En un artículo anterior que lleva por título “Los malos ejemplos”, me
centré en Fecode, uno de los que a mi parecer, es promotor del mal ejemplo y la
doble moral en medio de la pandemia. Sus miembros dicen que es peligrosa la
reanudación de las clases presenciales y que no tienen las garantías de seguridad
para la reapertura de los centros educativos (cosa que es cierto), pero a la
hora de convocar paros y plantones en las ciudades, y aglutinarse por
centenares en una plaza, no tienen ningún inconveniente en salir y generar focos
de contagio. Mal ejemplo. Doble moral.
Pero otros actores en esta
pandemia contra los que uno tiene que sentar una voz de protesta no se quedan
atrás. Sé que me van a faltar muchos, pero aquí trataré de señalar los más
destacados, o por lo menos los que se me vienen a la cabeza en este momento en
que vamos en la curva ascendente del Coronavirus.
El gobierno nacional
Los colombianos veníamos
sospechando desde hacía rato que estábamos en manos de un zopenco, pero como en
este país los únicos que tienen “liderazgo” (que por cierto es muy negativo)
son de la izquierda radical, nos dimos la pela y pretendimos creer que aquel
sería un muchacho obediente y sensato mientras aparecía algún buen prospecto en los siguientes cuatro años. Porque en Colombia siempre estaremos esperando el milagrito. Pero
el muchacho se creyó muy capaz él sólo, y para no quedar mal, quiso
congraciarse con todo el mundo y quedó peor de mal. Ya tarde debemos aceptar
que estamos en ese gobierno de transición que tanto pedían Timochenko y sus secuaces
antes de dar el salto al Gran Socialismo para el 2022, con ayuda del Covid, si el
diablo lo permite. En manos de un presidente con temple de gelatina estamos
combatiendo la pandemia, y como lo que no tiene de estadista lo tiene de presentador
de televisión, gracias al virus encontró su verdadera vocación: dirigir un show
vespertino que lo mantuviera entretenido y motivado a pesar del bajo rating.
Que el presidente y todo su
equipo hayan enfrentado la situación bien o mal, eso sólo la historia lo juzgará.
Hace apenas dos meses La ONU reconocía la buena gestión del gobierno en el manejo
de la pandemia. Hoy estamos asustados porque vamos subiendo en las cifras de
contagio y presagiando la misma tragedia que se presentó en Europa, en Nueva
York; o la que se presenta en Brasil y en Chile. Y lo peor es que es muy
previsible que eso ocurra aquí, ¿por qué tendríamos que ser la excepción
mundial? Pero ciertas decisiones que a uno le parecen salidas de toda lógica no fomentan la confianza en nuestras autoridades.
La primera y más infame de
todas, fue tirarse la cuarentena que muchos habíamos hecho: un día sin IVA. Una
terrible necedad. Después de restringirnos la libertad durante más de dos meses,
prohibiendo incluso el derecho al trabajo de los más pobres, se beneficia a las
grandes superficies legalizando la salida en masa de ciudadanos borregos que no
sabían que eran objeto de un experimento del poder. Se prestaron para eso, y
ahora estamos sufriendo las consecuencias de una decisión que nos puso en el
ridículo mundial. Como quien dice, si se van a contagiar, que se contagien
los más majaderos, que esa especie abunda en nuestra patria. Claro, con razón nos
dejaron salir. Y eso que el viernes será el próximo experimento de la alianza
IVA-Covid 19, cosa que en nada ayudará a resolver la crisis económica.
Otro desacierto fue no haber impedido
el aterrizaje de los vuelos internacionales que llegaron de Europa y Estados
Unidos, pues la plaga vino con los más de ciento cincuenta viajeros infectados
y a ninguno se puso en cuarentena obligatoria, cuando esto estaba comenzando.
En ese entonces habría sido más fructífero el aislamiento con las puertas cerradas.
De todas maneras el virus iba a entrar como fuera, y a nosotros nos llegó más
tarde que temprano, lo cual fue una ventaja que no se aprovechó: no nos preparamos
para habernos abastecido de respiradores, de insumos médicos, de camas hospitalarias,
de equipos de protección y todo lo que se hubiera requerido. Perdimos dos meses
valiosos.
Y qué decir de la ayuda
inicial del gobierno a los “pobres”, entregándole la plata a los ricos de la
banca. Estos otorgarían préstamos a los pequeños y medianos empresarios, quienes no tenían
cómo respaldar la deuda por encontrarse al borde de la quiebra. Pocos fueron
los beneficiados. Al final, como siempre, el sistema financiero fue el gran
beneficiado con todo este acabose.
Y como si fuera poco nos piden
que nos portemos bien y seamos austeros, pero nos damos cuenta de las compras
de camionetas blindadas para la presidencia, o del aumento de la burocracia con
nuevas consejerías y consulados para nombrar a los amigos y pagarles los favores
políticos. Mientras tanto, cinco millones han perdido el empleo, y presupuestamos
un 65% de deuda pública. Así muy difícil enfrentar una crisis.
Surge entonces el dilema entre
volvernos a encerrar o seguir abriendo la economía gradualmente. La pugna entre
la alcaldesa de Bogotá y el gobierno nacional es un río revuelto en el que el
Coronavirus aprovecha para pescar, pues tiene todo a su favor: división
política, conflictos de autoridad, inseguridad económica, indisciplina social, y un pésimo sistema de
salud. La mejor mezcla para una orgía de muerte.
Ya echados al ruedo, el
presidente nos advierte que nos preparemos para un largo período de
pandemia. Lo que es él, ya no volverá a las medidas anteriores que hoy tanto
reclaman desde la alcaldía de Bogotá y los sectores de la izquierda, como la cuarentena
obligatoria por segunda vez. Dice que ya no es factible, supongo que porque le
terminarán exigiendo que pague la renta básica vital indefinidamente, lo cual acabaría
por rematar la incipiente economía que queda en el país: el resultado es que se
quebraría la empresa privada y el Estado pasaría a ser el controlador absoluto
de nuestra libertad, como en el socialismo, qué dicha. Pero ese es otro tema.
En fin, creo que el gobierno
dio un paso en falso al ponernos en cuarentena para después arrepentirse y
dejarnos salir, tentados por un incentivo innecesario, como las reses en busca de
pasto. Al fin de cuentas sabe que quien se contagia más fácil es la clase
trabajadora, los estratos medio y bajo. Los más pobres no tienen ni con qué
comer, y los ricos tienen a quién mandar o compran por internet. El resto no
interesa. Las cifras se disparan; la respuesta es seguir manejando la ortodoxia
y actuar como si no pasara nada, hablando en el programa vespertino de las
maravillosas medidas que se toman para combatir un mal sin solución que nos está
dejando cada vez más muertos. En caso contrario, corremos el riesgo de salvarnos
y seguir sufriendo en esta incertidumbre, indignándonos con el mal ejemplo y
las salidas en falso del gobierno.
01/07/20

Muy buenas reflexiones
ResponderBorrar