(Columna)
Seis de noviembre de 1985. La Historia, o los que la están reescribiendo, dicen que aquel día, en el Palacio de Justicia en Bogotá, se produjo el “infortunado” episodio de la “Toma al Palacio” por parte de la guerrilla del M19, en el que murieron noventa y ocho personas confirmadas y otras once se registraron como desaparecidas después de que el Ejército Nacional fue enviado por orden del presidente Belisario Betancur a efectuar la “retoma” al recinto máximo de la justicia colombiana.
Ya desde ahí comenzamos mal. Con esa narrativa nos han tenido durante cuarenta años. Se han falseado los hechos, se ha subvertido el lenguaje. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Para empezar, no fue una toma guerrillera. Una toma es algo muy distinto. Por lo general las tomas no suelen involucrar hechos de violencia extrema, como cuando un grupo de protestantes se toma un edificio público para hacer una manifestación grandilocuente, pero aquello es distinto. Lo que ocurrió en el Palacio de Justicia ese seis de noviembre fue un asalto a sangre y fuego, no perpetrado por una guerrilla urbana y revolucionaria de izquierda, sino por un grupo narcoterrorista, financiado con el dinero del mafioso más peligroso del mundo para ese entonces: Pablo Escobar Gaviria. Eso ya quedó probado.
Lo que desde el sector de la izquierda le quieren hacer creer al país, cuando ya toda una generación ha pasado y los sobrevivientes del Holocausto se han ido muriendo paulatinamente y ya no pueden recontar su testimonio, es que aquella había sido una operación revolucionaria llamada Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, con el objetivo de hacerle un juicio revolucionario al presidente de la República por haber supuestamente incumplido un acuerdo de paz firmado en 1984 entre la guerrilla del M19 y el gobierno. El presidente actual, ex guerrillero de esa organización terrorista y cuyo corazón nunca se desmovilizó, pues sigue pensando como terrorista y narcotraficante, aseveró recién “desmovilizado”, con el mayor de los cinismos, que lo que ocurrió allí fue una “genialidad”. Que el objetivo era una reivindicación de la democracia por parte del M19, como si un grupillo de hippies idealistas y jóvenes revolucionarios y marihuaneros de esquina hubieran llegado con pancartas y megáfonos a sentar su voz de protesta y a simplemente incomodar a los funcionarios de la rama judicial, como si de radicar un derecho de petición se hubiera tratado.
Hoy, cuarenta años después del genocidio, el sinvergüenza no sólo reivindica el acto sangriento que costó la vida de 11 magistrados y decenas de inocentes, sino que a cada rato revictimiza e irrespeta al país ondeando el maldito trapo insignia del grupo asesino en cuanto evento tiene la oportunidad. Para Petro no es una fecha de conmemoración, sino de celebración, o en todo caso, si ha de conmemorar algo, es la muerte de sus compañeros dados de baja en la operación de rescate que tuvo que llevar a cabo el Ejército con todos los errores y desaciertos que ello conllevó.
Hay que aclararle a las nuevas generaciones, aleccionadas por maestros partidarios de una ideología perversa y que no han tenido ningún empacho en mentir y romantizar la barbarie, que los terroristas del M19 no llegaron en son de paz a proponer un cambio, ni a demandar derechos para el pueblo: llegaron asesinando al mismo pueblo. De entrada, mataron a dos vigilantes que estaban de turno a esa hora; disparando sin mediar palabra a quienes custodiaban las puertas del Palacio e intimidando a los que a esa hora se encontraban allí, especialmente a los magistrados de la Corte Suprema, a quienes tenían la clara intención de ir matando uno por uno si con el paso de las horas el presidente de la República no se hacía presente para negociar. El propósito estaba claro: quemar los folios de los procesos judiciales adelantados contra los narcotraficantes, desaparecer las evidencias para que estos no pudieran ser enjuiciados, y presionar para que se firmara la no extradición.
Solo que el país no puede olvidar jamás quién es el responsable de este asalto: el M19. Quien mató a los magistrados e incendió el Palacio no fue el Ejército, como siempre han querido hacernos ver. Los únicos asesinos y responsables del hecho son los guerrilleros genocidas. Así lo atestiguaron los sobrevivientes, entre ellos Humberto Murcia Ballén, único de los magistrados que logró ser rescatado con vida. Si ellos no hubieran concebido y ejecutado ese macabro plan, nada de lo que hoy lamentamos hubiera sucedido. Hasta la mayoría de los guerrilleros que participaron en el asalto, para fortuna de ellos, estarían vivos, sin pagar un solo día de cárcel, gracias a que un par de años después, a una clase dirigente mezquina y cobarde se le ocurrió la terrible idea de darles indulto.
Pero todo salió mal ese día: el ataque, la respuesta de las fuerzas militares que entraron a recuperar el Palacio con la misma brutalidad con que lo asaltaron los criminales sin tener la precaución de proteger a los civiles inocentes, el centenar de muertos, la destrucción avasalladora, el desastre de sangre, caos y muerte, la terquedad de un presidente que no tuvo el tino para llevar a cabo una operación exitosa de rescate, la falta de estrategia, de astucia militar, absolutamente todo mal. Se le abona al Ejército que al menos pudo sacar con vida a por lo menos setenta rehenes que lograron salvarse de las llamas y de las balas, de modo que la tragedia pudo haber sido peor. Sí, el Ejército seguramente actuó con torpeza, pero nadie garantiza que de no haber actuado, no hubiera habido muertos. Tal vez fue gracias a ello que no murieron todos los rehenes. Porque está claro que los guerrilleros entraron dispuestos a matar y a morir.
Uno de los once magistrados que perdió la vida en este crimen fue el jurista Manuel Gaona Cruz, padre del abogado Mauricio Gaona, quien recientemente ha recibido ataques por parte de la izquierda al convertirse en uno de los grandes contradictores de este gobierno. El abogado Gaona nos deja estas palabras que transcribo para no perder de vista que la narrativa de los zurdos es hacerle creer al país que aquello no tenía por qué haber sido una jornada violenta si el Ejército no hubiera intervenido, de modo que le echan toda el agua sucia al operativo militar y le lavan la cara a los subversivos. El abogado dijo: Ya nos quitaron la Historia. La están reescribiendo, la están editando, la están borrando. Ya nos quitaron la Justicia, la secuestraron, la asesinaron, la incendiaron y la olvidaron. Hoy nos están presentando como actos de patriotismo, como actos intrépidos, crímenes contra la Humanidad.
A través de las novelas, el teatro, la literatura, el cine, las ponencias, los foros, los medios de comunicación y cuantas herramientas tienen a la mano, nos han venido diciendo durante cuarenta años que el M19 era apenas un puñado de jóvenes idealistas que luchaban por una Colombia mejor contra la oligarquía política. Nada más lejos de la verdad. Aquí lo que tiene que quedar claro es que los miembros de esa guerrilla terrorista, porque en verdad generaban terror, eran unos sanguinarios asesinos, incluido el que hoy funge como presidente de la nación, y que para la época (y para fortuna suya) estaba preso por un delito menor. Se salvó de haber sido ajusticiado por el Ejército en esa ocasión, pero no se salvó el país de verlo con la banda presidencial cuatro décadas después. No sería raro que él mismo se hubiera hecho capturar a propósito para no tomar parte en el asalto, no por un sentido de obrar el bien, sino por la cobardía y la pusilanimidad que siempre lo han caracterizado. Entre las filas guerrilleras siempre tuvo fama de ser malo para el combate y se le tenía por elemento de poca estima.
Además, no solamente fueron los muertos del Palacio los que se le adjudican al M19. Cometieron otros tantos homicidios y llevaron a cabo secuestros, ajusticiamientos, reclutamiento de menores y cómo no, delitos de narcotráfico. Lo paradójico es que ningún miembro de esa organización tuvo que pasar por una cárcel, ni siquiera simbólicamente después del indulto. El mismo Petro, que estaba enterado de los planes del grupo para el cual operaba, debió haber ido a prisión como coautor intelectual del Holocausto. Pero esa justicia a la que ellos mismos atacaron no tuvo el valor para parárseles de frente y condenarlos. La rama judicial no demostró independencia ni peso político. Todo se disolvió en aras de una Constituyente que se amoldó a la voluntad de los agresores que fueron los que se encargaron de reescribir la Historia.
Y así, mientras los criminales sobrevivientes de ese grupo gozaron de total impunidad y uno de ellos hasta llegó a la presidencia, los miembros de la fuerza pública que estuvieron a cargo de la operación para liberar el Palacio de Justicia han tenido que pagar condenas por la supuesta desaparición de once rehenes y por delitos de lesa humanidad, que no fueron otra cosa que daños colaterales. Los desaparecidos han ido apareciendo. Nunca salieron con vida del Palacio de Justicia, como nos hicieron creer, sino que sus restos fueron equivocadamente, en medio del caos, enterrados con los restos de otras personas en las mismas fosas. ¿Qué cuál es la prueba de ello? No hay un solo video donde se identifique claramente que los rehenes que se registraron como desaparecidos hayan salido caminando por sus propios medios del Palacio. Se ven piernas, brazos, rostros borrosos que dejan dudas, personas que se confunden en la barahúnda; nada en concreto.
Desde luego, hubo de todo, y el Ejército tal vez pueda tener su parte de responsabilidad en el desastre, pero sus miembros, comenzando por el general Arias Cabrales, han sido condenados a prisión, lo mismo que oficiales como el coronel Plazas Vega, que también fue llevado a la Justicia hasta que finalmente fue absuelto. También otros miembros del Ejército están condenados por el uso desmedido de la fuerza durante la operación de rescate y por los supuestos desaparecidos. No así los terroristas que iniciaron todo esto. Ellos, autores indiscutibles de la masacre, hoy se han tomado el poder. No necesitaron las armas, porque el líder que los representa llegó por la vía democrática. Necesitaron apenas de cuarenta años de mentiras y de once millones de engañados.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario