miércoles, 7 de agosto de 2024

Partirle la cara a la mujer: nuevo deporte olímpico

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Ángela nació en Nápoles el 6 de octubre de 1998. Desde pequeña quiso ser una buena estudiante; hija de una familia italiana de agentes de policía, ella misma se desempeñó en este oficio, y ya desde su pubertad mostró un interés especial por el deporte, siguiendo los pasos de su hermano mayor.

    Este, en un principio, fue un gran ejecutor de tiro al plato, un deporte que exige una alta dosis de precisión y coordinación entre la vista y la mano, aunque luego se pasó a una disciplina de mucha mayor fuerza corporal, pero menos elegante, como la del boxeo. Ella hizo lo mismo: comenzó a practicar tiro, llegando incluso a ser campeona nacional, y luego dejó esta modalidad por el boxeo, en donde aprendió mucho de su hermano y de su padre.

    Ángela entrenó duro para ser profesional, sobre todo cuando supo que a partir de las olimpiadas de Londres, en 2012, el Comité Olímpico Internacional (COI) había decidido permitir la participación de las mujeres en tres categorías de boxeo, ya que desde 1904 se había considerado un deporte olímpico, pero sólo era del ámbito exclusivo de los hombres. Sacrificó sus años de adolescencia a la consagración de su práctica porque soñaba con ganar una medalla para su país y que su familia se sintiera orgullosa de ella, especialmente Giuseppe Carini, su padre, quien no sólo la apoyaba, sino también la entrenaba. Fue él quien le puso el apodo de “tigre”.

    La primera vez que Ángela participó en una olimpiada fue a sus 23 años, en Tokio 2021. Se había mentalizado para estar lista en 2020, pero la pandemia aplazó su debut un año más, como a tantos deportistas en el mundo, y fue entonces cuando se propuso traer de regreso a Italia una distinción en el podio.




    En aquella ocasión no tuvo suerte porque perdió su pelea inaugural en la categoría de 66 kilogramos o peso welter. Venía de ganar medalla de plata en los campeonatos juveniles europeos de 2019, pero tuvo que regresar de los Olímpicos con las manos vacías, aunque con toda la juventud por delante y la esperanza de que la vida siempre da revanchas. El obstinado Giuseppe la alentó para que siguiera practicando e hiciera un esfuerzo todavía más arduo con miras a las próximas olimpiadas, que serían en París. La experiencia de una participación previa en Juegos Olímpicos le daría un bagaje mucho más amplio para tomarse confianza y luchar por el cuadro de honor. Así se lo prometió a su padre querido, pero no se lo pudo cumplir: poco después de que ella regresara de Tokio, este murió repentinamente. Con el llanto en los ojos y la rabia con el destino por haberle quitado a su mentor y entrenador siendo ella aún tan joven y con tanto por aprender, se juró que seguiría entrenando duro y que, en honor a él, ganaría una medalla en las olimpiadas de París. 

    Ángela avanzó hasta los octavos de final después de vencer a una rival en la fase previa, pero en su segundo combate, el 1 de agosto de 2024, las cosas iban a ser diferentes. Ángela Carini, de Italia, se enfrentaba a Imane Khelif, de Argelia. A simple vista, se veía que el combate sería desigual, pues la corpulencia de la contrincante era evidentemente superior.




    Cuando la vio no se amedrentó, sino que por el contrario se motivó a dar la pelea sin sentir miedo alguno. Lo único que sintió, apenas sonó la campanilla, fue un intenso dolor tras los dos rotundos golpes que recibió de Khelif en el rostro. Su nariz sangró, sus ojos se llenaron de lágrimas y ella se encegueció de rabia y de impotencia. “Me dolía la cara y la nariz, ya no podía respirar”, afirmó después del combate. Una mancha de sangre se esparció por su pantaloneta, pidió la revisión de su casco, miró a su hermano que estaba en la tribuna, y a los 46 segundos de iniciada la pelea tomó la decisión más triste de su vida: se retiraba para no morir. Ella misma afirmó que renunciaba porque de seguir peleando habría terminado en el hospital, herida de muerte, o quizás ni siquiera hubiera tenido tiempo de llegar viva a ese lugar. “Pensé en mi familia, en que tenía que salvaguardar mi vida primero”, “nunca en mi vida me habían golpeado tan fuerte”, manifestó en una entrevista. Cuando el árbitro levantó la mano de la ganadora Imane Khelif, lo único que pudo gritar Ángela fue la frase “non è giusto, non è giusto”, porque sentía que con esa derrota sellaba su carrera de forma humillante. Mientras eso sucedía, los relatores de la pelea decían que la boxeadora se sentía incómoda por algo, que estaba diciendo algo, pero nadie sabía por qué gritaba lo que gritaba. En ese momento no quiso darle la mano a su rival por lo afectada que se encontraba, aunque después tuvo que doblegarse y ofrecer excusas a su oponente porque dice Ángela que no lo hizo con intención, sino que estaba enojada porque sus Juegos Olímpicos se habían esfumado. Si el COI consideró que era una pelea justa, entonces ella respetaba esa decisión.

    De ahí en adelante, Khelif ganó sus dos combates siguientes en el certamen: contra la húngara Luca Hámori y contra la tailandesa Janjaem Suwannapheng obtuvo sendas victorias por cinco a cero, y se espera que este viernes 9 de agosto sea la campeona cuando se enfrente en la final a la china Yanh Liu.




    La verdad es que Ángela Carini sabía exactamente por qué estaba vociferando que aquella pelea había sido injusta, los relatores lo sabían, el público lo sabía, el referí del encuentro lo sabía, el Comité Olímpico lo sabía, los televidentes alrededor del mundo lo sabían, la contrincante Khelif lo sabía y todo el planeta lo sabía, pero era algo que no podía decirse en voz alta: que Imane Khelif, la “mujer” con la que se acababa de enfrentar no era en realidad una mujer, sino un hombre. Sólo que la corrección política impide por estos tiempos llamar a las cosas como son.

    Imane Khelif, siendo un hombre biológico, no sólo derrotó a Ángela Carini y le destrozó su sueño de obtener una presea. Hacía cinco meses le había despedazado la cara a una boxeadora mexicana durante el mundial, razón por la cual la Confederación Internacional de Boxeo la descalificó de la competición femenina en virtud de que sus niveles de testosterona eran tan altos, que ponía en riesgo a las demás competidoras. Además, su composición cromosómica desde su nacimiento resultó ser del tipo XY, es decir, sexo masculino. La malformación genética con la que nació no le posibilitó el desarrollo de los órganos genitales masculinos, aunque esa no es una condición científica para considerarla como mujer, y mucho menos como mujer trans.

    Pero si no nació con pene ni con testículos, ¿cómo podía asegurar la ciencia que era hombre sólo por el hecho de tener niveles elevados de testosterona y cromosomas XY? ¿Cuál debe ser el estatus de Khelif para competir? ¿Por qué, si no era una mujer trans, ni había sido sometida a intervenciones quirúrgicas de ningún tipo para hacerse un supuesto “cambio de sexo”, no debía considerarse una mujer y sí un hombre? ¿No se habrían equivocado los científicos al asignarle un sexo a una persona que no nació con los genitales de ese sexo? ¿Acaso sería verdad que existe un género no binario y he aquí la muestra fehaciente que reafirmaría que el sexo no importa, que cada cual escoge su sexo según los criterios de su autopercepción?




    Se quiere hacer pensar que tanto Imane Khelif como el taiwanés Lin Yu Ting, boxeador del mismo certamen que padece una condición similar, pero en otra categoría, nacieron con el síndrome de Swyer, en el que algunas mujeres pueden tener el par cromosómico XY. Pues no es verdad: las personas que padecen este síndrome no tienen los niveles de testosterona tan elevados como estos dos deportistas. El tipo genético XY no está relacionado directamente con el nivel alto de testosterona.

    “Es que nacieron con vagina, por tanto, son mujeres de nacimiento”, argumentan los activistas empeñados en ver con el deseo, o simplemente por estar mal informados. Pues tampoco es verdad. Aunque sólo los médicos personales de Khelif pueden corroborar qué tipo de genitales tiene, esto es un asunto confidencial, por tanto, no está probado que haya nacido con vagina como tal. Lo que sí es cierto es que esa aparente vagina en realidad no tiene por qué ser un órgano sexual femenino funcional, sino que las hipótesis médicas apuntan a que es un órgano con distrofia por ausencia de una enzima clave en el desarrollo de los genitales masculinos durante la gestación: la  5-alfa reductasa.[1] Muchas personas con esta malformación se vienen a enterar de su sexo real en la pubertad, cuando no les viene la menstruación. Al ver la apariencia de la vagina en el bebé, los padres y hasta los mismos médicos se confunden de sexo, creyendo que es una niña cuando en realidad lo que hay allí es un niño con una malformación. Esta patología se comprueba más tarde con exámenes hormonales para detectar los niveles de testosterona propios de un varón adolescente, o con ecografías, en las que detectan los testículos disminuidos internamente. Una mujer no alcanza jamás a producir los niveles de testosterona que tienen los deportistas en mención, y ni siquiera el más afeminado de los hombres.

    “Es que este tipo de personas no son ni hombres ni mujeres, sino intersexuales por nacimiento, y este género está contemplado dentro de la comunidad LGBTQI+”, vuelven a arremeter ya perdiendo el raciocinio. La comunidad científica tampoco avala esta idea. No existe el sexo “intersexual”. Sólo se puede nacer hombre o mujer a pesar de que los defensores del no-binarismo se rasguen las vestiduras. Tampoco estamos hablando de transexuales, sino de personas cuyo desarrollo genético se presentó de forma anormal. El problema es genético, no de autopercepción.




    Pero aún tratándose de una mujer con el par cromosómico XY por algún síndrome malformativo, y que haya nacido con genitales femeninos, lo que no se puede explicar son los niveles de testosterona tan ostensiblemente altos para una mujer. Y aquí es donde radica el punto clave del asunto: es imposible que una mujer biológica sea XY y al mismo tiempo produzca unos niveles de testosterona equiparables a los de un varón. El nivel máximo de testosterona para una mujer con problemas genéticos está estimado en aproximadamente 5nmol (nanomililitros), siendo terriblemente exagerado. El nivel más bajo de testosterona en un hombre con problemas genéticos nunca está por debajo de 10nmol. Si ocurriese que una mujer produce testosterona por encima de los 10nmol, entonces quiere decir que posee unos órganos que le están produciendo esa testosterona, y esos órganos son un par de testículos internalizados que ya le cambian toda su estructura genética. En esta medida no existe jamás la superposición, es decir, la mujer con la testosterona exageradamente más alta nunca logra alcanzar al hombre con la testosterona exageradamente más baja, y ni siquiera un síndrome de hiperandrogenismo eleva la testosterona de tal manera que sobrepase los niveles más mínimos de testosterona de un varón con problemas hormonales.

    La explicación de lo que le pasa a Imane Khelif y a Lin Yu se encuentra en la deficiencia de la enzima 5-alfa reductasa, encargada de convertir la testosterona en un andrógeno potente, la DHT, el cual interactúa con el receptor androgénico y es necesario para la formación de los genitales externos masculinos y la próstata. Al carecer de DHT, se desarrollan genitales con la apariencia de los genitales externos típicos femeninos, pero no son funcionales ni son anatómicamente los que normalmente se encuentran en una mujer. Dan la apariencia, y por eso dan lugar a que a los recién nacidos con esta malformación genética se les asigne el sexo femenino. Con el tiempo, se van evidenciando los signos de esta condición, cuando ya la persona se ha identificado y se ha socializado como mujer, pero biológicamente es un hombre cuyos testículos se han desarrollado internamente y su pene atrofiado se asemeja a la forma de un clítoris femenino.[2]




    El Comité Olímpico Internacional (COI), que está regido por los criterios de la inclusión y la diversidad extendidos globalmente como parte de una política impuesta a nivel mundial, aceptó que estos pugilistas, que ante la ley son mujeres y se autoperciben a sí mismos como mujeres, compitieran en la categoría femenina, contrariando lo proferido por la Asociación Internacional de Boxeo (IBA) en cuanto a que no cumplían con el criterio de elegibilidad, pues a través de pruebas de testosterona y pruebas cromosómicas se ha podido comprobar desde hace aproximadamente tres años que los deportistas en mención Khelif y Lin Yu Ting no cumplen con estos criterios. Sin embargo, se les permitió competir en los Olímpicos a sabiendas de que eran biológicamente hombres más por una cuestión política que por un real criterio científico.

    Si en realidad existiera un tercer sexo o un sexo no binario, se tendría noticia de este hacía siglos, porque el azar de la naturaleza lo elegiría con la misma probabilidad que elige a un hombre o a una mujer, y sin embargo vemos que no es común encontrar este tipo de anormalidades.
    
    Ángela, por su parte, ha decidido dejar el boxeo. Sabe que por más que lo intente, nunca podrá ganarle en franca lid a una competidora (o competidor) como Imane Khelif. La ideología ha permeado en el deporte, y ella tiene la gran desventaja de ser una mujer natural, que es la única manera de ser lo uno o lo otro. Tal parece que la discriminación actual no es contra las personas que deciden autopercibirse, sino contra las mujeres reales, en un mundo donde supuestamente se lucha por los derechos de la mujer.




    No obstante, no es la primera vez que en los Juegos Olímpicos compiten deportistas "transgénero" y ganan medallas. Ya en Tokio lo había hecho la levantadora de pesas neozelandesa Laurel Hubbard, que fue la primera mujer transexual en competir en una cita olímpica, aunque fue descalificada. También lo hicieron la futbolista canadiense Quinn, quien fue la primera transgénero en ganar una medalla de oro, y Alana Smith, una persona del género no binario que participó por Estados Unidos en la disciplina de Skateboarding femenino. Sólo que no es este el caso de Imane Khelif ni de Lin Yu Ting, pues no son transgéneros como tal, pero tampoco son mujeres de nacimiento. Son hombres, en realidad, a los que de niños los mismos médicos y la misma familia percibieron como mujeres, clasificándolos en el sexo contrario al de su naturaleza a raíz de una malformación genética que no supieron entender.

    Pero qué otra cosa se puede esperar de los Juegos Olímpicos más woke de la Historia y de una sociedad ideologizada hasta la médula con el falso precepto de la inclusión. Los juegos de la degeneración olímpica, deberían llamarse, en los cuales se blasfema de una religión y se aceptan deportistas con un pasado de pedofilia, como el caso del voleibolista del equipo holandés, y a hombres golpeando a las mujeres bajo el pretexto de celebrar la diversidad, como el caso de Khelif y Lin Yu Ting en la modalidad de boxeo, aun en contra de la opinión de las asociaciones mundiales de todos los deportes que habían excluido a los hombres de las competencias femeninas. 

    Al contrario, las olimpiadas incluyeron a hombres en las categorías de las mujeres, en disciplinas como levantamiento de pesas, natación, fútbol, skate, entre otras, en las cuales no existe el contacto, o el contacto es regulado. Aquí, directamente, les obligan a partirse la madre, porque eso es el boxeo, que ya de por sí resulta un deporte salvaje para ser practicado entre hombres, no digamos lo que es entonces ver a hombres golpeando y haciendo sangrar mujeres si se continúa esta tendencia de meter el transexualismo hasta en los deportes en donde la diferencia entre el hombre y la mujer se hace más evidente.




    Incluso, si se aceptan las malformaciones genéticas que dan ventaja en fuerza y habilidad debido a los altos niveles de testosterona en la persona (hombre) que las padece, vamos a conseguir que el próximo deporte olímpico sea el de partirle la cara a una mujer. ¿Se imaginan lo que viene para Los Ángeles 2028?

    Hoy en día, basta con decir “soy mujer”, y el demonio de la falsa diversidad que detesta a la mujer, pues según la mitología cristiana por ella fue puesto en evidencia, se relame los labios para decir “bienvenido, puedes competir contra otras mujeres y hacerlas papilla”. No es necesario siquiera parecer mujer, sentirte mujer, actuar como mujer. Tan sólo basta decirlo, porque en este mundo trastornado basta cambiar el lenguaje para cambiar la realidad.

    Así las cosas, llegará el día en el que el triunfo en los deportes femeninos estará comandado exclusivamente por hombres que se creen mujeres o se hacen pasar por ellas, dando por resultado el triunfo definitivo del patriarcado que tanto dicen combatir los fieles de la religión progre, y así dinamitar todo criterio de competencia en donde la mujer tenga una participación distintiva: deportes femeninos, reinados de belleza, desfiles, capacitaciones para emprendedoras, cargos directivos para mujeres, ascensos, programas para madres y mujeres cabezas de hogar, talleres de formación, etc. Será la extinción definitiva de la mujer, y con ella la de la humanidad, pues sólo a este magnífico ser se le concedió la facultad de dar a luz y albergar la simiente de la especie humana. Sin ella no hay procreación, no hay hogar, no hay familia, y ningún hombre podrá reemplazar su rol natural por más que se autoperciba lo contrario.

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[1] Elizabeth Boskey, PHD. (7 de diciembre de 2022). ¿Qué es la deficiencia de 5-alfa reductasa? Medsalud.

https://medsalud.org/que-es-la-deficiencia-de-5-alfa-reductasa/ 

[2] Los datos médicos y las explicaciones científicas de este informe se basan en la video-conferencia del canal de Youtube del Dr. Pablo Muñoz Iturrieta, especialista en el tema. (5 de agosto de 2024). ¿Un hombre ganará la medalla de oro de mujeres en los juegos olímpicos?

www.youtube.com/live/pGMc1alptpU?si=mOOfwYig7MJCblDm

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