filósofo argentino Horacio Giusto lo define en su obra El Libro Negro del Ecologismo como una ideología de la nueva izquierda:

El ecologismo, que es en sí mismo una expresión más (entre tantas otras) de la nueva izquierda, posee discursos que varían según el contexto, aunque mantiene un patrón común latente en sus mensajes a lo largo de la historia: el Hombre es artífice principal de la destrucción del Planeta y en consecuencia todo desastre natural es su culpa. Por ello es que actualmente, en una cultura fuertemente marcada por la paranoia ambiental y que hereda la noción contractualista de Rousseau, se está volviendo en forma silenciosa a considerar válida la teoría del pastor protestante y economista Thomas Malthus.[1]




     En su canal de Youtube[2], aparecen nombres de filósofos y científicos tales como Peter Singer, David Attenborough, Garret Hardin, Paul Ehrlich, Eric Pianka o Jared Diamond; todos suscritos a la ideología ecologista que, al igual que el movimiento de Knight, plantea que la población humana es mucho mayor a la capacidad de la tierra para soportarla. Por tanto, el objetivo sería equilibrar la biósfera terrestre a través de una reducción importante de seres humanos. Si estos deciden desaparecer por cuenta propia, mucho mejor. Lo que uno no ve es que alguno de estos científicos haya dado primero el ejemplo. Como quien dice, que se mueran los demás.

     Ya por allá en las postrimerías del siglo XVIII, un clérigo anglicano muy influyente llamado Thomas Malthus hablaba en favor de una tesis similar, afirmando que la población tendía a crecer en forma exponencial mientras los alimentos lo hacían de forma aritmética, por lo que los medios de subsistencia siempre iban a ser limitados y el hambre cada vez más iría en aumento. No contaba con que menos de un siglo después una revolución tecnológica producida por la invención de la máquina de vapor lo cambiaría todo, y con el paso del tiempo la producción de alimentos se multiplicaría a un ritmo vertiginoso.

     Peter Singer, un filósofo utilitarista y activista por los derechos de los animales, considerado el padre del animalismo, escribiría en 1998 su libro llamado Ética Práctica, en el que sostenía una tesis muy similar a las planteadas por Malthus hace 227 años y por Knight hace apenas 30 años, entre las cuales el aborto inducido constituía una de sus principales causas de lucha.

     Más tarde, en 2013, aparece en escena el naturalista David Attenborough, que dijo textualmente: “Los seres humanos son una plaga sobre la tierra”, e “instaba a controlar el crecimiento de la población para que la tierra fuera sostenible”[3], evitando así la reproducción de la especie humana. Todos esos filósofos y científicos alimentaron el mito de la superpoblación y activaron las alarmas para decir que la multiplicación de los hombres estaba poniendo en riesgo el planeta.




     Pero el bioestadístico y médico sueco Hans Rosling, quien en su libro promovió una visión del mundo basada en los hechos y los datos antes que en las teorías especulativas, refutó el mito de la superpoblación demostrando estadísticamente que toda la población del mundo podría caber tranquilamente en el territorio del Estado de Texas, en los Estados Unidos, sin necesidad de hacinarse como en los grandes centros urbanos de la actualidad. Según su investigación, lo que hay es una alta densidad demográfica por la concentración de la población en las ciudades, y no debería confundirse esta con sobrepoblación. Aún así, el discurso ecologista fomenta el mito de la sobrepoblación para impulsar una agenda de control natal en el mundo por medio de los organismos internacionales. Estos, a su vez, cuentan con un gran peso sobre los Estados dominados por dicha agenda ecologista, la cual contiene el germen de una revolución política y económica para transformar de manera obligatoria el modo de vivir de la gente en el mundo.

     Pero no es una revolución contra los grandes conglomerados económicos ni contra los gobiernos detentadores del poder para explotar los recursos indiscriminadamente, sino contra el hombre común y silvestre, quien individualmente no llega a contaminar una milésima parte de lo que contaminan las industrias de las élites que dominan la economía mundial. Así, el objetivo de la nueva religión ecologista no es tanto proteger el medio ambiente como hacer desaparecer al hombre junto con todas las instituciones que lo acogen desde el nacimiento: la familia, la religión, la comunidad, su propia individualidad, su sentido de pertenencia a algo, en fin.

     En el fondo se trata de promover una guerra entre los hombres, de manera que prevalezcan los más fuertes sobre los más débiles, como en los postulados de la Selección Natural, bajo el pretexto de que los humanos depredamos el planeta. Una extinción voluntaria, aunque en la mayoría de los casos obligatoria: despojar al hombre de todo su sentido para dejarlo sin nada que perder más allá de su miserable vida.




     La tesis, por ejemplo, de un biólogo como Erik Pianka, sostiene que la población humana debe desaparecer en un 95% del planeta.[4] No importa si para esto se tiene que recurrir a un ataque por medio de un virus como el ébola. Bastante amorosos para con la humanidad han resultado ser los científicos que promueven el ecologismo como ideología. Lo complicado del caso es que si están sobrando tantas personas en el mundo, ¿cómo saber cuáles son los que están en el bando de los llamados a desaparecer? ¿Quién decide qué vidas merecen la pena vivirse y cuáles no?

     Culturalmente, el afianzamiento de estas ideas de los “eco-fascistas”, que más que ecologistas parecen ser ideólogos movidos por el principio eugenésico de la supervivencia, ha generado una nueva forma de configurar a la humanidad bajo una visión confrontativa de la sociedad: la del individuo compitiendo por sacar del camino a su semejante; pero sobre todo bajo una visión egocéntrica de concebirse a sí mismo como una partícula indivisible y atomizada que no puede ni quiere reproducirse para “no traer hijos al mundo a sufrir”. Se romantiza la vida en soledad, la aparente ventaja de no tener ataduras y ser libre en este mundo de cargas pesadas, porque lo que se requiere es ser un ciudadano del mundo que consuma, viaje, disfrute de los placeres de la vida en aislamiento, y ante todo, jamás se reproduzca. Pensando así, los humanos encontramos la mejor forma de extinguirnos voluntariamente sin necesidad de la aniquilación en masa que proponían los del movimiento de Knight.

     De esta forma, la extinción opera por la cultura antes que por la guerra nuclear, biológica o armamentista, con tasas de natalidad por debajo de 2 hijos por mujer que van en camino de reducirse ostensiblemente. El discurso ecologista no es más que una agenda antinatalista en nombre del cuidado de la “casa común”.




     Pero al tiempo que se desincentivan los propósitos de tener hijos, se fomenta la tenencia de mascotas para reemplazarlos, al punto de que se equiparan a estas con los hijos que no llegaron al seno del hogar. De ahí que no es extraño hablar del perrijo, del gatijo, o del nuevo miembro de la familia que hasta heredó los apellidos y se consolida como un habitante especial de la casa con privilegios y derechos particulares.

     Mucho cuidado con lo que puede derivarse de este amor desmedido por las “mascotas-hijos”. Lo dijo Chesterton una vez: “donde hay adoración animal, hay sacrificio humano”. Pero también lo hay donde existe una adoración desmedida y alienada por la creación antes que por el Creador; es decir, cuando se endiosa a la tierra y sus fenómenos, porque entonces la fe se constituye en fetiche, como aquel que cree que el milagro obra por haber tocado al santo. Recurrir de nuevo a la adoración del sol, de la luna, de la naturaleza y sus componentes, es simplemente retroceder en nuestra evolución. Depositar la esperanza en la energía de las piedras, en el poder de los duendes, de los astros, de los extraterrestres, o qué sé yo qué tipo de criatura se esté invocando ahora, es retornar a un oscurantismo mucho peor que el que había en la Edad Media.

     Hoy, cuando navegamos por las aguas de la adoración planetaria, tal como en la antigüedad lo hicieron nuestros antepasados con los astros y los fenómenos naturales en general, nos encontramos con que somos los seres humanos los demonios de la alegoría. De un lado, la “madre naturaleza”; la tierra que respira y se lamenta por la falta de conciencia, y del otro, el hombre depredador; destructor de su propio paraíso, incendiario de su propia casa, representante del mal en la tierra.




     Por este pensamiento la especie humana entera queda metida en la bolsa de los saqueadores, no diferenciando que un gran número de seres humanos todavía pueden obrar con la conciencia necesaria para cuidar el planeta sin necesidad de verlo como a un dios, y sobre todo, sin necesidad de auto infligirse el castigo que les hicieron pensar que se merecen por haber usufructuado el suelo que tienen el privilegio de pisar. De continuar con la tendencia de la desestimación del Dios personal por adorar al dios que puede estar en cualquier cosa (le llaman a eso panteísmo), el hombre se procurará su autodestrucción hasta ser reducido a una especie sin capacidad cognitiva o hasta quedar a la par de las bestias más feroces, como no hubo alguna en la tierra.


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[1] Horacio Giusto, Ignacio Vossler. El libro negro del ecologismo. (Santiago de Chile: Legado Ediciones, 2024), p. 38. Recuperado de https://archive.org/details/el-libro-negro-del-ecologismo/page/n37/mode/2up

[2] Horacio Giusto. (22 de junio de 2021). ¿Promoviendo la extinción humana? [Video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=6PODU8Q3aDE&list=PL18sLbvMjYxdti0xqa7zn8TS6V3bj0QfT&index=4

[3] https://elpais.com/sociedad/2013/01/23/actualidad/1358942572_869278.html

[4] Ricardo Andrés Roa Castellanos. (Julio 6 de 2015). Ciencia versus Pseudociencia: El Mortal Mito de la Sobrepoblación. Universidad del Rosario. Recuperado de https://urosario.edu.co/revista-nova-et-vetera/columnistas/ciencia-versus-pseudociencia-el-mortal-mito-de-la-sobrepoblacion

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