Desde este año he venido adquiriendo la
costumbre de escribir y publicar los artículos de mi blog los días sábados. El
sábado 24 de abril, cuando se anunciaba el Paro Nacional del 28 de
abril, puse de manifiesto que ojalá los colombianos no fuéramos a cometer la
brutalidad de alborotar el avispero en medio del peor momento de la pandemia.
Al igual que la gran mayoría, yo también apoyo
las razones de la protesta, porque nada más justo que el sentimiento de rechazo
contra un alza de impuestos en semejante situación en la que nos encontramos. Había que ser muy bruto para proponer reformas tributarias de un lado,
incendiar al país de otro, y ser los idiotas útiles de los que están moviendo
los hilos invisibles de un estallido social, del cual los políticos sacarán sus
mayores réditos. Porque no se crea que esta es una manifestación espontánea solamente
de la gente trabajadora: todo está bien orquestado, bien preparado. Hay intereses
detrás que trabajan para desestabilizar la democracia, si es que queda algo de
ella.
Igual, esos planes también servirían para
que el desgobierno que tenemos recapacite
y reaccione, o dé un paso al costado, cosa que dudo que haga.
Ayer sábado no escribí el artículo. Preferí
esperar si hoy, domingo 2 de mayo, la protesta tenía algún desenlace o el
gobierno hacía un pronunciamiento. Finalmente el Presidente dio el anuncio de
retirar el Proyecto de Reforma Tributaria, y cuando se creía que todo retornaría
a la normalidad, volvieron a tronar los ecos de la guerra.
De un lado los organizadores del paro:
gremios, sindicatos, educadores, estudiantes, y demás, anunciaron que las
protestas continuarían hasta que no se acabara la injusticia social y la corrupción. Los
transportadores se han unido bloqueando las vías, los taxistas se van a paro el
lunes, la minga indígena se está desplazando, y mientras tanto, los vándalos
(que apuesto a que deben pertenecer a las milicias urbanas de los grupos
armados) siguen haciendo de las suyas, destruyendo los bienes del Estado, los negocios
de las personas honradas, saqueando almacenes de cadena, bancos, quemando las
estaciones del transporte público masivo, etc. De otro lado el gobierno, en respuesta a
la situación del orden público salido de control, envía al ejército y la policía bien armados a contener a los delincuentes y a
tratar de restablecer el orden, desencadenando la consecuente furia de sus enemigos,
quienes también anunciaron que sacarían sus armas. El resultado: un enfrentamiento
entre policías y civiles (sean vándalos o no) que está dejando un saldo de
muerte y horror, y que nos está poniendo, Dios no lo quiera, a las puertas de
una guerra civil.
En este momento arde Colombia, y yo espero
que entre todos podamos apagar esa llama antes que sea demasiado tarde. Escucho
voces airadas que incentivan a seguir en las calles, a movilizarse, a hacer una
revolución, a llegar hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte, si es
posible, porque el pueblo está cansado y está enfurecido. Por doquier veo
mensajes que alientan a seguir, a no cejar, que gritan “resistencia, resistencia”;
grito de batalla aquel que un político les insufló a sus seguidores.
Amigos y conocidos que antes se caracterizaban
por su pacifismo me dicen que así tiene que ser, que no es con protestas pacíficas
ni tomando tinto como se tiene que tratar a este gobierno para que se largue. En
definitiva, lo que se pretende es un Golpe de Estado.
Y es extraño, porque aquellos que decían
que con la guerrilla de las FARC había que sentarse a una mesa de conversaciones
para lograr la paz, hoy no están dispuestos a hacer una tregua y bajarle el
ritmo a la protesta y sobre todo al lenguaje guerrerista, ni siquiera por
respeto a los que se están muriendo de Covid en las clínicas atestadas.
Ya el gobierno ha retirado su propuesta de
reforma tributaria. Ya se logró algo, aunque a un costo muy alto, porque de
todas maneras ese proyecto estaba muerto desde que se concibió y no tenía apoyo
en el Congreso. (Claro que como nuestros políticos dicen una cosa y hacen otra,
uno entiende la desconfianza). ¿Por qué no hacer un alto al paro para dar un
respiro a la tranquilidad?
Ahora lo importante es no paralizar el país,
porque esto acarreará más hambre y más violencia. No permitamos el desabastecimiento,
ni la emprendamos contra los centros de acopio, ni las gasolineras, ni los negocios
de la gente, ni las empresas de los ricos, que se necesitan, ni contra el sistema
bancario, que aunque es usurero, lamentablemente tenemos que recurrir a él mientras
cambiamos las leyes económicas con este o con otro gobierno.
Si el pueblo oprimido ya ha salido a las
calles, que sepa que una revolución en estos momentos nos mandará a la ruina. Y
cuando esté el país destrozado y hayamos puesto más muertos inútilmente, se
levantará una junta militar que gobernará a su antojo mientras se convoca a
elecciones, lo cual puede tardar dos meses, o veinte años más de guerra.
O lo otro: esperar el año largo que le
queda a este gobierno en medio
de la más férrea oposición; y después que elijan al que quieran. Al candidato
de la izquierda, si es que el desespero es tanto, porque al parecer el grueso
del pueblo que protesta lo está pidiendo a gritos, como si fuera el redentor.
Pero también hay otro pueblo, el que no
sale a las calles, el que no protesta por miedo a ser herido, o por las razones
que quiera, porque igual tiene derecho a no hacerlo y se debe respetar. Ese
pueblo sabe que lo que quieren los políticos, tanto de derecha como de
izquierda, es pescar en río revuelto.
El de la izquierda radical, por ejemplo,
debe estar contento, cómodamente sentado, azuzando al país a través de su Twitter.
El Uribismo, por su parte, al que Duque
(queriendo o no) acabó de enterrar, propondrá con cinismo un gran acuerdo nacional,
pero acudirán los politiqueros de los otros partidos a pretender ser ellos los
que digan la última palabra. Al final no habrá valido la pena el baño de sangre
si otra vez el destino nacional queda en manos de la misma clase dirigente que tanto
mal le ha hecho a este país: los Uribe, los Gaviria, los Vargas Lleras, los Petro,
los Santos, los Pastrana, cuál de todos peor.
La otra opción es avanzar con el estallido
social y ver qué pasa. A esa opción le tengo más miedo, porque un pueblo
enardecido no razona, se aferra a un caudillo y se autodestruye. La consecuencia
siempre será una tiranía peor que la que había. O si no pregúntenle a los
franceses quién quedó al mando después de matarse en su Revolución
Francesa. O a los rusos si les pareció que Stalin era el gran conductor de las
masas que exigían los bolcheviques.
Sí, le tengo más miedo al pueblo oprimido que estalla con violencia, porque con el pueblo es a otro precio. Pero también le tengo empatía; entiendo que su lucha es por derechos y no por ideales.
Nos dirán quienes quieren prolongar el paro que
hay que hacer el sacrificio ahora para obtener un bienestar después, para que
todo cambie, para que implantemos una justicia social, pero ¿cuántas veces nos
han dicho lo mismo?
Dios quiera que me equivoque: agudizar
el problema, justo ahora, no logrará mejorar nada y menos con violencia de por medio. Por
eso pido una tregua, y que el paro pare.
02/05/21








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