La palabra “paz”, por ejemplo.
La escucha uno todos los días como parte del plan central del mandatario de
turno; como una búsqueda infinita que nos conduciría a un país mejor, pero el
término de por sí ya no significa lo que debiera significar. Entonces la narrativa
dominante obliga a ponerle un apellido a esa palabra para darle una resonancia
efectista, y así ya no sólo se habla de “paz”, sino de “paz total”. Este, al
parecer, es el nuevo embeleco del gobierno colombiano, o diríamos, más bien, el
eufemismo benévolo para disfrazar otras palabras cuyo impacto en la conciencia popular
no es de tan buen agrado: “impunidad”, “ilegalidad”, “abuso”, “subversión”, “injusticia”
“pillaje”; quebrantamiento de la ley puro y duro avalado por quienes imponen
esas mismas leyes. Desde luego, leyes promulgadas para que las cumpla sólo el
pueblo raso, no la criminalidad. Se sabe que toda criminalidad está por fuera
de la ley, incluyendo aquella que preside en el trono presidencial.
De modo que nada hay tan falto
de sentido como la “paz total”, cuando la sola acepción es una utopía. ¿Ha
habido en la Historia de la humanidad algún período donde se haya respirado siquiera
por un breve lapso de tiempo algo parecido a los aires de la paz total? Pero tenemos
en Colombia a un mesías que dice tener la clave para imponerla: la paz total
por decreto, como si así funcionara. Igual que su amigo Santos, los adalides de
la paz se sienten con el derecho de autoproclamarse los únicos dueños de ella,
y por tanto los llamados a cambiar el rumbo de la Historia. Cuánto narcicismo
cabe en un cuerpo humano, cuánto delirio de grandeza.
“Justicia social”, por
ejemplo, es otra frase mágica para motivar incautos. Escuchan esas dos palabras
y se activan como un felino al que se le muestra la comida. Y los gobernantes
hacen de esa frase su caballo de batalla y la usan como bandera de campaña para
supuestamente representar a aquellos oprimidos ávidos de que la justicia social
obre en favor de ellos. Sin embargo, si tuviéramos que definir el término, nos
encontraríamos con un problema: ya de por sí es un oxímoron la frase. La
justicia no puede estar encaminada a resolver las diferencias de clase. La
justicia, entendida como principio moral, es aquello que “se inclina a obrar y
juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde”. Si se le
agrega el componente “social”, se estaría haciendo referencia a la igualdad
social (cosa que no existe ni existirá jamás en el mundo de lo real), al Estado
de bienestar, a la distribución de la riqueza, a la prevalencia de los derechos
de los pobres. Suena muy bien, y está perfecto que se luche por superar la
pobreza y por establecer la igualdad ante la ley, que es la única igualdad que
deberíamos tener los seres humanos, pero no es en este caso la justicia la que
establezca la igualdad de oportunidades. De hecho, una justicia social
encaminada a la distribución de la riqueza es completamente injusta.
Así, cuando desde las esferas
de la gobernanza nos hablan de “justicia social” como un programa de
obligatorio cumplimiento, lo que debemos entender es lo contrario: que el
Estado meterá la mano en la libertad de las personas, en sus bienes, en su
capacidad de generar riqueza, en su independencia, en la autonomía para valerse
por sí mismos porque quiere repartir lo que hay entre los que no tienen. Algo
que a la luz de los postulados humanistas podría parecer muy equitativo, pero
que a mí me parece muy injusto. ¿Por qué alguien debe repartir el fruto de su
trabajo entre los que no han participado de él? ¿Es razonable aplicar la
justicia para la igualdad de resultados en lugar que para la igualdad de
oportunidades? Pero ya sabemos que ese es uno de los principios fundamentales
de la doctrina socialista, que consiste en ser generoso con la riqueza ajena.
Partiendo de la idea del resentimiento
social, azuzando el encono de los pobres contra los ricos, a quienes se culpa
de su situación, un ideólogo como Marx pretendió cambiar el mundo proponiendo
una nueva teoría económica en la que decía establecer un sistema justo. En
ningún sentido lo fue. La división, el odio de clases, la violencia, nada de
eso ha servido a ningún país socialista para tener mejor justicia. Lo único que
hizo fue fundar una nueva religión (la del Estado), y alentar a unos feligreses
tan fanáticos y radicales como insensatos e irracionales.
Pero vuelvo al sentido vacuo y
a veces opuesto que adquieren las palabras cuando se las refuerza de manera indiscriminada.
La palabra “verdad”, otra más de las quimeras que nos pintan desde el establishment
para seguir ocultándonos todas sus intenciones. Que qué importante es la verdad
de los hechos; que las víctimas tienen derecho a saber la verdad de lo que
ocurrió en el pasado; que sólo a través de la verdad se podrá lograr la
justicia y la reparación, etc. No obstante, nada se cuenta como es. Las “comisiones
de la verdad” resultan a la postre lo más falaz que se han podido inventar.
Ellas cuentan las versiones a medias, tergiversadas, dulcificadas en algunos
casos para beneficiar a unos actores a quienes no conviene delatar. Las sombras
de esa “verdad” nunca son esclarecidas totalmente, y así el vacío de las dudas
se va llenando con narrativas direccionadas para que al final prevalezca una
sola “verdad”. ¿Cuál?, la que manipulan desde las ONG’s, los gobiernos, las
instituciones, los medios de comunicación. Al final ellos nos muestran “su
verdad”. No la que es objetiva, que es la única que existe.
“No existe la verdad, cada
quien tiene su propia verdad”, me decía una amiga progre, y yo tenía que
escuchar su sandez colmándome de paciencia para no mandarla al demonio. Juicios semejantes son producto de toda esa corriente posmoderna y relativa que lo
único que logró fue engendrar criaturas de cristal que se quiebran con el primer
aluvión de realidad. La verdad, entonces, se convierte en una posverdad, en
algo que está “detrás de” o “después de”; en lo contrario a ella, es decir, en
la mentira.
En otras palabras, para entender bien de
qué es lo que se habla en este lenguaje cifrado, basta interpretar las menciones
más reiteradas que están contempladas como puntos centrales de la agenda pública
a la luz de sus propios antónimos, y con eso ya se hace uno a la idea de por dónde
es que van las verdaderas intenciones del poder.
Así, como en el mundo
orwelliano, en nuestro mundo cada vez se copian más sus disfuncionalidades. A
la mentira se le llama verdad; a la guerra se le llama paz; al miedo, a la
incertidumbre y al sentimiento de pérdida, hay que llamarlo felicidad; a la escasez
toca decirle abundancia; y así por el estilo.
Cuando el presidente dice que
hay que poner impuestos saludables, el trasfondo que se agazapa allí es el
hambre, pues los pobres son los que más sufren con los impuestos a la comida,
por muy poco nutricional que esta sea. Cuando se nos habla del derecho a la “salud
sexual y reproductiva”, lo que hay que entender es el derecho a matar a un no
nacido, que va en contravía contra toda salud, y desde luego, es anti
reproducción. Si el presidente dice que quienes compran dólares perderán su
dinero porque él mantendrá la estabilidad cambiaria, hay que entender lo
contrario: a comprar dólares, pues secretamente está implementando medidas para
acabar con nuestra moneda y someternos a un empobrecimiento sin precedentes, buscando
beneficiar a quién sabe qué agentes externos que parasitarán nuestro país. Si se
ensalza la cocaína y se satanizan el carbón y el petróleo, nuevamente, hay
que entender lo contrario: los minerales energéticos representan nuestro progreso y la coca es la ruina y la muerte del ser humano; el verdadero veneno.
Como este es un mundo al revés, aconsejo que entendamos todo al contrario de la
manera como los gobernantes y las élites pretenden inculcarnos, haciendo
exactamente lo opuesto a lo que ellos dicen.





Que verdad en lo que escribes y sobre todo en la frase ser generosos con la riqueza ajena, eso es lo que hacen los gobiernos socialistas pero vaya y mire si ellos comparten sus riquezas, JAMAS.
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