(Reflexión)
Lo mejor de vivir en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, si tienes la bendición de ser inmigrante con documentos, es la oportunidad que hay de trabajar con esfuerzo y ganar el dinero suficiente para llevar una vida más o menos digna en un país extranjero. Trabajar tantas horas como lo permita el cuerpo, todavía pleno de juventud y de ganas de progresar; poder recibir esos dólares que uno no verá en su país de origen y soñar con que un futuro es posible allí en la medida en que uno sea juicioso, ahorrador, y con un proyecto de vida que permita un retiro decoroso cuando llegue la etapa de la vejez.
El sueño rosa americano se acabó, el salvavidas se viene desinflando con el paso de los años, pero aún es posible aferrarse a él mientras el barco colombiano se hunde en la pesadilla comunista que amenaza con arrasar las esperanzas de un pueblo caminando al filo del abismo y que se estará jugando su futuro en la ruleta rusa de las elecciones.
Por el contrario, lo peor de Nueva York y de la Unión Americana en general, es que ese dinero bien ganado después de la ardua jornada de trabajo no lo acompañará a uno mucho tiempo en los bolsillos. De hecho, mucho antes de ganarse, el dinero está comprometido, gastado por anticipado. Cuando llega la consignación a la cuenta, el trabajador de Nueva York, como supongo que lo es en todo el mundo capitalista, ha tenido que hacer un esfuerzo extra para no destinar su ingreso a lo que no está presupuestado. Porque hay algo que los trabajadores de la Gran Manzana sufren de un modo aterrador: en la capital del mundo lo devastan a uno los antojos.
Esto es el capitalismo, amigos, el bendito capitalismo que ha sacado a millones de personas de la pobreza material, aunque luego las convierta en pobres de espíritu. El capital generado mediante el trabajo permite a veces comprar cosas, objetos útiles o inútiles, y hasta voluntades, pero como dice la sabiduría religiosa, no se puede comprar la vida eterna por muchos millones que se posean. Tampoco la tranquilidad de conciencia ni el aprecio genuino de los demás, porque a veces, teniendo tanto por comprar, nos olvidamos de comprarnos a nosotros mismos. Es decir, nos olvidamos de aceptarnos con nuestros yerros y defectos: hemos dejado de querernos, sustituyendo el amor propio con aparatos, experiencias corpóreas y excentricidades que solo sirven para aparentar.
Pero esta no es una crítica al capitalismo ni a Nueva York. Ni más faltaba. Es todo lo contrario: una crítica a quienes vivimos aquí y no nos damos cuenta de todo lo maravilloso que este sistema, esta ciudad y este país nos ofrecen por estar persiguiendo las quimeras esclavizantes de los objetos de consumo. En otras palabras, qué bueno que el comercio te ofrezca cien mil productos y que tengas cien mil posibilidades para elegir entre la prolífica oferta del mercado, de eso no quepa duda; qué bueno que todavía existan cosas a las que se pueden acceder a través de este sistema económico, porque hay otros en los que no tienes derecho a bienes ni servicios de ninguna clase. Pero también qué bueno que como seres racionales hiciéramos uso de nuestra libertad para no tener que comprar todo aquello que la publicidad nos vende. Qué bueno que de vez en cuando pudiéramos refrenar nuestros impulsos y abstenernos de la compensación inmediata que nos grita el cuerpo cuando vemos llenas las vitrinas con aquellos artilugios y caprichos que creemos necesitar para ser felices.
La ciudad ícono del capitalismo, Nueva York, es mucho más que consumo desmedido y opulencia; mucho más que esclavitud laboral, indolencia, prisa por llegar a casa o a ninguna parte, vida agitada, persecución, discriminación y hostilidad. Nueva York es una ciudad que lo puede tener todo al alcance, pero que también te puede dejar con las manos vacías si no agarras la parte del paquete que te corresponde. Un monstruo con el que no se puede jugar porque te devora, pero al que, si se aprende a conocer bien, no es imposible de lidiar y de vencer con el tiempo. Tengo la prueba fehaciente de lo que afirmo en la persona de mi madre, que ya domina este leviatán como si fuera una mascota amaestrada, porque ya son casi treinta años de convivir con él. Ya le encontró su punto débil al monstruo y lo derribó.
Entonces, si uno logra adaptarse y pasar la prueba de la descolombianización, como le llamo yo, que soy colombiano, podría resultar más fácil salir victorioso en esta contienda en la que toca afrontar todas esas coyunturas que arriba mencioné: la esclavitud laboral, la deshumanización, el individualismo, la discriminación, la vida sin tiempo ni reflexión, entre otras tantas adversidades que conllevan las metrópolis. Porque Nueva York, como el amor y la vida, es un estado de ánimo. Todo depende del humor con el que uno salga a enfrentar la batalla cada día. Es de esas ciudades que se odian al principio y al final se terminan queriendo sin que uno lo quiera reconocer. Es como esos amores tormentosos que nos hacen la vida de cuadritos, pero a los que vamos a extrañar después de la odisea y el sufrimiento. Nueva York, la novia problemática y fea de la que uno se enamora perdidamente después de años de haberla padecido. Y sí, al principio era linda, pero nuestros desaires y maltratos también contribuyeron a afearla y a envilecerla un poco. No por ello se deja de querer.
Hay cosas difíciles en Nueva York. Ahorrar es una de ellas. Resulta toda una hazaña no ser víctima del consumo desmedido. Lo que la ciudad te da por un lado, te lo quita por el otro. Siempre ofrecen productos para todo y soluciones empacadas para satisfacer necesidades que hasta antes de vivir allí no se sabía que eran necesidades. Para cada cosa te tienen un aparatico diferente. El sistema te tienta de alguna manera, cualquiera que sea tu afición.
Si lo que te gusta es la comida, como en mi caso, en Nueva York estás jodido y no podrás hacer dieta nunca, a menos que vivas apartado de la sociedad y no salgas de tu casa ni llenes la despensa, y estés dispuesto a paliar el hambre con largas horas de obligado sueño. De lo contrario, ¡ah difícil que será bajar de peso!, y preservar tus dolaritos de las tentaciones gastronómicas que hay en la ciudad por todos lados. No hay un tipo de comida especial ni una culinaria particularmente autóctona, porque aquí se reúnen todas las gastronomías del mundo al mismo tiempo, de manera que no hay lugar para extrañar nada. Todavía en eso la ciudad es generosa. Hay abundancia de comida, aunque se ha vuelto cara, pero hambre no se pasa en Nueva York. Allí es fácil sucumbir ante la gula. Siempre está esa vocecita interior susurrando al oído que si no se aprovecha la abundancia de hoy, se lamentará la escasez de mañana, y la sola idea me produce escalofrío.
En fin, que Nueva York es también la novia sacadora, la que te propone planes, fiestas, aventuras y banquetes. La que no te deja chance para refrenarte ni medirte un poco con los gastos, a no ser que seas chino. Pero también sabes que esa novia tiene muy buenos contactos que te ayudan a conseguir trabajo, y que por eso te conviene, aunque al final lo que ganas se lo dejas a esa mujer derrochadora.
Nueva York es entonces una ciudad que te atrapa por lo bueno o por lo malo, pero como sea te toma del cuello y no te permite respirar aire puro, además porque su aliento expele a marihuana. Bastará que un día te atrevas a dejarla para sentir el gusanillo de la nostalgia horadando en tu corazón, como se extraña a esa novia tóxica que una vez nos lastimó, pero que nos dejó una marca profunda en el alma por el amor y el odio que le tuvimos, y por la cual estaríamos dispuestos a repetir esos dolores y esas alegrías; sólo para comprobar si aún nos hace falta, si aún no la hemos olvidado, o si ella todavía quiere que volvamos a su regazo.





Yo siempre he dicho que New York tiene un imán, tú te vas aburrido sin querer volver pero al cabo de un tiempo lo empiezas a extrañar y terminas regresando, ese imán te atrae de una manera inexplicable.
ResponderBorrarAquí te puedes comprar muy fácil lo que sea, llámense electrodomésticos, ropa y hasta un carro último modelo.
La gastronomía es una de las mejores cosas que tiene New York pues aquí convergen todas las culturas y encuentras restaurantes de todos los países.
Si quieres trabajar lo puedes hacer por qué aquí no discriminan ni por edad, orientación sexual o religión. Tampoco es importante si eres obeso, delgado, feo o bonito. Aquí no hay que colocar una foto para la hoja de vida, con que puedan detectar en la entrevista que tienes las destrezas necesarias para realizar la labor que se requiere, es suficiente.
En New York nadie está pendiente de si vas bien o mal vestido, ni de que color te pintas el cabello, o que carro tienes, nadie está en las ventanas observando. Todos estamos tan ocupados trabajando que ni siquiera sabemos quién es nuestro vecino de al lado.
Vivir en New York al principio es difícil mientras empiezas a asimilar su cultura, su lenguaje, sus cambios de estaciones, la falta de calor humano pero a medida que vas quitando todos estos obstáculos empiezas a amarla.
Por eso estoy de acuerdo con lo que dices es una ciudad para amarla y odiarla. Yo elegí amarla y me siento muy feliz en esta ciudad.