(Columna)
El 20 de diciembre de 1989, bajo la operación conocida con el nombre de Just Cause, fuerzas del ejército estadounidense compuestas por unos 27.000 hombres, entre las que se encontraban el U.S Army, los Marines, la Navy Seals y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, entraron a Panamá con el objetivo de capturar al entonces dictador Manuel Antonio Noriega, acusado por el Departamento de Estado de narcotráfico, extorsión, lavado de dinero y crimen organizado, además de haber anulado las elecciones democráticas de ese país en 1989 y haber declarado un “estado de guerra” contra Estados Unidos y el gobierno del entonces presidente George H. W. Bush.
No fue sino hasta el 3 de enero de 1990, catorce días después de la intervención, cuando las fuerzas panameñas del régimen fueron derrotadas luego de librar cruentos combates y soportar un asedio psicológico que incluyó música rock a alto volumen a las puertas de la Nunciatura del Vaticano, lugar donde se había refugiado el dictador hasta el momento de su captura. La operación Just Cause incluyó ataques simultáneos a cuarteles, aeropuertos, comunicaciones y puntos estratégicos del país. Al final, tras un saldo de 23 soldados estadounidenses muertos y entre 200 y 500 civiles panameños según distintas fuentes, el enemigo público de los Estados Unidos logró ser sometido, extraditado, llevado a juicio y condenado por una corte federal de la Florida a 40 años de prisión, de los cuales pagó 20 años efectivos. De allí salió en 2010 para ser extraditado a Francia, donde enfrentó cargos de lavado de dinero, y finalmente fue repatriado a Panamá, donde terminó sus días en 2017 purgando una pena de 60 años por crímenes contra la humanidad y asesinato. Noriega jamás volvió a ver la luz del sol.
Hoy, 3 de enero de 2026, exactamente 16 años después de la captura de Noriega, otro tirano es apresado en su propio territorio por el mismo ejército estadounidense. Nicolás Maduro Moros, el dictador venezolano que desafió el poder de la primera potencia mundial y la autoridad de un presidente que sí tiene pantalones, finalmente fue sometido, y a esta hora ingresa en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, Nueva York, a la espera del juez que lo confrontará en un tribunal federal de Manhattan para enfrentar cargos por las “nimiedades” de conspiración para el narcoterrorismo y conspiración para el envío de cocaína hacia los Estados Unidos, entre otros.
Entre estos dos operativos existe una semejanza que va más allá de la coincidencia de la fecha, y es que ambos sirvieron para sacar del poder a tiranos que se aprovecharon de su posición de gobernantes para oprimir a su pueblo, restringir las libertades, y cometer delitos contra la nación estadounidense, que constituyen estos últimos la justificación principal de la intervención. En ambos hubo heridos, muertos y bombardeos que destruyeron infraestructura. Hubo víctimas tanto militares como civiles, lo que se conoce como daños colaterales, que son imposibles de evitar en este tipo de confrontaciones a pesar de todas las precauciones que se tomen. Desde luego, la acción que condujo a la captura de Maduro fue mucho más limpia en términos de mortandad y destrucción, pues fue una operación quirúrgica que tomó apenas un par de horas una vez iniciado el ataque aéreo y terrestre, aunque ya el gobierno de los Estados Unidos en cabeza del presidente Trump venía sitiando al régimen desde hacía varios meses.
A decir verdad, el mundo libre esperaba que esto sucediera. Lo deseaba, lo veía venir, y a veces se desesperaba con la cautela y la paciencia que estaba teniendo Trump, necesaria para el buen éxito de su misión. Pero por momentos creíamos que no iba a suceder nada, y no veíamos la hora de que ese titán que hoy más que nunca se está convirtiendo en el Ciro de Occidente, diera la orden para capturar o dar de baja a Maduro, así como al resto de los miembros del Cartel de los Soles, entre ellos Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López o Jorge Rodríguez, y a varios militares del Ejército Bolivariano que están comprometidos en el delito trasnacional.
Pero lo que no sabíamos era cómo lo iba a hacer sin comprometer su prestigio político, sin arruinar su popularidad que ya se estaba desgastando por la espera. Cada vez veíamos más lejos la posibilidad de que Estados Unidos pusiera sus militares en tierra y liberara a la nación secuestrada por el Socialismo del Siglo XXI, porque nos parecía que tanta amenazadera lo que producía era que el tirano se fortaleciera más. Ya estaba perdiendo el miedo, bailando y cantando para burlarse con cinismo.
De una cosa sí estábamos seguros: Donald Trump no es un tipo que se rinda a la primera. Es de aquellos a los que no les gusta perder; es obstinado, frentero, valiente, y decidido. No iba a devolver su portaviones Gerarld R. Ford con sus helicópteros y sus marines para su país, así sin más, con las manos vacías. Había que confiar en que gracias al temperamento combativo de este señor se nos iba a hacer el milagrito de sacar a Maduro del poder, que es la gloria para Venezuela y una gran ayuda para Colombia, quien también está en manos de un vicioso tirano que se quiere perpetrar en el poder.
Por el momento solo se pudo capturar al pez gordo, pero es un buen inicio, porque esto aún no termina. Se golpeó la cabeza de la serpiente, y aunque todavía está viva, al menos se la dejó bien vapuleada. Será entonces cuestión de tiempo terminar de aniquilarla si esta se empeña en continuar su ataque contra los Estados Unidos, y en especial contra el bravo pueblo de Venezuela. Y como esta operación no se hizo para restaurar la democracia en nuestro hermano país (de momento), sino para capturar a un narcotraficante muy peligroso, es lógico que la libertad no se va a restablecer de la noche a la mañana y que el resto del trabajo hay que continuarlo desde adentro, porque esto apenas comienza. Aún falta sacar al resto de la ralea, que tendrán que desistir de sus acciones criminales o atenerse a las consecuencias. Tendrán que renunciar a la usurpación que están cometiendo y aprovechar la oportunidad para desterrarse antes de que un nuevo ataque (el cual es muy posible), los condene a la prisión o a la muerte. Tendrán que negociar sus privilegios y largarse de esa patria a la que saquearon; que está ávida por recuperarse de tanto oprobio y humillación que le han hecho durante casi 27 años.
Así como la operación Just Cause en 1990, la operación “Resolución Absoluta” (o Absolute Resolve en inglés), que dio con la captura del déspota Maduro, sirvió para devolverle la esperanza a un pueblo. Millones de venezolanos salieron a festejar en distintas partes del mundo con un sentimiento contradictorio, entre una furia desgarrada y un júbilo incontenible por lo que ha sido toda esa errancia a la que se vieron obligados; por esos millones de familias que fueron separadas y desbaratadas ante la imposibilidad de permanecer juntas, por tantos sueños destruidos y tantas lágrimas derramadas. Es muy justa su alegría, muy merecida y yo me uno a ella.
Sí, todavía no ha cambiado el régimen, y es probable que la transición se tarde unos buenos años, pero necesitábamos este golpe de inicio para permitirnos volver a soñar. Me incluyo también, puesto que como lo afirmaba nuestro mártir Miguel Uribe, asesinado por los amigos de la tiranía, “La libertad de Venezuela es la paz para Colombia”.
Todos sabemos la estrecha relación existente entre los grupos narcoterroristas colombianos, el gobierno de Gustavo Petro y la dictadura del régimen de Maduro. Todos hacen una simbiosis que urge desintegrar. El primer paso ya fue dado. Los colombianos, en marzo y en junio, tenemos la oportunidad de dar el segundo paso en las elecciones para Congreso y para presidente de la República. Que no nos volvamos a equivocar, que jamás volvamos a caer en las garras de estos miserables socialistas criminales y empobrecedores. Nunca más un gobierno de izquierda en la región, pero especialmente en Colombia, donde llevamos más de tres años probando esa venenosa receta y ya vemos los resultados.
Eso sí, entender que para ganar hay que ganar bien y no se gana con cualquiera. El país no se recuperará con zurdos ni tibios, ni politiqueros de casta que se han disfrazado toda la vida de derecha, pero que nunca han aplicado los principios por los que se rige la doctrina. El país retomaría su cauce con una figura fuerte, de autoridad, que aplique el sentido común y haga lo que tiene que hacer, que todos sabemos qué es. Ustedes saben a quién me refiero: alguien que exhorte a estar firme por la patria.
Finalmente, toda esta operación para ponerle las esposas al dictador no se hubiera llevado nunca a cabo si no hubiera estado detrás de esto un hombre como Donald Trump y un gran Secretario de Estado como Marco Rubio. Estados Unidos tiene presidente. Supieron elegir, porque al frente lidera alguien que hace lo que hay que hacer por doloroso e impopular que parezca. Esos son los buenos gobernantes, y no los quedabien hasta con los delincuentes para ganar simpatías. ¿Se imaginan si el gobierno lo hubiera precedido la señora Kamala Harris? En manos de ella la foto de Maduro siendo llevado por los agentes de la DEA no hubiera existido.
Por eso, que no se nos olvide a quienes hoy celebramos esta gran victoria, que se la debemos a una figura como Trump, rodeado por importantes aliados de origen hispano como Marco Rubio, y congresistas de la talla de María Elvira Salazar o Bernie Moreno, estos últimos de origen colombiano. La fuerza electoral hispana ayudó a elegir al presidente Trump, y hoy él le ha cumplido a la región.
Que nunca lo olviden los venezolanos, incluso a quienes no les simpatiza el mandatario de los Estados Unidos, que esta esperanza es posible porque existe en el mundo un señor que se llama Donald Trump. Ningún otro habría hecho lo que hizo este patriota. Que sí, que lo mueven los intereses de su nación, pero seamos sensatos y sepamos que en la medida en que el país del norte esté bien, nosotros, los latinoamericanos, podemos estar mejor, y viceversa, pues todos compartimos el mismo continente.
Cuando culmine la celebración y un hálito de optimismo vuelva a surgir en los corazones venezolanos, que no se olviden de decir, ellos allá en Venezuela y en el resto del mundo en donde se hallen exiliados, y nosotros acá en Colombia, esta justa frase: “Gracias, señor Trump”.






Lo que Trump se proponga lo va a hacer y el está firme en evitar que le sigan inundando el país con droga y si para ello tiene que intervenir en otros países lo va a hacer, que se cuiden los que siguen enviando cargamentos de droga por qué a él si no le va a temblar la mano para sacar de circulación a quien se atreva a desafiarlo.
ResponderBorrar