sábado, 24 de mayo de 2025

Esas pregunticas...

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     Con cierta frecuencia se ve uno envuelto en esta situación: alguien pregunta por los proyectos personales, por la vida laboral, por la pareja, por las actividades a las que uno dedica el tiempo libre; y uno, que no es muy propenso a hablar de sí mismo en público, tiene que verse obligado a hacer el ejercicio mental para sacarse del sombrero la mejor respuesta. 

     Entonces, como no es tan fácil hablar de uno cuando se es un ser introvertido y cuando se sospecha que lo que uno va a decir no va a causar gran impresión en el público, un corto circuito se produce en el cerebro y comienzan a aflorar los sentimientos de vergüenza. ¿Por qué las convenciones sociales nos someten a esta tortura de tener que explicarle a otro quién es uno y qué hace cuando ni siquiera uno se lo ha podido explicar a sí mismo? 

     En mi caso soy demasiado tímido para responder a las preguntas sobre mi propia persona y quisiera salir huyendo, o que un meteorito caiga en la tierra en el momento justo en el que tengo que responder acerca de un ser al que no conozco tan bien. Porque es cierto: yo, a mis 45 años, no tengo ni puñetera  idea de quién soy. Hablar sobre mi vida me remite a una gran disertación filosófica de la que después salgo exhausto, como si hubiera tenido que atravesar reptando un largo túnel. Porque en medio de la conversación me percato de dos cosas: o que estoy diciendo mentiras para salirme del paso, o que estoy diciendo la verdad, pero desnudando a la vez mis grandes debilidades, y eso es darle las armas al contendor para que después me ataque.




     Porque a no ser que uno comience a fanfarronear y a inventarse una historia de su vida para impresionar al contertulio, que de por sí ya ha hablado de la suya en la reunión y ha resultado ser, a leguas, mucho más interesante que la vida de uno; el ego propio se repliega atrincherado ante la exposición inevitable a la que uno mismo lo va a someter nada más para responder una pregunta formulada por la pura cortesía social.

     De repente uno titubea cuando se ve enfrentado consigo mismo, porque una parte de esa realidad no es coherente con la imagen que uno quiere proyectar. A mí, por ejemplo, me toca maquillar un poco las frustraciones y convertirlas en asuntos pendientes, en propósitos aplazados, pero factibles de realizar para no admitir que fracasé en todo aquello que ostenté como proyecto en alguna conversación pasada. Y lo malo es que la gente tiene memoria, y después de un tiempo, en esas reuniones sociales en donde se guardan las apariencias, le vuelven a sacar a uno el tema a flote, y de nuevo "vuelve la mula al trigo" tratando de disimular que uno no hizo lo que tenía que hacer por razones de "fuerza mayor". Yo siempre debo tener una excusa, ojalá muy valedera, para poder justificar mi inoperancia humana, y todo por verguenza a quedar mal y no estar a la altura de lo que de mí se espera.




      Uno debería poder admitir con facilidad que a uno no le dio la gana de hacer las cosas y "san se acabó", y "de malas", que es lo que el mal educado que uno lleva adentro quisiera expresar ante la pena que los demás saben que uno está viviendo. Porque en el fondo el que pregunta ya sabe lo que a uno le sucede, pues se ha enterado por boca de otros, pero morboso e indiscreto, quiere enterarse de primera mano solamente para corroborar que las impresiones que se había formado de uno cuando le fueron con los comentarios eran ciertas. Por eso me fastidian un poco los periodistas y los preguntones. Es que hay preguntas que debieran ser prohibidas, porque en ocasiones es mejor ahorrarse las explicaciones.

     Eso sí, cuando ven que uno no la tiene clara, aparecen como por arte de magia los consejeros: otro gremio al que también pongo en el mismo costal de los preguntones de oficio. Esos que tienen una inclinación natural a dar opiniones sobre la vida de los demás, pues resolver las circunstancias ajenas es mucho más sencillo que lidiar con las propias. 

     Eso me recuerda el famoso pasaje bíblico de Mateo 7:3-5, el que habla de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el ojo propio. Tal cual son los criticones, que a la larga son los mismos opinadores, sólo que estos últimos son más sutiles, pues se abrigan con el manto de los buenos consejos. ¿Quién quiere consejos en un mundo donde todas las respuestas ya se pueden encontrar por internet? Además, no olvidemos que para ello hay profesionales de la psicología que cobran por dar consejos sin hacerlo sentir a uno tan mal.




     Hagas lo que hagas siempre te criticarán. Siempre habrá quien opine de tu vida y te aconseje cómo solucionarla de la mejor manera, aunque el consejero en cuestión aún tenga pendientes más delicados por resolver en la suya propia. Este hábito, lejos de ser un ejercicio de reflexión genuina, termina convirtiéndose en un juicio imprudente que interfiere con el derecho de cada individuo a decidir sobre su propio destino. 

     Pero el punto central que quería expresar en esta reflexión no se refiere al rol de los que preguntan sino de los que no sabemos cómo responder. Porque hasta en las entrevistas de trabajo a uno le van a preguntar por su vida, y siempre tendremos que responderle a alguien que pregunte de una manera muy educada. Dicen que la clave es ser muy sincero, pero si uno es sincero en sus respuestas, termina quedándose sin amigos y sin trabajo. 

     Ojalá uno pudiera decir todo lo que piensa de algo o de alguien, pero estamos en un mundo de corrección política que no lo permite. Y el problema es que también habrá alguien que querrá decir todo lo que piensa acerca de uno, con lo cual obtenemos el caldo de cultivo para engendrar enemistades al por mayor. A veces por evitar el conflicto uno se vuelve empático, pero lo cierto es que lo que hay que ser es asertivo, que es la cosa más complicada de lograr, sobre todo para los que somos tímidos sociales. Eso requiere carácter y autoestima.




     Todo esto de las preguntas incómodas que uno no quiere responder para no poner en evidencia sus yerros me hace recordar una entrevista que le hicieron una vez al cantante Juan Gabriel cuando le preguntaron de manera directa si era gay o no. La respuesta no pudo ser mejor: "Mijo, lo que se ve no se pregunta".

     Es verdad. Hay cuestiones que ya traen implícita su respuesta nada más con observarlas y analizarlas un poco. Si uno conoce la batalla que el otro está librando, ¿para qué llevarlo mentalmente a ese campo que ha sido todo un suplicio para el prójimo? Es mejor dejar que sea él quien nos cuente su experiencia por su propia voluntad, y limitarnos a escuchar sin ser jueces, sino simplemente acompañantes de su historia. Evitar, eso sí, un consejo a destiempo y una crítica que pueda destruir su autoestima.

     Por eso, tal como le dijo Juan Gabriel al periodista aquella vez, lo que se ve no se pregunta. Y algunas veces lo que no se ve tampoco. ¿Para qué queremos saberlo nosotros? ¿Curiosidad o interés genuino? 



1 comentario:

  1. Es que la mayoría de las personas son felices haciendo sentir mal a los demás para ellos poderse sentir importantes, son personas infelices que no aceptan que otros tienen una vida más plena y que cada persona tiene intereses diferentes y que no es el dinero lo que más importa en este mundo.

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