miércoles, 14 de agosto de 2024

Ese ahorrito se perdió

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Imagínese, estimado lector, que usted tiene un amigo en el que confía mucho y que sabe bastante de inversiones, y por ende decide entregarle una suma X de dinero para que se la administre y le reporte alguna mínima utilidad mientras decide qué va a hacer con esa cantidad cuando sea el tiempo del retiro, o cuando una urgencia apremiante lo haga requerir del monto que su amigo le administra.

     Imagínese que cuando usted le pida la plata a su amigo, porque esa es su voluntad y porque tiene la libertad de hacerlo en el momento en el que usted quiera hacerlo, este le diga que no se la puede devolver completa, o que incluso ha perdido parte de esa pequeña fortuna porque apareció un tipo de mala estirpe, el ladrón del barrio, que además es un embaucador y tiene fama de matón, y que lo ha obligado a que le entregue su dinero para usarlo como a él le dé la gana sin garantizar que se lo retorne con el respectivo pago de intereses, o incluso arriesgando a que usted no vuelva a ver su capital jamás en la vida, porque ya se sabe que no se puede confiar en la palabra de un bandido.

     ¿Qué podría decirle usted al amigo que ha sido el depositario inicial de su dinero, en el que ha confiado siempre porque lo ha considerado un tipo correcto? Pues que así las cosas, ya no hay trato. Que lo mejor es que él le devuelva sus ahorros y que cada uno siga por su lado. Su amigo, sin embargo, le va a contestar lo siguiente:

     —Hombre, es que no me has entendido. Je, je…. Cómo te dijera… Aquí mi patrón, el que estás viendo con esos escoltas armados hasta los dientes, me ha solicitado tu dinero porque tiene unos asunticos en los cuales invertir. Cuando él me lo devuelva, pues ahí podríamos hablar vos y yo, a ver qué podemos hacer. Por el momento toca dárselo y esperar, je, je...

     —De ninguna manera, socio —responderá usted con fulgurante indignación—, yo a usted le entregué mi plata y usted me la devuelve completa en este mismo instante.

     Pero su amigo, que por conveniencia y por miedo debe tener buenas relaciones con el poderoso capo que ha tomado su dinero, le responderá con algo de vergüenza y algo de cinismo:

     —Hombre, yo hice lo que pude, pero tengo las manos amarradas. Si querés yo te llamo al patrón para que te entendás con él directamente.

    Entonces hará una seña para que el forajido, que espera en la silla de atrás de una camioneta blindada, baje el vidrio polarizado de la ventanilla y les pida que se acerquen a pesar de que usted claramente le ha dicho a su amigo que no quiere conocer a nadie ni meterse en líos. Usted tendrá que ir con su amigo a encarar al bandido porque no quedará de otra, y así, en un tono amable y sugestivo, a usted le dejarán las cosas claras.

     —Este es el cliente del que le hablé, patrón —le dirá su amigo al pistolero matachín.

     —Mucho gusto —lo saludará usted no queriendo la cosa, y apenas intente hablar, una voz autoritaria y mañosa le responderá con mucha sutileza.

     —Vea, mijo, no se busque más problemas y quédese calladito. Entienda que ese ahorrito se perdió.

     ¿Qué haría usted si eso sucede? ¿Enfrentaría al mafioso a pesar de que no está en igualdad de condiciones? ¿Le retiraría la amistad a su amigo en quien tanto confió por haberlo traicionado? ¿Iría a la Policía sabiendo que ya ha sido cooptada completamente por el peligroso delincuente?




     Pues bien, estimado ahorrador. Prepárese, porque una escena muy parecida vamos a tener que vivir todos los colombianos que tenemos una cuenta bancaria cuando se apruebe un proyecto de ley en el Congreso con el nombre de “Inversiones Forzosas”, propuesto por el presidente Gustavo Petro, que consiste, según palabras del mismo mandatario, en “sacar del ahorro público, que está quieto en los bancos, un porcentaje para destinarlo como crédito barato con costo financiero pequeño a las actividades de la producción”, y en “llevar parte de ese ahorro público a Bancoldex, Banco Agrario, Finagro o al Fondo Nacional del Ahorro para traducirlo hacia los sectores de la producción industriales, agrarios, de vivienda y de turismo”.

     Haciendo la analogía, usted es el ahorrador inicial; su amigo, en quien confió, es el banco en el que tiene su dinero; y el pillo armado es el gobierno que ha decidido utilizar su ahorro como le parezca, sin garantizar que la inversión que haga sea rentable, porque no sabemos hasta qué punto ese hampón, perdón, ese gobierno, esté en capacidad de devolverle el dinero al ahorrador a través del banco, el cual podría lavarse las manos con una facilidad pasmosa.

     Si todavía no entendemos cómo funcionaría esa “Ley de Inversiones Forzosas”, traduzcamos esa palabra como la apropiación del ahorro privado de los colombianos por parte del gobierno para dilapidarlo en los lujos que sólo el presidente, sus áulicos y sus lamebotas van a disfrutar. Derroche, viajes, contratos, burocracia, vida sabrosa, como les gusta a ellos.

     Porque aquí no hay lugar para las mentiras: las inversiones forzosas son “el inicio del concepto de expropiación de los ahorros para que se constituyan en el cajero automático del gobierno”, de eso no nos quede duda. Y aunque esta opinión haya sido dicha por un expresidente, yo creo que tiene razón: suficientes razones tenemos para sospechar que esa será otra platica que se van a feriar en las altas esferas del poder.




     Un especialista en el tema, el director ejecutivo del Instituto de Ciencia Política (ICP), Carlos Augusto Chacón, nos dice que las inversiones forzosas no sirven: “el ahorro de los particulares se politiza al obligar a los bancos a invertir en los sectores que el gobierno determine”. Esto, como es lógico, crearía un escenario de dependencia de los sectores “favorecidos” en relación con el gobierno. Al depender exclusivamente de la inyección de capital que va a suministrar el Estado, se generará una inflación a largo plazo sin precedentes, porque la inversión privada, que es la que sostiene la dinámica económica, se reduce a sus mínimos, y eso no permitirá que la economía se reactive como piensa el gobierno, sino que por el contrario se contraiga. La incertidumbre aumentaría el riesgo económico del país, trayendo como consecuencia más desinversión, mas desempleo, más pobreza.

     Para los entendidos en economía, esto es volver a las políticas keynesianas de los años treinta del siglo pasado, que consistieron en el aumento del gasto público por parte del Estado para levantar la economía: el resultado de esto se vio poco después en Europa, cuando el aparato productivo se cayó por completo en países como Alemania, en donde sobrevino la hambruna, la miseria, y el consecuente fanatismo nacionalista de un loco que culpó a los que no tenían culpa, y todo desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

     No hay que olvidarse de que el progreso de una nación es el ahorro. Si hay algo que un socialista no quiere, es que la gente tenga recursos a futuro con qué solventar sus emergencias, pues la premisa de estos enfermos es el empobrecimiento general.

     Todos los países que han aplicado políticas keynesianas como la que propone Petro han terminado en crisis inflacionarias de gran magnitud. El caso más patético es Argentina, en donde el kirchnerismo llevó a la devaluación de su moneda en forma vulgar. Lo más afrentoso de la propuesta es que a Petro ya no le basta proponer un modelo para quebrar la economía de la nación, sino que seamos nosotros mismos, los que tenemos algún pesito en el banco, los que le financiemos ese modelo de quiebra.




     Pero el embeleco de las “inversiones forzosas” no es algo nuevo. Ya se han realizado en otros gobiernos, siempre con lamentables resultados. El motivo de la angustia es que se van a hacer utilizando los ahorros de los colombianos, por una parte, y porque quien lo va a hacer se llama Gustavo Petro, un nombre que causa escozor si se trata de quien va a manejar nuestros ahorros. La primera razón es clave: los ahorros no se tocan, son propiedad privada y ya bastante tiene el ciudadano de a pie con tener que morder sus reservas para poder sobrevivir, y que parte de estas se vayan en pagar impuestos y costos bancarios, como para que ahora lo pongan a cargar una cruz llamada “inversiones forzosas”.

     La segunda razón para la negativa es todavía más justificada cuando uno sabe que detrás de esta propuesta está el gobierno más corrupto de la historia de Colombia, los que más han robado, los pillos más pillos, y esos son los que nos quieren manejar la plata. Más bien los que se la van a robar. Ninguno de los funcionarios actuales es de fiar.

     Nada más miremos quién es el ministro de Hacienda, el señor Bonilla, que está involucrado en el entramado de corrupción de la UNGRD, en donde se robaron más de un billón de pesos. ¿No fue este el mismo ministro que ordenó pagar la nómina de los funcionarios de su cartera dos, tres, y hasta ocho veces “erróneamente”? A propósito, nunca se supo si los funcionarios extra remunerados devolvieron el premio que no se habían ganado. 

     Sólo es ver cómo este gobierno se ha caracterizado por el derroche, el aumento del tamaño del Estado, la compra de conciencias, el robo a manos llenas, la dilapidación del erario, la financiación de delincuentes. Es un gobierno de delincuentes patrocinando a otros delincuentes. ¿No son estas suficientes razones para poner el grito en el cielo y decirle a Petro “con mi plata no se meta”?




     Definitivamente el ahorro es sagrado. Es una propiedad privada individual o familiar, producto del esfuerzo y las carencias que cada uno tuvo que soportar para adquirirla, y no tiene por qué constituir parte de un colectivo, porque de ninguna manera es un bien público.

     ¿Por qué, entonces, de un día para otro al cabecilla de la Casa de Nariño le dio por meter sus mugrosas manos en lo que el ciudadano de bien ha podido ahorrar, incluso pagando impuestos sobre ese ahorro?

     Porque eso de nacionalizar las pensiones, estatizar la salud, y ahora socializar el ahorro es propio de los sistemas autoritarios y dictatoriales en donde prima el control total de los medios de producción, la economía central planificada, la supresión de las libertades y la pauperización prolongada en el tiempo. Palabras más, palabras menos, socialismo puro y duro.

     Y el socialismo es un sistema voraz que lo depreda todo. Por eso al gobierno del cabecilla de la Casa de Nariño no le alcanza la plata de la Reforma Tributaria, ni la que va a recoger cuando se apodere de los ahorros pensionales, ni la que recogió con el desmonte del subsidio a los combustibles, ni toda la plata del mundo, porque es un socialista, y el socialismo es insaciable. No descansa hasta no ver al último de los mortales bajo su dominio con los bolsillos arrasados y clamando por una bolsa de comida al gobierno que lo arruinó.

     Churchill decía que el socialismo es tan rapaz, que si le das el desierto a los socialistas para que lo administren, en cinco años te lo devuelven sin arena.




     “Tranquilos, tranquilos”, dicen los petristas, “no armen escándalo, que esto no es una expropiación de los ahorros. Todos podemos seguir manteniendo nuestras cuentas bancarias. Es sólo un cambio en la dirección de las inversiones”. Es decir, ya no le estamos entregando nuestra plata al banco para que la administre, sino directamente al gobierno, que la manejará con la transparencia que lo caracteriza.

     ¿En dónde he escuchado esto antes? ¿Acaso en la reforma a la salud, en donde ya no serán las EPS’s privadas sino el gobierno el que se encargará de “proveernos” el servicio? ¿Acaso en la reforma pensional, en donde las pensiones serán nacionalizadas y metidas a un fondo común para que el gobierno meta la mano y comience la repartija?

     Claro, es que no hay que olvidar que este es el inicio de un régimen en donde el individuo no tiene derecho a mayor cosa, porque “todo es de todos”, o más bien, “lo de todos no es de nadie más que del Estado”.

     De esta manera nadie tendrá que preocuparse por cómo manejar su ahorro y en qué invertirlo: papá Estado se encargará de hacerlo por nosotros. Él sabe mucho más de estas cosas que cualquiera, pensando siempre en el beneficio social.

     “Hombre, que no es una expropiación”, insisten los mismos socialistas, “no cause terror con eso”, me dirán, pero lo estamos advirtiendo desde ahora: la expropiación al ahorro nunca será tan descarada y de frente como la que nos van a hacer. Al menos los otros gobiernos, que tampoco se salvan de la herida propiciada al patrimonio, disimulaban con impuestos como el 4 x mil, leyes sobre cuotas de manejo permitidas a los bancos, cobros de comisiones, cláusulas de letra chica en donde le mordían a uno la platica de la cuenta, pero esto ya es “la tapa”, como se dice en mi país. La tapa del robo que a todas luces no tiene tapa.




     “Que no, que no, que el Congreso jamás permitirá que se apruebe una ley así”, insisten los más escépticos, que fueron los mismos que nos dijeron que Petro nunca llegaría al poder que porque las instituciones en Colombia son muy fuertes. Pero ya sabemos que el Congreso es una feria, una subasta donde se compra y se vende al por mayor, que el tipo tiene mayoría y que le van a aprobar todo lo que diga.

     Sabemos bien el trasfondo de estas inversiones forzosas. No están preocupados por invertir para el desarrollo del país. Ya uno conoce cómo son las cosas con este desgobierno. Aquí sólo se necesita plata a dos manos, no importa cómo, para dar y convidar, porque están pensando en la reelección. Toca ir comprando los votos, ir pagando la publicidad de la campaña. Politiquería, que es lo que los socialistas saben hacer.

     Así pues, nuestros ahorros se irán en el soborno a los congresistas, en la nómina de los asesores y los burócratas, en el sueldo de los bodegueros como los que ya conocemos en redes sociales para que sigan hablando en favor de Petro, inventándose datos y moviendo la línea ética, que es su especialidad.

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