sábado, 22 de julio de 2023

Un buen ciudadano

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    La dependiente de la aerolínea estatal le hizo señas a Rupertino para que avanzara en la fila y pasara a su ventanilla. Rupertino Díaz, pasaporte en mano y con unas ganas inmensas de viajar a los Estados Unidos para reencontrarse con su madre, se presentó con su mejor sonrisa a la señorita que revisaba los documentos.

    —Buenos días —saludó él.

    — ¿Para dónde viaja? —le preguntó la muchacha sin quitar los ojos del computador ni corresponder a la sonrisa ni al ánimo del viajero.

    —Nueva York —respondió.

    Ella tomó el pasaporte, corroboró algunos datos en su pantalla, lo revisó frente a una luz ultravioleta y se lo devolvió desganada.

    —Lo siento, señor Díaz. No puede viajar.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Rupertino sintiendo que se caía al piso. Ya presentía que la felicidad por la expectativa de su viaje traería como resultado un terrible golpe de realidad, porque a cada felicidad le sucede siempre un dolor ineluctable.

    —Señor Díaz —le dijo ella, ahora sí mirándolo a los ojos, como quien se apresta a dar un gran consejo—. No es la primera vez que esto ocurre, no es un caso nuevo para nosotros, pero seguramente lo será para usted y le voy a explicar de qué se trata. Las políticas de nuestra empresa se ajustan a las nuevas leyes sobre el sistema de crédito social para combatir el cambio climático y reducir la emisión de gases de dióxido de carbono en la atmósfera. Por su historial social me sale en la pantalla que a usted no le está permitido por el momento realizar un viaje en avión superior a mil millas, o sea que solo puede viajar al país vecino más cercano con el cual tenemos convenio, pero de ninguna manera para los Estados Unidos ni para ningún otro lugar del extranjero que no sea la República Bolivariana Popular Comunista.



    —Pero… ¿cómo me dice eso, señorita? —protestó Rupertino—. Yo tengo un viaje planeado hace muchos días. Logré ahorrar para comprar el tiquete, mi madre me está esperando con ansias, no puede decirme que no puedo viajar por no sé qué ley absurda, cómo es eso, ¿yo qué he hecho?

    —Señor Díaz, aquí me sale que usted no ha hecho buen uso de su ciudadanía durante el último año. Puede ser que no haya contribuido lo suficiente con el medio ambiente, puede ser que haya realizado más viajes de lo permitido en avión, que sus desplazamientos en automóvil hayan excedido el límite de distancia, o que haya utilizado demasiado el aire acondicionado u otros aparatos electrónicos. También se restan puntos por consumir más de un kilo de carne en el mes o comprar artículos que para su fabricación demanden más de veinte litros de agua potable, incluyendo lo que se gasta para el empacado y el transporte. Otra causa puede ser la frecuencia con la que se baña, lava su patio o la forma como puede mal utilizar el preciado líquido, pues recuerde que estamos en racionamiento. Cualquier acto que vaya en detrimento del medio ambiente le va a restar muchos puntos a su crédito social, y por eso hoy no le está permitido viajar hasta que no tenga un mínimo de dos mil puntos positivos, y en este momento está en menos doscientos.

    — ¡¿Qué me está diciendo usted?! —chilló Rupertino desencajado, imprudente de que su tono de voz elevado le ocasionara una sanción por gritarle a una funcionaria de turismo, que además, como era mujer, le podría costar a él una acusación de machismo y violencia de género, cuyo castigo no se resolvía con el pago de una fianza onerosa, sino una condena de siete años en prisión.



     —Baje la voz, señor Díaz —lo reconvino la funcionaria amablemente—. Entiendo que se ofusque, pero este no es el momento ni el lugar. Recuerde que tenemos sensores de ruido que miden los niveles de contaminación auditiva producida por los gritos y el tono de voz alta, además de que graban con precisión lo que usted y yo estamos conversando. Si usted se atreve a contradecir el informe de su currículo social se podría ver avocado a una pena mucho peor que la de gritarle a una mujer.

    —Pero entiéndame, señorita —suplicó Rupertino intentando moderarse—, yo no he tenido mal comportamiento social ni ecológico. He sido un buen ciudadano, pago mis impuestos a tiempo, cumplo con las leyes, nunca he violado las cuarentenas mensuales ni he encendido la calefacción a más de los niveles permitidos; reciclo mi basura, que jamás pasa de los dos kilos, y jamás boto ni un papel en la calle. Puedo demostrar que mi consumo promedio de agua es de menos de veinte litros al mes, además de que también la reciclo hasta dos veces. Mi consumo de electricidad es menor a 50 kilovatios, ando en bicicleta, pues ni siquiera poseo vehículo automotor, y no uso ningún combustible fósil para preparar mis alimentos, puesto que ingiero todas las frutas y las verduras crudas, como dicta el catálogo, y los granos secos los trituro para no someterlos a cocción. Tampoco como carme porque no me alcanza para comprarla y mucho menos he hecho viajes en avión. Este será el primero después de varios años porque necesito reunirme con mi madre. Hago todo lo que dicta la ley ambiental, entonces no veo por qué es que me están restando tantos puntos en mi crédito.

    La mujer movió la cabeza de un lado a otro. No estaba dispuesta a ayudarlo, cansada como siempre de recibir tantas quejas a diario por lo mismo. Las cosas eran más graves de lo que Rupertino suponía, así que ella le dio el ultimátum. 



    —Lamento decirle, señor Díaz, que estando las cosas en este punto, usted ya es deudor del sistema, pues tiene una multa de siete mil trescientas nuevas unidades Mao que se está incrementando cada día si no la cancela cuanto antes. Y todo por su mal comportamiento social. Algo grave tuvo que haber hecho para tener tan mal crédito. Si no es consciente de lo que hizo, le recomiendo que vaya a la Oficina de Recaudo y se ponga al día, no sea que también pierda los puntos para poder realizar compras de víveres y agua ahora que comenzará el tercer racionamiento de la temporada.

    —Le repito que yo no he tenido mal comportamiento, debe haber un error. ¡Esto es un abuso! —manoteó Rupertino con la baja tolerancia a la frustración que lo caracterizaba. Se había olvidado por un momento con quién estaba tratando.

    El vidrio polarizado del cubículo donde atendía la señorita de la aerolínea estatal, que ahora se le conocía como Funcionaria Pública de Turismo, se interpuso entre Rupertino y ella. La ventanilla se cerró como advertencia de que la mujer podría estar eventualmente en peligro. Los agentes se pusieron en guardia. Eso significaba que cualquier intento que hiciera Rupertino por alargar la conversación para justificarse, o incluso el solo hecho de tocarle la ventanilla, podría ser interpretado como acoso, lo cual era aún más grave. Una ventanilla cerrada por una mujer o una zona violeta de protección contra la violencia de género eran símbolos que no se podían trasgredir por nada del mundo, y Rupertino lo sabía. Por eso se dirigió inmediatamente a la Oficina de Recaudo, a una hora de distancia del aeropuerto. Estaba frustrado por haber perdido su vuelo, pero a esas alturas el viaje era lo de menos: lo que le preocupaba era que ni siquiera tuviera la posibilidad de adquirir alimentos y otros bienes con semejante récord que estaba al límite de quedar inhabilitado para continuar la existencia bajo la Gobernanza. 



    Tuvo que hacer una fila de dos cuadras para ser atendido al cabo de tres horas por una mujer entrada en años, quien era la encargada de dar un informe más detallado sobre las puntuaciones del sistema. Miró la pantalla con paciencia mientras Rupertino pensaba en lo triste que se encontraría su madre cuando no lo viera llegar en el vuelo de las ocho. Ni modo de avisarle que no podría estar con ella hasta que no le facilitaran un teléfono en la Oficina de Comunicaciones. Debía reservar uno. Cuando le contara sobre su mala puntuación social se derrumbaría. La distancia entre ambos sería insalvable.

    Así las cosas, Rupertino no visitaría a su madre por lo menos en dos años, pues con semejante saldo negativo de su crédito social sería muy difícil lograr los dos mil puntos requeridos para ir a los Estados Unidos. Eso equivaldría a no salir nunca de la casa ni comprar ningún producto por lo menos en seis meses; es decir, quedarse sin comer, sin bañarse, sin trasportarse, sin utilizar la calefacción ni el aire acondicionado: no vivir durante ese tiempo, lo cual resultaba técnicamente imposible.

    La madre de Rupertino tampoco podía viajar desde el país del norte. Ella ya había gastado sus puntos ecológicos con el viaje que había realizado el año anterior a su país de origen, de modo que madre e hijo no tendrían más remedio que comunicarse utilizando las dos horas de video llamada que el Estado otorgaba gratis, cada mes, en una de las pantallas viejas que prestaba a los ciudadanos en la Oficina de Comunicaciones. Ya para ese momento la ley había prohibido la tenencia de dispositivos de cómputo o teléfonos inteligentes, y la Gobernanza los había mandado a recoger todos para evitar más contaminación generada por la radiación de esos aparatos. Los seguimientos se hacían por el transmisor cerebral que cada individuo debía tener inserto en su cerebro con el fin de acabar con la proliferación de celulares, que entre más día, más obsoletos.



    La anciana de la Oficina de Recaudo giró la pantalla e hizo que Rupertino viera la liquidación de su crédito social:

    — ¿Ve usted la razón por la que su récord está en rojo?

    —No, ¿qué es?

    —En efecto, señor Díaz, usted no ha hecho un mal uso de los recursos ambientales y energéticos. Tampoco ha comido ningún tipo de carne de animal vacuno, ovino, porcino ni ovíparo en los últimos seis meses, y las compras de sus bienes y servicios han estado ajustadas a lo que dicta el manual de racionamiento. Por otra parte, no me sale aquí que haya viajado ni que haya violado las cuarentenas, y tampoco tiene denuncias ni infracciones al código ambiental. Hasta el consumo de pornografía ha bajado en los últimos meses, y aunque no parezca, eso le podría ayudar para ganar puntos positivos.

    —Sí, yo sé —confesó apenado Rupertino—. Es que ya no puedo pagar el canal de suscripción.  

    —Mejor aún —dijo la mujer ajustándose sus gafas y continuando la explicación—: pero el problema está en sus redes sociales. Y es un problema cojonudo.

    —Pero señora, escasamente tengo la red social que permite la Gobernanza, y como usted verá casi no tengo seguidores. Prácticamente soy invisible para el mundo.

    —No son sus seguidores, sino los artículos que usted publica allí.

    — ¿Cómo? —se sorprendió Rupertino de ver cuánto sabía el sistema de él.



    Era cierto. Para desaburrirse, Rupertino escribía un blog panfletario desde uno de los computadores que le prestaban en la Oficina de Comunicaciones. Luego publicaba en su cuenta para ver si alguno leía su escrito. Como era previsible, nadie leía sus columnas, tan llenas de errores como de desaciertos e imprecisiones, y con un estilo de aprendiz imperdonable. La inteligencia artificial las reconocía y de inmediato las mandaba a censura, y así, cada que Rupertino publicaba algo, el algoritmo por defecto le iba bajando los puntos hasta acumular cifras negativas en su crédito social y ganarse la sanción pecuniaria.

    —Así es —corroboró la funcionaria—. El sistema sabe que usted es columnista de opinión, y aunque no tiene medio de difusión, usted se ha valido de la red social estatal para hacerla conocer. Es cierto que a nadie le importan sus artículos, y que de hecho ninguna persona de carne y hueso ha leído lo que usted escribe allí, pero la automatización de la inteligencia artificial se encargó de borrar todos sus puntos por considerar sus escritos como “material disidente”. No siga escribiendo esas cosas, señor Díaz. Mire que ahora debe una multa y podría perder el derecho a habitar la casa que la Gobernanza le otorgó para tener que irse a vivir a los suburbios.

    —Por favor ayúdeme señora —imploró Rupertino—, mire que yo no tengo forma de conseguir nada sin el crédito social, no me hagan ese mal, bórrenme los puntos malos, que esos artículos no son serios, sólo es un juego que yo hago porque me gusta escribir estupideces, pero ya ve usted que ni mi madre las lee.

    —Lo siento mucho, señor Díaz—, dijo la mujer cerrando la ventana polarizada, lo cual significaba que el hombre no podía hacer el intento de insistir ni replicar. Antes de cerrar completamente le dijo estas palabras:

    —Usted está condenado a vivir en los suburbios, señor. Ha cometido un delito mayor que el delito ambiental, y es el delito de opinión. A la Gobernanza no le gustan los opinadores, y menos si son en contra suya. Más le hubiese valido estarse callado, porque ahora la inteligencia artificial lo está perfilando para eliminarlo del sistema de manera definitiva, de modo que usted no podrá volver a comprar ni a vender, ni a transportarse, ni a recibir la renta universal. Ya lo considera un peligroso delincuente, y tiene que saber que en este nuevo orden los algoritmos son los que mandan.

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