sábado, 11 de abril de 2026

Condenado a la amistad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     Por un momento, Rupertino Díaz tuvo la ligera impresión de que se hallaba fuera de lugar. No le era extraña esta incomodidad. Recordaba haberla padecido desde que tenía uso de razón, como si el planeta mismo fuera un espacio ajeno y esquivo, y aunque parecía haberse acostumbrado a ello, no dejaba de sentir angustia por aquella incertidumbre que le provocaba el tener que enfrentarse a situaciones nuevas.

     Nuevas y desafiantes: el hecho de ser el único hombre en un aula de clases en donde había dieciséis mujeres, y encima otras dos mujeres profesoras, lo hizo sentirse como el completo forastero de la situación; el que no encajaba, el diferente, el intruso, o simplemente, parodiando el comercial de Davivienda, el ahorrador que había depositado su dinero en el lugar equivocado. Siempre estaba en el lugar equivocado, y aquella vez no fue la excepción.

     El curso para Asistentes de Salud era abierto a todo el mundo, y en especial dirigido a aquellas personas dispuestas a servirle a la comunidad brindando cuidado a los adultos mayores y los enfermos crónicos. Un campo en el que, por supuesto, los hombres son minoría, porque se dice que históricamente las mujeres han sido las mejores cuidadoras. Pero como se encontraba en el “país de las libertades y las oportunidades”, y sobre todo de la “no discriminación”, nada fue impedimento para que Rupertino se apuntara y recibiera las clases con sus dieciséis compañeras y futuras colegas, que no tardaron en notar que en medio de aquel mar de feminidad se hallaba un náufrago masculino.

     —¿Qué hace este señor aquí? —pensó Rupertino que ellas se estarían preguntando, porque él mismo se lo preguntaba: “¿Qué diablos hago yo aquí?”.

     De cómo Rupertino fue a parar a aquel salón de clases de la comunidad de servicios sociales de Nueva York, hay toda una historia detrás, pero digamos que la razón que primó a la hora de tomar la decisión fue más bien la de un carácter informativo y legal. El objetivo para la mayoría de sus compañeras, por no decir todas, era encontrar una fuente inmediata de trabajo y ganar experiencia en el área de la salud con miras a desarrollar una actividad profesional dentro de este mismo campo, pero Rupertino no creía que fuera bueno para ello. Su vocación nunca estuvo orientada por brindar cuidado y compañía oportuna a las personas mayores, o realizar procedimientos de asistencia en salud. Él, ermitaño y desobligado por naturaleza, antisocial en potencia y mal conversador, dudaba mucho de que fuera a ser un buen asistente de salud. A diferencia de sus compañeras, Rupertino se había inscrito a ese curso por dos razones: primero, obtener una licencia que le permitiera adscribirse a una actividad económica para cumplir ciertos requisitos migratorios y tributarios; y en segundo lugar, y no menos importante, conocer a una mujer. Sí, el iluso de Rupertino había ido allí para ver si conseguía una novia que lo quisiera y lo sacara de su perniciosa soledad. 




     La maestra titular se presentó, les dio la bienvenida a todas las aspirantes, y sólo hasta que se percató de la presencia de Rupertino en el último puesto de la última fila comenzó a utilizar los pronombres de ambos géneros: “bienvenidos, chicas y chico”. Luego de las presentaciones de cada una de las compañeras a las que Rupertino puso especial atención (sobre todo fijándose en las muchachas que más le gustaron), le llegó el turno a él, casi pasando desapercibido en el pupitre final, porque ni siendo el único hombre en un grupo nutrido de mujeres, el invisible de Rupertino podía sobresalir.

     —Muy buenos días a todas —saludó—. Mi nombre es Rupertino Díaz, y como parece ser que voy a ser el único hombre de este curso, quiero decirles que me complace mucho compartir este espacio con ustedes y que pueden contar conmigo para lo que deseen. Me siento afortunado de estar rodeado de mujeres bellas e inteligentes, muchas gracias.

     Sobraba la lisonja, pero Rupertino Díaz tenía que ser cauto, no fuera que de pronto entre este ramillete de flores aparentemente inofensivas pudiese resultar alguna rosa con espinas; o para clarificarlo mejor, alguna de aquellas modernas empoderadas que no pueden ver un hombre sin reconocer en él a su oponente, a su enemigo, a su rival eterno. Temió por su salud mental de las siguientes cuatro semanas en las que iría a convivir con esta nueva tribu de seres indescifrables con los que nunca aprendió a relacionarse, pero con los que estaría al menos siete horas diarias: las mujeres.

     Y si había algo igual de arriesgado para Rupertino que encontrarse perdido en una jungla agreste rodeado de fieras hambrientas, era encontrarse en un salón de clases con dieciocho damas, incluidas las dos maestras. Él, que gustaba siempre de pasar inadvertido en los círculos sociales, no se salvaría ni por un momento de la mira vigilante que poseen las féminas para darse cuenta hasta de los más ínfimos detalles, los cuales son la sustancia primaria para la elaboración de chismes y comentarios con los que ellas pueden entretenerse por horas y horas sin descanso.




     Primero las escuchó hablar desde su puesto, apaciguado y silente mientras las más cercanas se conocían entre sí y comenzaba para él ese listado tortuoso de sus gustos, sus dietas, sus cremas nocturnas, sus hábitos de belleza, sus relaciones familiares y amorosas, su devoción por los hijos, su manera de disponer en el hogar y ser las amas y señoras aquellas que tenían esposo, y la forma como se habían forjado a pulso y habían salido adelante solas las que no eran casadas, o las que ya se habían separado después de haber dado con malos hombres que las abandonaron o simplemente no supieron estar a la altura de lo que eran.

     —Así es mija, todos los hombres son iguales —se decían una a la otra olvidando que los radares de Rupertino estaban atrás captándolo todo.

     —Sí, todos son unos infieles —respondía otra, y así continuaba la cascada de comentarios que, sin proponérselo, aludían a la humanidad del único hombre presente.

     —Es que hombre no es gente.

     —Uy sí, y cómo se han vuelto de tacaños, ya no quieren invitarlo a uno a nada.

     —Y si uno les dice que no puede dejar los niños solos y que toca llevarlos a dar la vuelta, se hacen los locos, qué descarados. El que quiere la perra quiere la chanda, cómo así.

     —Ya son todos unos princesos, qué tristeza.

     —Mija, ya le toca a uno compartir los gastos con ellos y poner todo por mitades, ya no es como antes.

     —Los hombres ya no sirven para nada, hermana.

     —Y más en este país que se acostumbraron al tal cincuenta-cincuenta.

     —No, mija, olvídese, a mí mi marido me tiene que pagar todas las cuentas porque cómo así, para qué se metió entonces conmigo. Olvídese de que yo le voy a poner un peso para la obligación que él tiene que asumir.

     —Así es, bendita, es que hay que enseñarlos a que la plata del hombre es para aportar al hogar, y la plata de uno es para uno.

     —Sí, o si no, que paguen una empleada a ver si les conviene.

     —Qué tal lo cómodos que se han vuelto.

     —Y se creen buenos polvos, pero ya ni eso…

     Para esas alturas ya no eran unas conversaciones discretas a media voz entre dos vecinas de puesto que se iban agarrando confianza, sino unas diatribas venenosas socializadas en todo el salón, incluso con la participación de las maestras que de vez en cuando interrumpían la clase para apoyar la charla con alguno que otro consejo personal. Por más que Rupertino Díaz quisiera hacerse invisible, no podía dejar de oír lo que hablaban sus compañeras, quienes finalmente se acordaban de que existía un mortal allá atrás que, sin quererlo, era el blanco indirecto de sus dardos.

     —¡Ay, pobre Rupertino oyendo todo eso!, ¡qué pena!, pero él sabe que es cierto.

     —Sí, no hay problema, yo no me intimido por eso— decía el hombre fingiendo serenidad, pero ya sabiéndose perdedor en una batalla de sexos en la que hubiera sido un suicidio entrar. De ahí su silencio otorgador. Rupertino, quien pensó que su buena disposición y su voluntad podrían resultar siendo una ayuda invaluable en aquella ginecocracia, asimiló de pronto de que no lo iban a tener en cuenta para otra cosa que no fuera alzar objetos pesados, si acaso hubiese uno que ellas no pudieran levantar. 




     Permaneció el resto del curso muy callado, paciente, resistiendo con estoicismo los embates que de vez en cuando disparaban sus compañeras contra los de su mismo género. Él, como representante del gremio masculino en aquel recinto donde sería aplastado por una amplia mayoría, recibía los comentarios con beneficio de inventario, con miras a evaluar las posibles candidatas para su segundo objetivo, que era el de levantarse una novia entre sus dieciséis compañeras.

     Comenzó a fijarse en los prospectos. Descartó a las dos que le parecieron más combativas por hablar con demasiado despecho de los hombres. Por fortuna, eran las más feas. Una tercera no hablaba mucho, pero tenía estampa de luchadora profesional. También descartada, porque había que preservar la integridad. Una cuarta se teñía el pelo de morado y se lo recortaba en capul: positivo para feminista. La quinta, que se sentaba a dos mesas de donde él estaba, le resultaba visiblemente chocante por tener una extremidad completamente tapizada de tatuajes desde el cuello hasta la muñeca: positivo para drogadicta, según su punto de vista. Otras cuatro eran casadas, y aunque decían querer a sus esposos, a Rupertino le hubiera encantado hacer un video cuando hablaban de los hombres para mostrárselo a ellos, a ver si les quitaba la venda de los ojos a los pobres.

     Del cincuenta por ciento restante, logró percibir que dos eran de izquierda, o más bien antitrumpistas, porque estaban de parte de Irán y en contra de Trump en la guerra que se estaba librando en Medio Oriente. Desde luego, Rupertino apoyaba al titán patriota, y ya ésta oposición política era motivo suficiente para mandarlas al archivo de su corazón. 




     De las seis que quedaban, se fijó entonces en la más joven de todas, Karol, una chiquilla preciosa con cara de muñeca que podía hacer las veces de una Blancanieves pelirroja en cualquier película de Disney que no fuera inclusiva, porque Karol sí tenía la piel blanca como la nieve y los labios rojos como las fresas, y perdón por el cliché. Pero los 22 años de Karol arruinaban toda posibilidad de ser compatibles con los 49 de Rupertino. Aunque él había escuchado que los hombres maduros eran interesantes para las mujeres jóvenes, esto sólo aplicaba para los maduros atractivos y con dinero, lo cual no era su caso. Se alcanzó a ilusionar cuando al segundo día ella le ofreció la mitad de su sándwich, y esto podía interpretarse como una invitación a conocerse, pero por la forma en que lo hizo, se desmoronó al instante.

     —Señor, ¿quiere sándwich?

     Con ese “señor” se iban al traste sus esperanzas, pues así era como ella lo debía ver, y él, por respeto, tenía que verla de regreso como la hija que nunca tuvo. Luego se acordaba de que un famoso como Leonardo Di Caprio se jactaba a sus 51 años de tener novias menores de 25, pero Rupertino estaba un poquito lejos de ser como Di Caprio. También Karol quedaba descartada.

     La que más le gustó fue Andrea. Se expresaba bien, era de Medellín, profesional, no tan joven, pero tampoco una señora. Era linda sin ser espectacular, lo cual bastaba para Rupertino, además de que usaba lentes y eso le daba un aire de intelectual con el que se identificaba plenamente. Se dio cuenta de que Andrea tenía cuarenta años cuando él apenas le calculaba unos veintiocho. No tenía hijos y estaba recién llegada a Nueva York: la novia perfecta. No dudó en intentar acercarse para conocerla. Se la encontró a la entrada del instituto y le disparó su tiro de gracia, porque sabía que no tendría más oportunidad.

     —¿Andrea, te puedo invitar a salir? —le preguntó.

     —No —dijo ella. Así de simple, sin titubeos ni justificaciones. Ahí quedó todo. Desde ese día Andrea hizo lo posible por soslayar a Rupertino. No le dirigía la palabra y evitaba topárselo en los recesos, siempre rodeada de sus compañeras, siempre en el extremo opuesto a él durante las prácticas. Andrea tenía que ser descartada, porque ya ella lo había descartado a él. 




     Volvió sus ojos coquetos a Stefanny, la ecuatoriana. Ella, en cambio, era simpática con Rupertino. Con un atributo muy poderoso a su favor, y es que la línea ecuatorial de la ecuatoriana dividía en dos todo un planeta redondo justo en el lugar de sus caderas. En otras palabras, había sido bendecida con un trasero enorme que haría pecar hasta al cristiano más devoto. Pero Stefany tenía un problema, y es que su anterior pareja, el padre de sus hijos, presentaba un antecedente de maltrato intrafamiliar ejercido contra ella, y la muchacha andaba todavía en vueltas de cortes y líos judiciales, de modo que no estaba interesada por el momento en rehacer su vida con semejantes marcas emocionales y físicas que le habían dejado. Stefany, aunque no era la odiadora de hombres por excelencia, no estaba preparada para conocer a un nuevo personaje masculino, de modo que esa esfera terráquea también quedaba prescindida.

     Con Saray, la venezolana, no tuvo mucho chance de hablar a pesar de que al final se la asignaron como compañera de pupitre. Era demasiado callada, ensimismada, pero no estaba nada mal. También era otra privilegiada de la cintura para abajo, así que Rupertino, esta vez sin demostrar tanto el hambre, le preguntó lo primero que se le vino a la cabeza para romper el hielo.

     —Saray, ¿qué es lo que más te gusta y lo que menos te gusta de este salón?

     —Cónchale, chamo, ¿qué preguntas son esas? Yo qué sé. A mí me gusta mucho el ambiente fino de esta wevaina, pero me ladillan los panas que hacen preguntas solo pa’ jalar bola. 




     Al final del curso, Rupertino obtuvo la licencia, aprendió bastante de cuidados de salud en el hogar, pero no trabó relación amorosa con ninguna de las muchachas que le gustaron. Su segundo propósito no se cumplió. En lugar del amor encontró la amistad de dieciséis buenas compañeras y dos profesoras, porque parecía que Rupertino estaba destinado para no salir nunca de la zona de la amistad femenina.

     Las dos compañeras restantes las recordaría como las mujeres más especiales en ese ciclo y con las cuales compartió lo mejor de su personalidad. Con ellas celebró la graduación tomándose un café en una panadería de Queens: doña Venancia y doña Blanca, las que mejor lo trataron desde el principio y con las que hizo una amistad entrañable, al punto de que, si hubieran estado en un contexto diferente, casi podría asegurarse de que ambas andaban enamoradas de su compañero. Sólo que los 69 años de la una y los 75 de la otra tampoco eran compatibles con la edad de Rupertino.







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