sábado, 15 de mayo de 2021

Gente de mal

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Acababa de subir una publicación en mi estado de WhatsApp —la única red social de la cual todavía no me han censurado—, y no habían pasado tres minutos, cuando ya mi amiga Cata, La marxista, me estaba respondiendo. Lo que publiqué fue un video en el que se mostraban los actos de vandalismo y terrorismo que están dejando las protestas; los ataques a los miembros de la Fuerza Pública, los bloqueos hechos por civiles, la pérdida de alimentos como producto de esos bloqueos, y en general todas las violaciones de derechos ejecutadas por quienes en Colombia detentan el mando del paro, que de ninguna manera se puede llamar pacífico.

    Contradictores tan ásperos como mi amiga Cata piensan lo contrario. Ellos me han conminado a darme cuenta del error que supuestamente cometo, pues desde su punto de vista, la violencia es ejercida por la Fuerza Pública en contra de los manifestantes, exclusivamente.

    De modo que cuando creí que el mensaje haría reflexionar a algunos pocos de mi círculo social, acerca de la inconsciencia que nos está llevando a la ruina, Catica me contestó la publicación en su tradicional tono revolucionario:

    —Mijo, es que así tiene que ser —me escribió—, ¿o usted cree que es hablando y tomando tintico como esto va a cambiar? Aquí toca a las malas. ¡Que viva el Paro Nacional! 


 


    Enseguida me anexó uno de tantos videos que circulan por las redes, en el que se muestra a varios agentes de la policía aprehendiendo a unos "inocentes ciudadanos" y conduciéndolos de una manera no muy santa cuando les daban captura. Al parecer la violencia que se respira en mi país es de lado y lado, pero cada cual llora por el ojo que le conviene.

    Pensé que a lo mejor yo me estaría parcializando; que podía ser cierto ese repetido clamor de “¡Nos están matando!” por las denuncias de jóvenes desaparecidos, la brutalidad policíaca y las agresiones del ESMAD. Todo eso también estaría contribuyendo a recrudecer la violencia de estos días, así que copié el video de mi amiga Cata y lo repliqué en mi estado, para dejar constancia de que estoy en contra de toda forma de violencia, venga de donde venga.

    No habían pasado otros tres minutos, cuando esta vez fue mi amigo Diego, El Facho Lince, quien me reconvino con un mensaje de respuesta por mi nueva publicación:

    —Weón, la cagaste. Esos videos son editados, puras fakenews, averigüate bien. Esa gente está pagada por las Farc y por Maduro, no seás weón.




    No es posible, me dije, ¿entonces quiénes son los malos?

    Qué feo eso de que le fabriquen a uno la realidad sobre lo que está sucediendo, que manipulen para engañar al ciudadano. Al fin a quién creerle, si de todas partes nos bombardean con videos, noticias, comentarios, declaraciones de figuras públicas, de políticos, de líderes mundiales; uno y otro bando ensartados en una guerra de desinformación igual de dañina como la que se vive en las calles.

    Entonces empiezo a comprender que en esta problemática que estamos viviendo en Colombia no se pueden hacer señalamientos de buenos y de malos aleatoriamente sin antes haberlos individualizado. Es decir, que no se puede generalizar; y así como todos los que salen a protestar por un país mejor no son vándalos, los que se ponen un uniforme y se juegan la vida para defender a la ciudadanía no son criminales de estado. Porque lo que aplica para un lado, aplica para el otro. Lo que sí hay, y todos afectados por los hechos, son puñados de víctimas que resultan de cada fragmento de la sociedad: madres cabezas de hogar, ancianos, niños, empleados, campesinos, comerciantes, empresarios, estudiantes que sí quisieran estudiar, en fin.


 


    Pero no sé qué lógica es aquella que le dice a un supuesto manifestante que tiene derecho a violar la ley y a entorpecer la vida de sus compatriotas para hacerse sentir. Ahí ya no cabe la palabra “protesta” y mucho menos la palabra “pacífica”.

    Las cosas como son.

    No por el hecho de no agredir físicamente a los otros se puede decir que se ejerce la libertad de protestar en paz. Una sola calle que se cierre; una vía que se bloquee para que no pase el transporte masivo, los alimentos o las medicinas, y automáticamente se pierde el grado de pacifismo. La violencia no sólo se produce en la confrontación. La anulación de los derechos ajenos es la manifestación más latente de ella: la gente no puede quedar secuestrada en sus ciudades.

    De otro lado se entiende el malestar social, el hambre, el desempleo, la falta de oportunidades para los jóvenes, la corrupción de una burocracia que ha sido diseñada para seguir saqueando al Estado. Se entiende el mal talante de la clase que nos gobierna, pero el remedio no debe ser peor que la enfermedad, ni el fin justificar los medios. Esa forma de “pacífica parálisis nacional” es tan letal como las violencias de las más descarnadas guerras.


    



    Se habla de la Protesta como un derecho constitucional, y qué curioso, esa palabra no está en el artículo al que hace referencia el “Derecho a la protesta”. Lo que consagra la Constitución es el “Derecho a manifestarse pública y pacíficamente, que es muy distinto a protestar; siendo esta una acción que conlleva en sí misma una violencia implícita (Art. 37, Constitución Política de Colombia). Incluso la ley es la que establece los casos en los cuales se puede limitar el ejercicio de ese derecho, que repito, no es derecho a protestar, sino a manifestarse pacíficamente en la forma en que mejor se deseen expresar las inconformidades, sin dañar los bienes materiales ni bloquear las vías, porque eso es la violación de los derechos ajenos. ¡Es tan obvio!




    Ni mi amiga La Marxista, ni mi amigo El Facho tienen razón en sus posiciones radicalizadas. La primera me dice que ella no es socialista, pero que si fuera Presidente de la República le quitaría todo a los ricos oligarcas para entregárselo a los pobres, que son los que necesitan la tierra para trabajar, y que acabaría con ese cuento de la Propiedad Privada, porque este país, según ella, es de todos y no se le puede escriturar a nadie. Que habría educación, salud, transporte, vivienda, todo gratis para los más pobres. Yo le pregunté que de dónde sacaría el dinero para financiar todo eso, y me contestó con una lapidaria frase en tono desapacible: “Que lo paguen los ricos”. Se le olvida a ella que vive a sus anchas en un apartamento que le costean sus padres en uno de los mejores barrios de Pereira.

    Por el lado de mi amigo El Facho, el tono no es más esperanzador. Él me dice que no es fascista, pero que si fuera el Presidente de la nación, no permitiría que un solo “mechudo” le cerrara las calles. Él sacaría el ejército y les daría orden de disparar a quienes osen paralizar la circulación de los demás con su marcha. “A este país lo que le hace falta es bala, weón”, me dice vehemente.

    En esa disyuntiva nos encontramos, creyendo que con llevarnos los derechos de los otros por delante vamos a remediar los problemas. Y no se cede de un lado ni del otro. 






    Mientras tanto los colombianos buenos quedamos en el medio. Sí, los que somos gente de bien, aunque ese término no le guste al profesor Sanabria (otro de los tantos adoctrinadores que por ahí tanto pululan). Porque gente de bien, independiente de si tienen plata o no, son los que hacen todo para ayudar a construir país en lugar de destruirlo. Hay en estas personas, que son la mayoría, un gran componente de amor, de esfuerzo, de sentido de lealtad por su patria.

    El resto es la minoría que están proponiéndose acabar una nación de doscientos años de historia de sacrificio, pero esos son gente de mal… de mucho mal.


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