domingo, 11 de agosto de 2024

Bergoglio y la ONU: cómplices sinvergüenzas para robustecer la dictadura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     ¿Habrá alguien en el mundo —cuya opinión sea considerada altamente influyente— que todavía piense que en Venezuela existe la democracia? ¿Habrá, aparte de los imbéciles chavistas, personas tan cerradas, tan serviles al mal, tan cobardes o descorazonadas que crean que el dictador caribeño de Venezuela ganó las elecciones limpiamente? Yo les doy dos ejemplos de esta clase de cobardía.

     El primero de ellos se llama Jorge Bergoglio y se hace llamar Papa Francisco. Supuestamente es el representante de los fieles católicos en la Tierra, pero cada vez más se parece a esos católicos tibios a los que por no comprometerse se vuelven ambiguos en sus respuestas y se quedan en el lugar común de la corrección política. Bergoglio es así: un viejo alcahueta de los regímenes dictatoriales de las izquierdas a los que no se atreve a condenar.

     Ahora resulta que la jerarquía de la Iglesia católica debe ser muy imparcial y no tiene por qué tomar partido en las huestes de la política cuando toda su vida lo ha hecho, y hasta en una época fue quien decretó la política.

     Sólo que Bergoglio, al que no me referiré aquí como “papa”, porque no me representa, es otro tibio más de los que serán vomitados de acuerdo al Evangelio: no toma partido por un pueblo ultrajado, no intercede ante unos ciudadanos secuestrados por una dictadura comunista, y por tanto atea. Quiere quedar bien con el diablo, pero está quedando mal con Dios. Sus declaraciones no pueden ser más desangeladas:

  "Hago un sincero llamado a todas las partes para que busquen la verdad, actúen con moderación, eviten cualquier tipo de violencia, resuelvan las controversias mediante el diálogo, tengan en cuenta el verdadero bien del pueblo y no los intereses partidistas".


 



     ¿De verdad, Bergoglio? ¿De verdad piensa que lo de Venezuela es una simple controversia que se puede resolver mediante el diálogo? Con razón cada vez más fieles están huyendo del catolicismo decepcionados de la abulia espiritual en la que ha caído el líder de su iglesia. Con razón la gente ya no quiere ni ir a misa, cansados con el cuento ese de que al enemigo hay que darle la mano, perdonarlo y hasta quererlo, aunque nos siga destruyendo la vida.

     Porque una afrenta personal se perdona, así como Jesucristo nos ha enseñado a perdonar a los que nos ofenden. Él mismo ha perdonado a sus ofensores. Pero una ofensa política, una trasgresión contra todo un pueblo, toda una iglesia, todo un cuerpo sagrado compuesto por personas inocentes, antes bien debe ser combatida.

     Porque una cosa es el enemigo personal y otra cosa el enemigo de Dios. Al enemigo personal se le perdona si es del caso; se le concede una oportunidad de enmendar sus errores, mas no de volvernos a ofender. Al enemigo de Dios, en cambio, se le declara la guerra, como tantas veces Dios hizo en el Antiguo Testamento. Con este tipo de enemigo no se puede conciliar ni negociar, ni sentarse a pactar lo sagrado. En este sentido Dios no admite tibiezas, porque ese enemigo es el mismo “que es llamado diablo y Satanás que está engañando a toda la tierra habitada.” (1 Juan 5:19). Ese es el real adversario contra el que hay que desplegar todas las fuerzas.

     Ese adversario es el que está enquistado en la mentalidad del régimen chavista en Venezuela, pero Bergoglio no lo quiere ver así. Para él esto es tan solo un asunto de política. No quiere reconocer que en este país hace rato hay un enemigo encumbrado que representa al enemigo de Dios. No se compromete, no es capaz de decir que Venezuela es una dictadura, tal vez porque está hablando más como el líder de un Estado político que como un líder espiritual, igual que hizo en 2017, cuando con sus declaraciones orientadas a resolver los problemas pacíficamente le dio aire a la dictadura. Hoy vuelve a darle ese aire, como en una especie de respiración boca a boca.




     Diferente fue el caso de Juan Pablo II, que en su momento condenó el comunismo y enfiló todas sus baterías hacia ese nefasto sistema que hoy retorna con el disfraz del progresismo. Pero esos eran otros tiempos y otros papas.

     El de ahora parece más un monigote de unos poderes que ayudaron a ponerlo en ese trono y contra los cuales no puede emitir ciertas declaraciones, aunque se muerda la lengua por hacerlo. No me cabe duda de que Francisco es el papa de la progresía. ¿Será el papa negro del que hablaban las profecías de Nostradamus? No lo creo, pero sí es un papa bien funcional a una élite de poder que lo necesita allí para que siga haciendo llamados generales a la paz con los enemigos de Dios y emita sus opiniones “imparciales” y generales sin comprometerse demasiado.

     Y es que el verdadero pueblo del que Bergoglio habló durante la oración del Angelus el pasado 4 de agosto es el que está oprimido por una dictadura sangrienta.

     Tampoco escuchamos a Bergoglio pronunciarse sobre la blasfemia que hicieron en la Inauguración de los juegos Olímpicos de la decadencia, como si la afrenta contra el cristianismo no fuera cosa suya. Debió haber salido tajante a rechazar la burla a La Última Cena, la alusión al satanismo que se hizo en esta ceremonia; el irrespeto a toda una civilización cristiana que debió haber alzado la voz a través de su supuesto representante.

     No sé si es que Bergoglio está cansado, enfermo, apático, pero se le nota que no quisiera estar ya en el Trono de San Pedro. Se le ve cada día más distante, más conciliador con el mal, más resignado al dejar hacer y dejar pasar. Ya no tiene ese espíritu combativo que lo caracterizó cuando habló hace algunos años contra el capitalismo, al que acusó de ser el responsable de toda la desgracia humana, ni se le ve tan fastidiado y contrariado como cuando recibió la visita de Donald Trump en el Vaticano, en aquellos tiempos en que el mundo quería (y todavía quiere) ver a Trump como el demonio. El papa no protesta, no pelea contra lo que está mostrando la cara del verdadero demonio, como la dictadura de Maduro o la ideología progresista y anticristiana de los Juegos Olímpicos, ambos promotores abiertos de la disolución familiar, la miseria moral y económica y la pederastia.




     Luego hay un ente que con su silencio otorga. No es una persona, sino toda una organización de países: la ONU.

     Está claro que la ONU sólo se preocupa de los “derechos humanos” cuando los gobiernos combaten a los delincuentes, porque la ONU, con todo desparpajo, toma partido por estos últimos. Naciones Unidas no es más que un puñado de burócratas de izquierda que nadie eligió, pero que se arrogan el derecho de establecer en cada país donde hay conflictos bélicos o de orden público lo que está bien y lo que está mal. La ONU recomienda aplicar unas u otras medidas según los intereses que se jueguen en el escenario. En el caso venezolano, como sus intereses son globalistas, prefieren guardar silencio y sacar la declaración escueta de que “se preserve la paz y la unidad” o de “respetar los derechos de todos los venezolanos a reunirse y protestar pacíficamente y a expresar sus opiniones libremente y sin miedo”. Eso es todo. El lugar común de la protesta pacífica otra vez, como cuando en Colombia equipararon el terrorismo de una toma guerrillera con una cívica y legítima protesta.

     A nadie engañan. Los ciudadanos venezolanos que salieron a protestar después del 28 de julio lo hicieron con un motivo legítimo: están hartos de un régimen que los tiene sumidos en la miseria. La ONU habla de otra controversia electoral, pero ni una palabra sobre el fraude. Por mucho menos sus agencias y ONG’s filiales condenaron en 2021 al gobierno de Duque en Colombia y lo hicieron ver como un gobierno autoritario. A Duque, que si algo no tuvo fueron pantalones para combatir el terrorismo de la tal Primera Línea promovida por el presidente actual.

     Pero la ONU tampoco toma partido contra la dictadura y no se atreve a llamar las cosas por su nombre. Habla de resolver las disputas pacíficamente, de que se garantice la transparencia de los resultados electorales cual si fuera el chiste del mes. ¿En serio la ONU piensa que la transparencia es una cualidad que Maduro y su lacra están tratando de preservar? ¿Por qué no dicen de una vez que apoyan el fraude del régimen y lo felicitan por haber logrado de forma tramposa el aval para sostenerse otros seis años en el poder?




     Porque hasta la fecha en que escribo este artículo van alrededor de 17 muertos y más de mil doscientos detenidos, muchos de ellos de los que no se tiene noticia en ningún centro de detención por parte de sus familiares. Están desaparecidos. Y no veo a la ONU hablando de tiranía, ni de genocidio, ni han enviado a los delegados de la CIDH a que levanten los informes de cómo los colectivos están masacrando y secuestrando a la población que no está con el régimen.

     Muy diferente a como trataron el asunto en Colombia, cuando esos mismos delegados acusaron a los cuerpos policiales de estar maltratando al pueblo.

     Con la diferencia de que en Venezuela no han quebrado un vidrio hasta ahora, ni han incendiado el transporte público, ni han cortado las vías a la fuerza, ni han ido a quemar las estaciones de policía con los policías adentro, ni se ha atentado contra otro bien público que no sean las estatuas de Chávez, que la mayor parte del pueblo aborrece y es justo que hagan rodar su cabeza. Salvo esta violencia simbólica, el pueblo que protesta no puede hacer otra cosa que repudiar el régimen.

     Si se usa la violencia para defenestrar al tirano, los izquierdosos de la ONU no deberían decir nada. Si no reconocen que en Venezuela hay una dictadura, es porque esa dictadura le es servil a los globalistas, y los globalistas son los verdaderos jefes de los socialistas.

     El papa Francisco en representación de la iglesia católica; y la ONU, en representación de la gobernanza mundial, son dos instituciones cuyas declaraciones sólo han servido para robustecer una dictadura de la cual, a mi forma de ver, son cómplices sinvergüenzas. ¿Cuánto habrá recibido el Banco del Vaticano de parte de Maduro? ¿Cuánto le debe Maduro al Banco Mundial? He ahí una buena razón para sus declaraciones desteñidas.


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