sábado, 8 de julio de 2023

Retazos de un país al revés

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Un país que se cae a pedazos, un gobierno que crea sus propias autodefensas, unos gobernantes que odian la patria que dicen representar. Esa patria, como nunca antes, está en peligro. Más que el peligro que suponen los grupos alzados en armas, es el peligro que representan sus dirigentes, aliados incondicionales de los primeros y con los cuales pactan la entrega de la soberanía en los próximos tres años. Lo que pensábamos que ya habíamos superado retorna después de dos décadas en versión recargada; es decir, en versión empeorada. Colombia es una colcha de retazos de un país al revés.

    Los victimarios son las víctimas y las víctimas son los culpables. Aquí la culpa siempre será del buen ciudadano, del que sienta su voz de protesta, del que no está de acuerdo, del que informa, del que denuncia, del que trabaja, del que aspira, del que sueña. Los delincuentes son “ángeles redimidos” gracias a un ministro que los defiende, un presidente que los excusa, un plan de gobierno que los acoge. Que viva la guerra en nombre de la paz. Los verdaderos señores de la guerra ahora son los que dan cátedras de convivencia, los que con la misma mano con la que han degollado señalan al ciudadano honesto y le echan la culpa por interponerse en el camino de las balas. ¿Qué tiene que estar haciendo en la mitad del conflicto un parroquiano del común cuyo único pecado es ser un inocente? ¡Qué imprudencia haber nacido!, ¡que irresponsable el acto de aferrarse a la vida y existir!



    La lógica de un país al revés es la lógica que está al servicio del hampa. Sálvense los que puedan, ciudadanos. Si a ustedes los secuestran o los matan, según nuestro ministro de Defensa, será culpa de ustedes mismos por cometer la indelicadeza de llamarse colombianos y pretender ejercer su derecho a la “libre movilidad”. Esta es la misma lógica que justifica y celebra que abusen de la muchacha que ha salido de fiesta en una falda sensual sólo por el hecho de no cuidar de su moral: ella se lo buscó, juzgan a la ligera los que no se ponen en los zapatos del vecino, pero asimismo habría que decir que nosotros, los colombianos, también nos hemos buscado nuestro destino.

    Es la lógica que encarcela al que hace uso de su legítima defensa frente al ataque de los homicidas cuando estos últimos han fallado y han pagado justamente con sus vidas, o simplemente han salido ilesos y exigen la compensación a la víctima por no haberse dejado asesinar.

    Es una lógica que reprende al padre de familia que salió de madrugada a buscar el sustento para sus hijos en una zona de peligro y nunca más volvió. ¿Qué tenía que estar haciendo ese señor irresponsable enfrentando la vida en un territorio que ya tiene dueños? ¿Acaso no pensó en los suyos? ¿Por qué tenía que estar viviendo allí en un barrio desgraciado en lugar de desplazarse a uno de los tantos remansos de paz que hay en el país? Porque si hay víctimas de los grupos terroristas no es culpa de los asesinos, sino de los asesinados. En Colombia la culpa es de los muertos, de los inocentes. Los malvados son simplemente “almitas nobles” que “luchan” por un “ideal para el pueblo”.



    Estamos solos, colombianos. No hay Estado para defendernos, sólo para atosigarnos con decretos que nos asfixian y cercenan nuestra libertad. No hay leyes para garantizarnos la justicia porque los malos son la ley: dinero para los bandidos, impuestos para la gente de bien, a la que encima le endilgan el estigma del clasismo.

    Congraciarse con el mal no es un despliegue de bondad que conlleva a creer que la sociedad se puede cambiar si se le da la mano al delincuente. No es un gesto de pacifismo ni mucho menos un acto de fe. Al mal se le reprueba, se le condena y se le castiga; el delincuente debe ser repudiado y puesto tras las rejas, como tiene que ser. Pero cuando una sociedad se ufana de su degradación y hace escarnio de un sistema de valores al que ya considera inútil, entonces esa sociedad está perdida.

    Así, se llega al punto en el que al asesino hay que pagarle para que no asesine más. Nos obligan a ser partícipes de una extorsión, a aliarnos con el crimen, a comprar al delincuente por los siglos de los siglos para que este siga apoyando con su voto al gobernante que lo empoderó, creándose un proceso de democracia fallida: la delincracia o la criminalocracia.



    Esta es la “paz total” soñada, compatriotas; es el reino del antivalor, de la subversión, de la rebeldía, de la desviación, de la división que se produce cuando la siniestra toma el control. Es un acto fríamente calculado para financiar y conformar grupos paramilitares con la plata del pueblo para que atenten contra el mismo pueblo si se llega a rebelar. Un acto, también, para comprar conciencias. El subsidio y la dádiva para los “jóvenes en paz” con tal de que no nos asesinen es el corolario de una sociedad resignada a la derrota y entregada al miedo. Los ceses al fuego de parte de los cuerpos que debieran brindar seguridad son excusas para que no podamos defendernos. Mientras los ciudadanos tenemos que escondernos debajo de la cama, los criminales tienen licencia para asesinar, ya desde la legalidad que les otorgó el Estado. Ellos son los que hacen los paros, los que exigen sus derechos, los que imponen su ley. El pueblo, sumiso y doblegado, tiene que silenciar su voz.

    Mientras tanto, una conciencia de patria está despertando. Tarde o temprano esa conciencia se levantará para emprender el camino de una contrarrevolución. Será un camino largo y tortuoso, atestado de muerte y desolación, pero al final será el camino que marcará el inicio de una esperanza nueva. Cada vez serán más los que despierten, los que intenten tomarse las calles en un gran clamor nacional, los que marchen por su libertad, los que rechacen toda esta anarquía atizada adrede. El pueblo unido, de la mano de Dios hará sentir su voz. Tendrán que matarnos a todos si pretenden continuar su oprobio, pero en esa guerra del bien contra el mal también nos llevaremos a muchos de sus esbirros por delante. Este país no lo podemos perder, y si ya comenzaron a ganarlo los delincuentes, entonces habrá que vender cara esa derrota hasta que no queden sino los retazos esparcidos de la patria y entonces tengamos que reconstruirla, pero al derecho.

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