jueves, 15 de agosto de 2024

Esperanza para preservar la democracia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Mucho se ha especulado sobre el escenario geopolítico que comenzó a configurarse a partir de la segunda década de este siglo, cuando el planeta, que ya venía cambiando soterradamente hacia un nuevo ordenamiento mundial, se sacudió por una pandemia de la que todavía queda una de sus mayores secuelas: la incertidumbre.

    La Tierra sigue girando como un trompo descabalado que en su desesperación tambalea para no detenerse, pero también sabe que, tarde o temprano, se le acabará el impulso y terminará colapsando con sus ejes invertidos. Y no me refiero aquí a una cuestión de tintes catastróficos por obra y gracia de la naturaleza, sino más bien al evidente descalabro al que asistimos hoy día los habitantes de este mundo al revés que no sabemos para dónde coger.

    Ese nuevo escenario que se configura globalmente atañe a todos los habitantes de todos los países; desde las potencias más desarrolladas y expandidas hasta el país más pequeño e insignificante que generalmente es un lote de tierra perdido en altamar al que alguien le adjudicó un himno y una bandera.

    Estados Unidos, China, India, Rusia, Irán, Korea del Sur, Japón, la Unión Europea y los califatos árabes, como para mencionar solo algunos protagonistas, siguen siendo los actores principales de esta puesta en escena llamada geopolítica. Sólo que, en el pulso por no ser actores de reparto, la competencia los ha exacerbado a sacar uñas y dientes como en una lucha por la supervivencia en la que al final resultan unos vencedores y otros vencidos. Es posible, como lo demuestra la Historia, que esos vencedores de hoy sean los vencidos de mañana, y viceversa.



    Sabemos que antes de que se termine esta década, y de mantenerse las tendencias económicas, políticas y militares de las potencias mundiales, China sería la primera en poco menos de cinco años, y la India ascendería al segundo lugar antes de 2040. Puede que la economía no lo sea todo a la hora de establecer la conclusión de un análisis, pero sí representa un medidor muy importante para darnos cuenta cómo está el panorama. Hablemos, por ejemplo, del Producto Interno Bruto. China tiene actualmente un PIB de 17.79 billones de dólares, mientras el de Estados Unidos está por el orden de los 27.36 billones. Teniendo en cuenta que la tasa actual de crecimiento de China es de un 5.2% anual y la de Estados Unidos está apenas en un 2,5%, no es difícil deducir que en un lapso aproximado de cinco años la primera potencia mundial sería la China comunista de Xi Jinping. ¿Modelo para el mundo? Bueno, pues al menos así lo han promulgado desde el mismo Foro Económico Mundial.

    Estados Unidos, por su parte, descendería a la tercera, cuarta, o quinta casilla a medida que su economía y su construcción de Estado-nación se vayan destiñendo, si acaso no se desmiembra la Unión Americana en una guerra interna que los enemigos de Occidente vienen caldeando desde hace rato.

    Porque de darse esta división, los estados constituidos en independientes no tendrían ningún peso en el tinglado de la hegemonía mundial. ¿Qué puede hacer el Estado de Nueva York devenido en una república autónoma, enemistado con el Estado de Florida, enfrascado en una competencia por superar a California, y fatigado por ostentar una casa de gobierno más imponente que la que durante siglos se situó en Washington D.C.? ¿Qué opción les queda a los estados más pequeños que no podrían pensar en alianzas ahora que ha llegado el momento de la desunión, como es el caso de Vermont, Delaware o Rhode Island? ¿Qué podrían hacer por sí solos?



    El fraccionamiento desde adentro de Estados Unidos como nación significaría el fin de una era y la caída de un imperio, y eso es precisamente lo que están buscando, no sólo las potencias competidoras, sino otros actores que ya no se definen como cuerpos políticos delimitados por fronteras, sino como entes económicos, grupos de poder y agentes externos encabezados por dinastías metacapitalistas que en últimas son las que tienen el control del mundo. Es decir, que la guerra actual no es una guerra en caliente contra otra potencia extranjera en específico, sino contra una coalición de países, sociedades ideológicas, organizaciones trasnacionales y hasta magnates muy influyentes, cada uno haciendo su parte según su especialidad: lanzando misiles, promoviendo la migración ilegal y la invasión, financiando movimientos antipatriotas, esparciendo ideologías destructivas, atentando contra las tradiciones y los valores, operando el cambio en la cultura, inyectando capital para dictar los lineamientos de las organizaciones internacionales, planeando agendas de cómo tiene que ser el mundo; en fin, repartiendo los pedazos de un planeta al estilo de un poscolonialismo disfrazado de progreso, igualdad y diversidad.

    De cumplirse esta desgraciada predicción, ya no sólo en la tierra del Tío Sam, sino en el llamado “mundo libre”; si los Estados Unidos se separan, habrá que decirle adiós a la democracia.

    ¿Cuál democracia? Preguntarán los escépticos de izquierda a los que sólo les sirve esa palabra cuando ganan ellos. Pues bien, la única válida, que es la que puede representar el deseo de la mayor parte del pueblo. No aquella que se ha corrompido por la mano negra de los que manipulan las elecciones y se las roban. Si no es a través de la participación ciudadana, ¿cómo más se puede construir una sociedad en donde primen las oportunidades, la posibilidad de buscar la propia felicidad, la justicia, la libertad, la seguridad y el orden?

    Es cierto que la democracia es un concepto cuyo verdadero significado ha caído en desgracia, no sólo en nuestras Banana Republic, sino en el corazón mismo del imperio que ya parece otro más de los estados fallidos de Latinoamérica. Pero el otro camino es el de la dictadura, y esa no debe ser nunca una salida en la que, se supone, es la “Tierra de la libertad”.



    Y es que cuando no se puede garantizar siquiera la seguridad para un candidato presidencial que se avizora como el más opcionado a ganar las próximas elecciones de los Estados Unidos, y que de paso es opositor a la administración de turno, se le deja un pésimo mensaje a la ciudadanía de que las cosas seguirán por ese camino incierto que tiene tambaleando dicha democracia. El atentado de muerte contra el expresidente y candidato presidencial Donald Trump, así lo demuestra.

    Él, que viene pidiendo a gritos hacer fuerte la Unión Americana y devolverle la grandeza (sí, porque Estados Unidos tiene tradición de nación grande, aunque muchos se nieguen a aceptarlo) a una nación que la viene perdiendo, incluso desde cuando él fue presidente por primera vez, es el que hoy está en la mira de los asesinos. Si este es el candidato que la izquierda gringa pintaba como fascista, como guerrerista y como altamente peligroso, entonces ¿qué podemos decir de sus enemigos? ¿Es realmente Donald Trump el sujeto nefasto que llevaría a su país a la debacle, o existen otros actores en la tras-escena que serán los encargados de asestar el golpe contra la primera potencia mundial? Porque Trump ya gobernó una vez, y quedó demostrado que no fue un buen presidente: fue un excelente presidente, y las cifras así lo respaldan. ¿Hay una élite enmascarada, un Deep State, un poder todavía más peligroso que no es una teoría de conspiración y que está dispuesto a borrar del mapa a sus enemigos políticos con tal de imponer su visión de las cosas para mantener su propio control del mundo?

    Ese atentado da para muchas suspicacias, pero ni la prensa hegemónica ni los estamentos del poder quieren profundizar en ello. Lo de Trump pasó como el acto de un lobo solitario que por su cuenta y riesgo decidió eliminar al expresidente, tal vez por fanatismo o porque no soportaba sus excentricidades. Nada más lejos de la verdad. Una verdad que seguirá oculta porque se encuentra en manos de los autores intelectuales que muy posiblemente también tenían pensado matar a su propio chivo expiatorio desde que se planeó el ataque. La complicidad del Servicio Secreto, agenciado por el mismo gobierno, es del tamaño de un continente. Y esos autores, aunque no podamos lanzar sus nombres al aire porque no tenemos pruebas, están muy bien definidos por un concepto que los cobijaría a todos: son los verdaderos enemigos de la democracia.



    No, no es Donald Trump el peligro que se cierne sobre el mundo. Él, en todo caso, es quien denuncia el alcance de un poder secreto que busca una agenda atentatoria contra los valores del patriotismo americano. Es un outsider antisistema que no está dentro de la “rosca” en la que pudo haber estado y no quiso, o de la que en algún momento hizo parte y lo sacaron porque su prepotencia y ligereza de lengua no se llevaban bien con los cánones de la obediencia y la discreción que requiere el poder en las sombras del “Estado Profundo”.

    Sí, seguramente la vanidad de Trump le hizo pagar caro su empeño por ser lider. Como sea, es el candidato que representa en los Estados Unidos las ideas correctas. Porque no es quien sea Trump; no es su personalidad, su arrogancia ni su actitud combativa. Es lo que representa. Y Trump representa la vuelta a la grandeza de un país que perdió su norte por seguir el camino equivocado, yendo en contravía de los principios de justicia, defensa común, bienestar general y tranquilidad interior, que se refiere a la seguridad.

    Como a raíz de esa incertidumbre a la que vienen conduciendo a los ciudadanos después de 2020 se ha generado un pánico colectivo y un deseo por ser rescatados, muchos ciudadanos estadounidenses ven en Trump la fortaleza de un líder imperfecto y desmedido, pero que le atina al sentimiento nacional de que no se pierda la patria que tanto ha costado construir. No es un salvador, desde luego, pero al querer devolverle la dignidad a la Unión, permite vislumbrar un conato de esperanza para que no caiga la potencia que ha sido el espacio para la concreción de muchos sueños.



    De ahí que lo quieran matar para quitarse una piedra del camino: un camino que sus enemigos quieren transitar a expensas del ciudadano bueno que paga sus impuestos y recibe a cambio una condena por disentir en lo que la élite se está gastando su dinero. De ahí que los que quieran asesinar a Trump sean los mismos interesados en configurar ese escenario geopolítico del que hablé al inicio para imponer un nuevo estado de cosas, un nuevo orden mundial, que en últimas es un viejo orden comunista.

    Al final es Trump contra el globalismo, contra el “Estado Profundo”, contra la Agenda del mal, contra el comunismo disimulado del “no tendrás nada y serás feliz”. Pero al final también es todo un país que entiende que tampoco se puede ser feliz sin libertad. Que mientras haya una forma de preservar la democracia, redoblar el esfuerzo, mantener el trabajo duro y aspirar al ahorro, esta opción siempre será preferible por la gente trabajadora antes que la opción de la dictadura, del ocio improductivo, del desempleo, de la pobreza, de la renta condicionada, de la esclavitud.

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