martes, 28 de abril de 2026

Enemigos de la humanidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna política)







     El bandido sinvergüenza que un puñado de ignorantes políticos y otro tanto de desalmados y apátridas eligieron hace cuatro años como presidente de Colombia, está dejando claro que no piensa entregar el poder el próximo 7 de agosto a otra persona que no sea su pupilo Iván Cepeda (igual de bandido, aunque no sé si tan degenerado, y por lo mismo mucho más peligroso), o a él mismo.

     Con cada atentado de los más de treinta que se produjeron en el país el pasado fin de semana; con cada uno de los más de veinte compatriotas asesinados por los terroristas con los que se sienta a hablar de “paz total”, el sinvergüenza le hizo entender al pueblo colombiano que la entrega del poder a un proyecto antagónico al suyo no procederá por las vías democráticas, sino por la fuerza. Porque nos querrá imponer al “simpático” Cepeda a las malas, si acaso el pueblo colombiano decide votar con la razón de su parte. Si acaso el pueblo vota por lo que representa lo que es justo. 




     Las pipetas de gas y las bombas que los criminales lanzaban sobre ciudadanos inocentes para matarlos de la forma más vil y canalla eran, al tiempo, los juegos pirotécnicos simbólicos con los que el desgraciado celebraba su cumpleaños rodeado de sus camaradas y compinches. Sí, mientras al pueblo lo masacraban, el apátrida de la Casa de Nariño se emborrachaba, hacía fiesta y publicaba su bacanal para que el país interpretara de una manera dolorosa que los muertos que sus amigos terroristas ocasionaban eran su mejor ofrenda. Tal como lo hicieran los más sanguinarios emperadores romanos.

     En esta instancia de la república, en plena época de campañas electorales, cuando todo el mundo resulta ser el candidato idóneo para manejar este país, abundan los oportunistas y los vendepatrias que dicen ser el verdadero cambio porque son los más expertos. Pero la gente anda tan cansada de políticos y forajidos, que ya nadie cree en ningún cambio, y tal vez por desidia, miedo o resignación, una gran parte del electorado ha optado por dejar las cosas así y apoyar la continuidad. Entonces, decepcionados por tanta promesa repetida, al borde del abismo y con ganas de saltar al vacío, dan a entender que los ciudadanos piden (según lo que muestran las encuestas) que repitan la fórmula, porque de todos modos el país viene perdido desde hace muchos años y ya en las elecciones pasadas habían sellado su destino para siempre. 




     A veces hay decisiones casi irreversibles, y la decisión crucial la tuvimos hace cuatro años: no permitir que la extrema izquierda llegara al poder. Pero dejamos que llegara, y he aquí las consecuencias. Hoy, una pequeña parte del pueblo, desfallecida por el hambre y la desesperación que causaron estos socialistas, se ha vendido al régimen; un poco para poder comer y otro poco para no sucumbir ante las balas. Un pueblo marginado, excluido, al que lo engañaron con cuentos y lo convencieron con subsidios de miseria en una mano y el frío metal de los cañones en la otra. Esos son los que piden que el diablo gane, que reine el infierno, que se prolongue el “Pacto”, que no se vaya Petro, que cambien las leyes porque así todo va a mejorar, como en efecto se los han prometido. Y con una nueva Constitución el "líder intergaláctico" podría regresar al trono antes de lo previsto. Ese es el juego, compatriotas.

     La otra porción de los votantes del “simpático” se la inventaron las encuestas. Son electores de papel que suman en la virtualidad, que inflan una tendencia y mueven a una masa enceguecida para dar su apoyo al que tenga mayores opciones de ganar, porque les dicen que toca estar con el candidato ganador, no sea que pierdan todos los “beneficios adquiridos”. Beneficios que los tienen sumidos en una situación aún peor, pero ya saben que todo es culpa de los uribistas, de la derecha fascista, del capitalismo, del imperio, de los conquistadores españoles y hasta de Donald Trump.  




     Lo más triste es que en Colombia pasa de todo y no pasa nada. Seguimos la vida normal, como si los muertos no nos dolieran. No hay que salir a quemar el país como los izquierdistas, pero sí tenemos que hablarlo, escribirlo, desaprobarlo en público, decir lo que pensamos, porque por nuestro miedo contribuimos a un silencio cómplice. Comenzar por censurar socialmente al que tenga intenciones de votar por Cepeda o retirarle la palabra al amigo o al familiar petrista ya es un buen inicio. La patria vale más que la amistad con resentidos de mala calaña.

     Dos cilindros bomba en el Batallón Pichincha; un atentado con más de veinte muertos en el túnel de Cajibío sobre la Vía Panamericana, el peor en veinte años; otro escándalo de corrupción con lío de faldas incluido en la Casa de Nariño, desde donde nos enteramos que una muchachita sin estudios maneja a su antojo las instituciones más importantes de un país de cincuenta millones; el decreto para robarse 25 billones de pesos de las pensiones de los colombianos; el alza desmedida del impuesto predial en las zonas rurales; la amenaza de no reconocer los resultados de las elecciones si no gana el comunismo; todo esto solamente como por mencionar algunos de los “insignificantes” sucesos de las últimas dos semanas en un país donde la izquierda ya no cuenta las masacres ni sale a protestar por los impuestos. Cómo se han vendido todos esos personajes que gritaban “nos están matando”, y hoy no se les ve en ninguna proclama con sus gorras, sus camisetas y sus espectáculos baratos.




     Está comprobado que sin seguridad no hay sociedad posible. Si un pueblo está indefenso porque el gobierno y los delincuentes lo sustrajeron de su seguridad, es apenas obvio que ese pueblo la reclame a gritos. No porque se la vendan como un discurso de derecha, según los zurdos, sino porque no se puede construir nada en torno a un clima de terror perpetuo. Por eso resulta imprescindible devolverle el poder a las fuerzas armadas para que actúen contra los bandidos y los reduzcan a la cárcel o al cementerio. El Estado de derecho en el que predomine el imperio de la ley ya está inventado. Es la única alternativa para comenzar a levantar este desastre. 

     Así las cosas, no queda más que repudiar toda esa ola progresista que es la gran responsable de que hoy en día los asesinos sean vistos como víctimas de la sociedad. Eso se tiene que acabar. Y para repudiar el progresismo hay que repudiar a sus militantes, gente sin valores, sin escrúpulos y sin sentido de la moral, porque hasta eso relativizaron.

     Es la razón por la cual no tengo ni tendría buenas relaciones con izquierdópatas: no porque piensen diferente, sino porque al final terminan apoyando a los que buscan una excusa para convertirse en enemigos de la humanidad.

     Mis sentidas condolencias a las familias del Cauca que perdieron a sus seres queridos a manos de la violencia salvaje de los terroristas  -esos sí de extrema izquierda- y que hoy se encuentran pasando por un trance amargo. Que Dios se apiade de ellas y les de mucha fortaleza y resignación. Y a los heridos una pronta recuperación. Que esto no se quede sin castigo.






No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...