sábado, 22 de mayo de 2021

Políticamente irreconciliables

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    — ¿Tú crees que un gobierno de izquierda le vendría bien a Colombia? —le pregunto a mi amiga Cata, La Marxista, a propósito del tema que por estos días es centro de las tertulias de amigos y los círculos de opinión de la ciudadanía. Ella pone los ojos en blanco y me responde como quien se apresta a darle una lección a un niño:

    —Pues mira, la derecha lleva gobernando este país doscientos años, y ya ves a dónde nos ha conducido. La élite de derecha tiene amañada la democracia a su propio antojo: cuando les sirve, la alaban y ponderan sus virtudes. Dicen que como han ganado las elecciones, entonces que se tiene que respetar la democracia. Y ahora que este gobierno tramposo se está cayendo a pedazos gracias a las manifestaciones del pueblo pacífico que se volcó a las calles, entonces ahí sí quieren los grupos de poder que se le permita a la gente defenderse, que se saque al ejército, que se declare la Conmoción Interior, que se encierre a los promotores del paro. Claro, van perdiendo y se sienten acorralados, y se olvidan de la voluntad del pueblo. 

    — ¿O sea que sí eres partidaria del gobierno de izquierda? —insisto yo, consciente del lugar a la que la quiero llevar, pero ella, mucho más probada en estas lides del debate político, todavía no me da su respuesta, sino que continúa una disertación con argumentos, que no se pueden negar, son muy interesantes.

    —Es que esto no se trata de derecha o izquierda, sino de democracia con justicia social —añade—. La protesta está exigiendo respuestas a peticiones muy serias y humanas de la gente olvidada por el Estado. ¿O acaso te hubiera gustado que nos aumentaran los impuestos con la Reforma Tributaria de Duque? Gracias a nosotros, los marchantes, eso no será posible. Estamos logrando cambios muy importantes, y el pueblo lo debería agradecer.




    — ¿Agradecer por los bloqueos de las vías, la destrucción de los comercios, la quiebra de las empresas, la vandalización del transporte público, la quema de estaciones de Policía hasta con policías adentro, la imposibilidad de movilizarse libremente, el desabastecimiento y el encarecimiento de los alimentos, el sacrificio de los animales, la pérdida de los empleos, las agresiones a la propiedad y al patrimonio de la nación y las personas, el hambre a la que están llevando a la gente por culpa del paro, etc., etc.? —cuestiono al saberla partidaria de esa debacle.

    —Ahh, pero miren no más quién me lo dice —respondió en tono de reproche—. ¿Y a ti te parece bien la forma como la policía está asesinando a los manifestantes, como la clase política se burla de los ciudadanos, como se roban la plata del pueblo, como nos dejan sin educación? ¡Já!, Ahora a la élite le está doliendo la quiebra de sus empresas, la imposibilidad de sacar sus carros para irse a pasear, se molesta por no encontrar lo suficiente en el supermercado a pesar de tener plata con qué comprar, así sea caro; le da tedio tener que ver a la clase marginal obligada a obstruir las calles para ver si así el gobierno los escucha. Pues mira, esto se trata de que nos mejoren la vida a todos, o nos vamos al caño todos, incluyendo los ricos, porque no es justo esta desigualdad social tan extrema. Y tienes la desfachatez de decir que es por culpa del paro. Nooo… esto es culpa del Uribismo y sus aliados políticos y sus grupos de poder que nos quieren tener pobres para toda la vida. Pero te digo algo, el pueblo ha despertado.




    —Pues yo no veo al presidente y a los ministros haciendo bloqueos en las vías —repliqué en un tono menos amable gracias a su juicio lapidario—, de modo que esto sí es culpa de los promotores del paro, o de quienes azuzados por quién sabe qué fuerzas oscuras salen a paralizar un país de cincuenta millones, y te apuesto que ellos no son más de cien mil. ¿Te parece bien que paguemos justos por pecadores? Y por cierto, no te equivoques, Catica, que yo no pertenezco a ninguna élite. De hecho tú tienes un buen empleo en una universidad pública que te sigue pagando el sueldo a pesar que no estás trabajando, y yo estoy sin trabajo. Tú vives en Pinares y yo vivo en el barrio Berlín, entonces no sé a cuál élite pertenezco. 

    —Tu actitud es típica de los fascistas que no tienen empatía con la gente pobre para nada— profirió decepcionada.

    —Te recuerdo que el fascismo es socialismo, porque ambos tienen el mismo origen.

    —Tú no sabes de eso, en cambio yo soy politóloga.

    —Yo lo único que sé es que esta protesta es violenta y está infiltrada.

    —Estás estigmatizando a quienes nos pronunciamos contra las injusticias de los políticos.

    —Pero ¿acaso no ves la violencia que hay? Cada que hacen marchas hay desmanes.

    —La que mata es la Policía y el gobierno que son unos asesinos.

    —Pero si son los manifestantes los que provocan y los que agreden primero.

    — ¡Mentira! Las redes sociales lo están denunciando, y ya la ONU se pronunció contra la violencia del Estado.

    —Sólo muestran un solo lado de la historia porque les conviene darle mala prensa a nuestra Fuerza Pública.

    —Qué estúpido eres. ¡¿Acaso no ves que nos están matando…?!

    —A los demás ciudadanos es a los que nos van a matar de hambre si esto sigue así.

    —El gobierno es el que no quiere ceder a las peticiones. Duque es un tirano.

    —Los representantes de las Centrales obreras están exigiendo reformas imposibles que valen cuatro veces la tributaria, y no hay de dónde.

    —Pues que acaben la corrupción.




    Mi amiga Cata y yo no logramos ponernos de acuerdo. Terminamos casi agarrados de las mechas sin llegar a un entendimiento pacífico, y eso que tenemos una amistad de vieja data. Creo que con nuestra conversación de hoy la amistad tomará un viro. Tuvimos que volver a sentarnos y aplacar los ánimos porque el acaloramiento había hecho que nos paráramos de la silla y quedáramos frente a frente. Yo hubiera intentado calmarla robándole un beso, pero a lo mejor hubiera agravado las cosas, ahora que ella pertenecía al Comité de la Lucha Feminista. Así que nos dimos la espalda y fue ella quien habló primero.

    —No me vuelvas a llamar.

    —Perdón —le dije—. No quería que las cosas terminaran así. ¿Crees que podríamos volverlo a intentar?

    —No sé si pueda ser amiga de alguien que piensa tan diferente —concluyó tomando el bolso para irse del café en el que nos habíamos dado cita—. De hecho no sé ni por qué somos amigos.

    —Acuérdate que antes nos llevábamos muy bien, cuando no sacábamos el tema político a relucir —dije mirando al horizonte, acordándome de esos bellos momentos en que nos aceptamos como amigos.

    —Es que tú no entiendes que esto ya no es por política, es la nación la que necesita que nos reconciliemos todos.

    —En eso estamos de acuerdo —le dije—, pero así como vamos no lo vamos a lograr. Hay gente interesada en dividirnos, hay mafias, hay intromisiones extranjeras. Esto es mucho más complicado de lo que creemos.

    —Hay gente con hambre, hay muchachos que piden oportunidades… Lo siento, pero es mejor que nos dejemos de ver por un tiempo. —Cata agarró su suéter y dio media vuelta. Antes de marcharse se detuvo y me miró por última vez.

    —Sé que has estado hablando a espaldas mías, y eso no me gusta— me confrontó—. Te pareces a Duque en lo hipócrita.

    — ¿Qué hice yo? —pregunté extrañado.

    —Sé que me llamas La Marxista entre tu círculo de amigos y te ríes de mí, sobre todo con ese tal Diego, el facho. Te pido el favor que no me llames así, porque para empezar, ni siquiera sabes quién fue Marx. Yo por lo menos me leí el Manifiesto del Partido Comunista y lo apoyo en todo.

    —El Marxismo es una doctrina en desuso —le reproché antes que terminara de salir del café. Ella no quiso seguir la discusión. Los demás clientes nos miraban aterrados, como si fuéramos un matrimonio que acababa de disolverse.

    —Ya déjalo así —dijo Cata con lágrimas en los ojos.




    Mientras tanto, a esta hora el Gobierno y los representantes de las Centrales Obreras y otros sindicatos se reúnen para negociar la entrega del país. Posiblemente se pararán de la mesa diciendo que no hubo acuerdo, porque hay peticiones que sencillamente son imposibles de cumplir, y porque el desbloqueo de las carreteras no se quiere aceptar como condición de negociación. O dirán que “el gobierno no tiene voluntad de paz”. Es que no se puede hacer la paz en medio de la guerra.

    O podría haber acuerdo, y al término de este fin de semana salgan anunciando en los noticieros que por fin el presidente cedió y entró en razón, y que los representantes de las centrales obreras han decidido levantar el paro. Los ciudadanos celebraremos y saldremos tranquilos a abastecernos de víveres, ahora que por fin llegará medicina, alimento, gasolina, insumos, y todo lo necesario para el funcionamiento de la economía.

    Muy posiblemente despacharán los camiones fletados con mercancías, pero cuando estén a la entrada de las ciudades, un grupo de manifestantes agresivos les impedirá el paso. Ellos argumentarán que se ha negociado con las personas equivocadas porque esa gente no los representa. Que tienen que hablar es con ellos, que son los que abogan por el pueblo. Entonces habrá que tirar las cartas nuevamente, y el paro continuará, y Dios no lo quiera, se recrudecerá la violencia, pues está muy claro que el objetivo no es llegar a ningún acuerdo, sino derrocar al gobierno.


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