(Reflexión)
El año pasado escasamente es un recuerdo. Ya no se consiguen sus días en los almanaques de papel, que seguramente fueron arrojados al cesto de la basura apenas se produjo el cambio cronológico, a no ser que uno revise el calendario del celular o cualquiera que haya sido diseñado electrónicamente, porque esos te permiten echar a andar el tiempo atrás. No pocas veces uno retrocede en el tiempo para corroborar alguna inútil estadística, como por ejemplo saber qué día cayó el 16 de marzo de un año en el que uno todavía no había nacido. Si bastara mirar el calendario para volver al pasado, no lo dudaría ni un instante. ¿A cuento de qué estamos avanzando?
El año presente, como todos los años, viene saturado de prisas y olvidos, y se está consumiendo tan febrilmente como un incendio voraz. Ya vamos rematando el cuarto mes y pareciera como si no hubiera sucedido nada, aunque a nuestro alrededor ha sucedido de todo. El tiempo está pasando tan abruptamente que ya no hay que esperar al 31 de diciembre para hacer el balance general de lo que fue el reciente movimiento de traslación del planeta. En una semana, apenas finalice abril, ya podremos estar haciendo un recuento del primer cuatrimestre como si se hubiera vivido un extenso período de tiempo, no porque realmente ciento veinte días sean mucho, pues en realidad son poca cosa para lo que es la eternidad, sino por una causa mucho más lamentable: tenemos mala memoria; estamos viviendo apenas el presente por recomendación de los hedonistas y pseudo gurús de las redes sociales; nos enfocamos en los sucesos inmediatos, en los eventos, en las celebridades, en las tragedias del mundo, pero nos olvidamos de nuestro propósito como seres humanos. De ahí que haya individuos desocupados como este servidor que insiste una y otra vez en hacer un recuento de la vida que ya pasó: craso error.
Ya nos parece lejano, por ejemplo, el 3 de enero. Si yo le pregunto a un desprevenido transeúnte cómo recuerda el 3 de enero de 2026, me dirá que no se acuerda exactamente de lo que hizo ese día. La razón es que apenas estaba comenzando el año y muy seguramente estaba al inicio de su viaje de vacaciones o pasando la resaca de la reciente celebración de Año Nuevo. Pero si yo le digo que, si acaso no se acuerda de la captura del dictador Maduro a manos de las fuerzas militares de los Estados Unidos bajo la orden del presidente Trump, me va a decir que, en efecto, se acuerda muy bien, porque las noticias lo divulgaron hasta el cansancio, y porque eso pasó hace muy poco tiempo. Tres meses y medio, para ser exactos, quién lo dijera, y el transeúnte se preguntará a sí mismo: “¿Ya pasaron más de tres meses?”. Luego cuestionará si ha cambiado en algo la situación de Venezuela después de tanta celebración y tanto revuelo que produjo la noticia, y la respuesta que encontrará en la opinión de los expertos es que todavía se necesita tiempo, porque las cosas solo cambiarán con el paso del tiempo.
Pero el paso del tiempo, en realidad, no cambia nada. Lo único que hace el tiempo es envejecerlo todo, y tal vez esa sea su única cualidad. No proporciona vivencias ni experiencias, no necesariamente otorga sabiduría, no mejora la situación económica, no cura por sí solo las heridas. Raras veces el tiempo lo vuelve a uno mejor persona, aunque sí lo puede endurecer si se ha dejado pasar el suficiente como para marchitar las relaciones y congelar los afectos. Esa idea queda plasmada en el título de una célebre canción de los Enanitos Verdes, que esta semana recordamos a propósito del fallecimiento de su guitarrista y miembro fundador, Felipe Staiti (lunes 13 de abril): Sumar tiempo no es sumar amor.
Me gustaría, en lugar de detener el tiempo, aprovecharlo. Levantarme y vivir para llevar a cabo la misión que se me encomendó desde el día en que vine a este mundo. No quisiera desperdiciarlo como el agua de la llave que uno deja caer mientras se calienta para no espantar el cuerpo con el agua fría. Me gustaría, repito, pues es algo que resulta muy fácil de escribir; muy difícil de ejecutar. Me gustaría haber sido más resistente, más incansable, más perseverante. Mucho me temo que de esas cualidades no me dotaron, porque soy todo lo contrario: flojo, inconstante, inestable, inseguro, procrastinador. Si tan solo hiciera el diez por ciento de lo que mi cabeza me dice que debo hacer, me sentiría más satisfecho conmigo mismo. Si tan solo dejara de ver videos por un día, de sobrepensar en lo que tengo que hacer para después no hacerlo, me rendiría más la vida. Pero me temo que sufro de una adicción cruel que me está pasando factura: la adicción de dejar pasar el tiempo como si fuera el agua de la llave, pero sin meter el cuerpo. Porque uno espera la temperatura ideal para poder aventurarse, para zambullirse en el chorro placentero y no querer salir de allí hasta que se obtenga la limpieza perfecta. Sólo que esa temperatura nunca llega. Hay que arrojarse al surtidor frío para ir encontrando el calorcito adecuado que solamente se genera con el movimiento. El cuerpo se calienta solo cuando el corazón late más aprisa. El cerebro se activa cuando el estímulo del pensamiento entra en acción y lo pone en marcha. De la misma manera que un motor no comienza a trabajar si no se le inyecta una chispa de corriente, un hombre necesita de la chispa de la vida que lo motive a ejecutar su plan mediante las tareas más sencillas, que son las que se realizan en el día a día. Esos arranques fervorosos con los que comienzan los proyectos por lo general quedan a mitad de camino. La perseverancia logra mejores resultados, pero requiere de una disciplina férrea que es muy difícil mantener.
Tocará entonces enfrentarse al reloj, al calendario, al inevitable movimiento de traslación del planeta para abrazar por una vez alguna pequeña victoria en el camino. Tocará aceptar que uno tiene una condición a la cual, pasado casi medio siglo, ya no se puede renunciar. Porque si se renuncia, como he intentado hacer en no pocas ocasiones, se sucumbe irremediablemente a la infelicidad. Lo he vivido en carne propia. He tratado de vivir para la productividad, para la vida real, para lo que los otros esperan, pero he fracasado rotundamente. Solo cuando trato de vivir para mí me siento un hombre feliz, aunque sea una felicidad construida a base de quimeras. Sé que es demasiado egoísmo de mi parte, pero hay personas como yo que solamente pueden vivir para cumplir su destino errático, aunque ese destino no le sirva a nadie más que a sí mismo, pues es el único salvavidas que lo preserva del naufragio.
El tiempo, finalmente, posee una cualidad. La de servir como alarma. No instruye, no edifica, no consuela. Simplemente avisa. Avisa en el espejo cuando nos miramos y somos conscientes de nuestro prematuro envejecimiento. Avisa en los dolores del cuerpo, en los movimientos cada vez más lentos y torpes, en nuestras divagaciones constantes, en nuestras miradas perdidas y nuestras lagunas mentales. A veces un aviso basta. A veces, ni con el espejo tras la puerta, ni con los achaques instalados en el cuerpo, es suficiente para la reacción. A veces ni siquiera se puede reaccionar. Ya no hay tiempo.
A estas alturas, esta reflexión también será un recuerdo vago para el lector, o ni siquiera eso. Si se ha llegado a este punto es porque se tuvo paciencia, pero sobre todo la esperanza de una buena conclusión. Yo solo espero que no haya sido tiempo perdido. Espero, de corazón, que esta prosa que ya fenecerá en el próximo párrafo sea alarma para el lector, revulsivo para el acto creativo, aire en medio de la asfixia.
Por supuesto, da un poco de pena quedar mal con los demás, decirles que uno no puede ser lo que ellos esperan de uno. Tal vez salir de sus vidas para siempre, ser olvidado, lamentado, a veces hasta burlado. Por supuesto, da mucho miedo la soledad, la pobreza, y el fracaso, que son los tres monstruos a los que tiene que enfrentarse todo escritor; todo ello condensado en la desdicha del anonimato. Pero hay algo en la sangre que es más fuerte que el deber ser, y es el querer ser. Los valientes se atreven a transitar la escarpada ruta del deber. Los pobres soñadores no pasamos del deseo y siempre seguiremos queriendo. Vivimos del recuerdo, de la hoja del almanaque arrojada al cesto de la basura, de la regresión atrás en el calendario, de la fecha corroborada sin sentido, de prisas, distracciones, balances cada cuarto mes, crasos errores, hechos fortuitos, eventos de tres pesos, tragedias nunca superadas, celebridades y espectáculos de redes sociales, recuentos de vidas ajenas y memorias de abriles olvidados.





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