“Soy un escritor irrefrenable, soy un genio”, pensó Rupertino Díaz a las cuatro de la mañana de aquel domingo 2 de junio, cuando estaba guardando en su computador personal el borrador de la columna que acababa de escribir y que publicaría en su ignoto blog al día siguiente.
“Definitivamente tengo madera de columnista y nadie ni nada podrá detenerme en esta nueva empresa”, se ufanó mientras el documento de Word le indicaba “guardando columna 2 de junio…”, pues aún no titulaba el artículo en ciernes: todo sería cuestión de que al día siguiente, cuando hubiera dormido y descansado bien, la inspiración le disparara un título sorprendente para ese escrito que, según él, no tendría nada que envidiarle al mejor columnista de opinión (según el establecimiento periodístico) de Colombia; pongamos por caso un Daniel Samper Pizano, un Ricardo Silva, un Héctor Abad , un William Ospina, un Constaín, etc.
Lo cierto es que aquel amanecer de domingo, Rupertino estaba eufórico, pletórico, henchido de orgullo por su intelecto escritural como cada vez que lograba redactar cualquier párrafo mediocre que él consideraba la panacea de la literatura. “Esta carrera al mundo de las letras no hay quien la detenga”, se repitió otra vez mientras cerraba el portátil, más que satisfecho por lo trabajado y con el cansancio en los ojos. A las once de la mañana se levantaría de nuevo, encendería su dispositivo y le lanzaría al mundo su obra por medio de un blog que escasamente conocía su mamá y que nadie, absolutamente nadie, estaba interesado por revisar, pues cuando Rupertino soltó la bomba de que era un columnista de opinión consagrado bastó que sus pocos amigos leyeran una o dos cosas de lo que había subido al internet para darse cuenta de que allí no afloraba el más mínimo talento ni había nada de especial. Lo que hacía Rupertino bien lo podía hacer cualquiera con mejores resultados. De hecho, de opinadores ya estaba lleno el mundo en las redes sociales, incluso con apoyos audiovisuales y efectos especiales que los hacían más atractivos que una simple columna de opinión, como si para eso no existieran los periodistas de verdad.
Pero Rupertino se sentía único, original, especial. Soñó que sus columnas de opinión, sus cuentos, sus divagaciones y sus reflexiones solitarias eran luz para la humanidad, y que todos lo referenciaban como la eminencia a la que había que consultarle sobre los temas políticos y sobre la vida misma. ¿Que si hay una polémica por alguna situación que surgió en el mundo de las artes, la cultura, la geopolìtica y las humanidades? Pues que le pregunten al escritor, filósofo y pensador Rupertino Díaz, la cabeza más brillante de Colombia y el que ha influenciado a jóvenes y adultos para tener una vida mejor y tomar mejores decisiones. ¿Qué si hay que hacer un programa de televisión, un debate o un streaming en cualquier canal de Youtube en donde se toquen temas sociales, políticos y hasta religiosos? Pues ahí está, que inviten al experto Rupertino Díaz, quien es la figura prominente que más se acerca a la verdad.
Eso soñaba, profunda y celosamente dormido, dueño de su fantasía intelectual. Se soñó en un panel televisivo poniendo en su sitio a un par de progresistas necios que defendían la supremacía del animal sobre el maléfico ser humano, y se arreciaban puntos de vista de un lado a otro hasta que el debate se puso caliente. Los asistentes aplaudían al doctor Rupertino Díaz a rabiar cada que destrozaba con argumentos afilados a sus oponentes y los dejaba en vergüenza. La muchedumbre gritaba su nombre y lo ensalzaba, y fue entonces cuando los zurdos hijos del wokismo estallaron por la humillación que les estaba haciendo pasar aquel sabio; chillaron como monos a los que les quitan una banana y agarraron las lámparas de escenografía del set para aventarlas al público, y luego tiraron las cámaras, los trípodes, las consolas, arrancaron los cables que vieron por ahí esparcidos y provocaron un cortocircuito que dio inicio a una conflagración en el estudio y se extendió por todo el plató de grabación, mientras en medio del calor y las llamas la gente aplaudía y ovacionaba el nombre de “Rupertino” sin importar que el fuego los consumiera, puesto que lo más importante era corear su nombre: ¡Rupertino! ¡Rupertino! ¡Rupertino!, y este era sacado y protegido por los agentes especiales de seguridad que el Servicio Secreto, tal vez, le había asignado a raíz de las amenazas contra su vida por parte del espectro del progresismo. Los panelistas zurdos que ocasionaron el desastre fueron alcanzados por las llamas, y al tiempo que se consumían en su rabia y se incineraban más por el ardor de su violencia que por la explosión que habían provocado, gritaban también el nombre de su oponente en una incitación a la venganza y la muerte: ¡Rupertinooo!, ¡Rupertinooo….! ¡Pagarás por esto!
⸺¡Rupertino!, ¡Rupertino! ⸺escuchó el quimérico hombre en medio del calor sofocante de una mañana que apenas iniciaba. No se quiso mover, obstinado en terminar la historia de su sueño, pero la voz seguía llamando con angustia.
⸺¡Rupertino, salga, salga que se prendió este apartamento!
Era la voz de su madre que lo llamaba con desespero mientras iba por un extintor para apagar un incendio que al parecer se había generado en el punto del aire acondicionado, posiblemente por una sobrecarga.
⸺¡Salga, Rupertino!
⸺¿Qué pasa? ⸺se despertó tremendamente asustado, como activado por un resorte y sin tiempo para analizar la situación. Salió corriendo hasta la puerta sin ponerse las chanclas ni los zapatos, sin agarrar sus anteojos, sin llevar su celular para pedir auxilio, sin acordarse de llevar su billetera con sus documentos personales, su pasaporte, sus tarjetas del banco, su licencia de conducir, su cédula de ciudadanía, y mucho menos acató a rescatar su ordenador personal, que estaba a un lado del aire acondicionado, porque lo único que vio Rupertino al salir fue una inmensa bola de fuego en el ventanal, rodeando el aire y adentrándose en el apartamento, a punto de devorarlo todo. Del susto llegó hasta las escaleras para bajar a la entrada, olvidándose de su portátil, sus historias, sus anhelos de gloria intelectual, y hasta de su madre, que lo único que le ordenó fue que corriera como nunca en su vida, que saliera, que se salvara. Y Rupertino corrió como si fuera Forest Gump hasta hallarse en la esquina del apartamento mientras los vecinos preguntaban qué sucedía, y él tratando de explicar que el aire acondicionado se había prendido, pero su madre que venía detrás le decía “no diga nada que no sabemos”. El dueño del edificio, que en ese momento entraba a alertarlos a todos, apenas pudo golpear las puertas de los otros apartamentos para que los residentes evacuaran. Cerró la puerta del apartamento en llamas y se resignó a su suerte, y dijo “the fucking barbecue”, porque él sí sabía qué había ocasionado el incendio. Luego todo el mundo hallándose escandalizado afuera del edificio mientras esperaban los bomberos, y Rupertino a cuadra y media pálido y acobardado deseando que eso fuera una pesadilla y que la verdadera realidad fuera su heroico combate contra los progresistas en el estudio de televisión; acordándose luego del computador, de sus escritos, de los apuntes a mano para su libro, de las consultas que había realizado y que guardaba a un lado del ordenador, del material bibliográfico subrayado, de los discos duros en donde tenía unas fotografías digitales de inmenso valor histórico, de todos los libros que le iban a servir como fuente para escribir su propio libro, de las estadísticas que llevaba y la cantidad de hojas escritas de su puño y letra que eran el sustento de su obra, de todo lo extractado durante tres o cuatro años de investigación, de las memorias USB donde tenía las copias de sus archivos que en ese momento debían estar ardiendo junto con el disco duro del computador.
Se acordó de todos sus sueños que en ese instante se volvían ceniza, pues tanto la información digital como la escrita a mano se pulverizaron en un mar de destrucción, y Rupertino no podría volver a recuperar jamás aquellos datos, aquellas fuentes, aquellos apuntes pasados en limpio una y otra vez, porque para eso tendría que volver a nacer de nuevo en el año en que nació.
Ahí sí rogó que la mano de Dios todopoderoso apagara las llamas. Los bomberos nada que llegaban y esas infernales llamas comenzaban a devorar el tercer apartamento y la casa de atrás, mientras los vecinos salían asustados y temblorosos pidiendo la intervención de esos héroes con cascos y mangueras, porque estaban en un país donde los bomberos supuestamente eran efectivos y estaban bien financiados, y no tenían que vivir de hacer rifas. Entonces ahí sí todos se acordarían de esos hombres que arriesgan sus vidas por otros, y nadie habría querido rechazar sus boletas y les habrían comprado hasta tres o más bonos con tal de que llegaran y les salvaran sus pertenencias del incendio. Pero no, porque aquello era Nueva York, la ciudad en la que los bomberos tenían más trabajo y no había por qué dudar de su respuesta, y todo eso pensó Rupertino cuando aparecieron los primeros carros haciendo ulular su sirena, y fueron llegando uno a uno hasta sumar alrededor de 80 miembros que entraban con sus mangueras destruyendo todo a su paso y compitiendo con las lenguas de fuego en una labor igualmente destructiva pero necesaria, porque lo que no destruyó el fuego lo destruyó el agua, y así tenía que ser.
Más de hora y media tardaron en apagar el incendio, y fue tiempo suficiente para que el apartamento en donde estaban viviendo Rupertino y su madre se convirtiera en una ruina total. Ninguna de sus pertenencias logró salvarse, excepto los tenis que este dejaba en la puerta de entrada para no ensuciar la alfombra y que aparecieron cubiertos de hollín. Excepto, también, lo que tenía puesto: una camiseta de dormir con más agujeros que un colador, una pantaloneta para hacer ejercicio y un par de medias que bien habrían podido romperse con el trajín de la carrera para no admitir que Rupertino ya las venía usando así desde hacía tiempo. Nada más, porque ni siquiera los pantaloncillos pudo salvaguardar, pues a veces Rupertino solía dormir sin ropa interior, como aquella vez.
⸺Quedamos en la calle ⸺le dijo a su madre cuando por fin los bomberos lograron detener la conflagración y pudieron ingresar a lo que quedó de apartamento. Todo reposaba bajo la pavesa revuelta con trozos de madera quemados, escombros y clavos diseminados, y un olor penetrante a corto circuito que no permitía respirar con libertad. El aire aún estaba caliente y la humareda no terminaba de disolverse. Por el momento no hubo nada por rescatar.
⸺Pero estamos vivos y salvo ⸺le respondió ella para que su hijo fuera consciente de que las cosas habían podido ser mucho peor.
⸺Se quemó todo, no tenemos nada ⸺insistió Rupertino.
⸺Nos tenemos el uno al otro.
En realidad, habían quedado, de momento, en condición de indigencia: sin dinero, sin ropa, sin comida y sin casa. La brigada de la Cruz Roja que acudió al lugar no tardó en auxiliar a todos los damnificados, que eran los habitantes de por lo menos cinco residencias, dándoles una ayuda para que tuvieran con qué comprar algo de comida y de ropa. Se abría allí un nuevo caso por calamidad doméstica, tanto para ellos como para los vecinos afectados por el incendio.
Días después, Rupertino y su madre fueron asignados a un albergue de mala muerte en las afueras de Nueva York que no quisieron aceptar, no tanto por vanidad, como por salubridad, seguridad y bienestar emocional. Era un cuchitril triste con dos camastros cuyas paredes habrían podido ser testigos de quién sabe cuántas tropelías y degradaciones. Apenas entraron sintieron la energía que se siente en los sitios donde han matado gente y salieron despavoridos. Lograron después encontrar una habitación decente en un vecindario decente dentro de lo que se puede encontrar en una ciudad tomada por la indecencia y continuaron la vida como si nada, como si todo fuera parte del diario vivir, porque los incendios son tan cotidianos en Nueva York como los aguaceros en la Pereira natal de Rupertino.
Ahora Rupertino Díaz anda con ajuar y tenis nuevos, gracias a todas las ayudas que vinieron de parte de las donaciones de la Cruz roja, del dueño del apartamento, del jefe noble que tanto apreciaba a la madre de Rupertino por ser buena trabajadora, de las valiosas y antiguas amistades que ella conservaba, de la generosidad de la familia, de los allegados y conocidos. Si no hubiera sido por esto, si Rupertino hubiese estado solo, difícilmente habría podido retomar su vida anterior, teniendo en cuenta que él siempre ha sido un hombre de pocos amigos y pocas simpatías hacia la gente. Su torpeza social lo ha hecho un hombre taimado y huidizo, carente de aquel magnetismo personal que se necesita para triunfar en la vida, o al menos para ser feliz, como lo es su madre, agradecida y regocijada con el mundo.
Pero la vida le dio una lección a Rupertino, y es que más vale conservar los lazos sociales y familiares que ser reconocido como un hombre sabio y eminente. Más vale tener amigos que admiradores. Mejor ser querido que admirado, porque a nadie se admira tanto como a alguien por quien se siente afecto. Porque fue mucho más fácil para él y para su madre retomar su vida después del incendio que si nadie les hubiera dado la mano, y por eso se encuentran tan agradecidos con todo el mundo.
Rupertino no sabe si la experiencia del incendio lo cambió, pero ahora que ya tiene computador nuevo, mejor ropa que la que tenía antes, medias y calzoncillos por racimadas, zapatos de moda, y mucho más de lo que uno requiere para vivir en este mundo consumista, ha entendido que no son necesarias tantas cosas; que con pocos objetos personales se puede estar medianamente bien, que no hay que comprar todo lo que el mercado ofrezca ni antojarse de llevar la vida que llevan los otros. Que basta con unas pocas camisetas, un par de bluyines, el mismo saco para el frío, unos zapatos resistentes al camino y lo que se pueda echar en una maleta liviana que se cargue sin mucha dificultad, porque es mejor ir ligero de equipaje si de todas maneras todos vamos a terminar el viaje en el mismo destino y nuestras pertenencias quedarán por ahí diseminadas en manos de los otros o tragadas por los fuegos fatuos.
Hoy en día le sobra todo, pero le escasean las ganas de ser escritor. Ya no quiere empezar de cero otra vez, como tantas veces ha tenido que empezar en su empeño de escribir. No se siente con arrestos para retomar el camino ambicioso que se había trazado con miras a ser un hombre célebre, influyente, interesante. Le da lo mismo lo que piensen de él, porque sabe que por más que se esfuerce, por más ahínco que le ponga nuevamente a su quimérica ilusión de ser un tipo respetado en el gremio de la literatura, nunca tendrá el nivel de los que verdaderamente son grandes: le falta disciplina, talento, convicción. No está llamado a inscribir su nombre en la Historia porque en el fondo es un sujeto minúsculo, pusilánime, sin capacidad de sacrificio. Tal vez su misión es la de ser un hombre normal, como el 99% de los hombres del planeta. Eso lo sabe bien. No tendría por qué ser de otro modo. Él, que se decía para sus adentros que tenía madera para escribir y que nadie le cortaría el vuelo, se vio obligado a aterrizar sus ilusiones a raíz de un incendio: el incendio fue la excusa, porque en realidad Rupertino nunca ha hecho nada para perseguir sus sueños.







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