¿Por qué tendría que llamarse Rupertino si ya de por sí venía condenado con el sino de la soledad?
Un nombre como ese, en estos tiempos, es un síntoma que augura el fracaso. Con ese nombre no se puede ir muy lejos, no se pueden abrir muchas puertas, y eso lo sospechó Rupertino Díaz desde el instante en que tuvo conciencia de sí mismo.
¿En qué estarían pensando sus padres cuando decidieron bautizarlo de manera tan pintoresca, jocosa y hasta burlesca en una época en que todos los nacidos se llamaban Juan, Andrés, Camilo, Felipe o Sebastián? Con cualquiera de esos nombres hubiera combinado su apellido tan corriente, y él habría podido considerarse un hombre normal con un nombre normal: Felipe Díaz, Julián Díaz, Robinson Díaz, Luís Díaz; en fin. Hasta actor o futbolista hubiera podido ser.
Pero si Para Rupertino Díaz el nombre no debía significar otra cosa que la forma de uno ser reconocido en el mundo y punto, para la cultura cabalística el nombre significaba mucho, hasta el punto de que podría marcar el destino del portador. Es así como alguien que se llame Rupertino no puede tener sino un destino pesaroso, risible, lastimero. No podría ser, por ejemplo, un ganador de la vida.
¿Cuántos Rupertinos de éxito conocía él? ¿Cuántos tocayos suyos habrían restado importancia a su nombre y se habrían concentrado en lo esencial, que es la búsqueda de la felicidad sin fijarse en minucias?
A ninguno conocía, ni bueno ni malo, ni ganador ni perdedor. Ese nombre, bien escaso en los hombres del nuevo siglo, debería constituir un motivo para sentirse único, especial, bendecido. No para sentirse apenado, disminuido, opacado. Rupertino, que debía ser un sobreviviente entre todos los viejos Rupertinos a quienes les correspondió la suerte de llamarse así desde los tiempos de la Independencia y la época republicana, tendría que estar orgulloso de su denominación en la cédula, que a su vez era la misma denominación de su padre y de su abuelo.
El primero, Rupertino José Díaz Villegas, comerciante de la ciudad de Pereira, ya extinto a causa de una neumonía, fue su padre virtuoso para los negocios y para todos los menesteres de la vida. El segundo fue su abuelo, Rupertino de la Concepción Díaz Montoya, arriero y colonizador antioqueño de esta villa de Cañarte que apenas hace 160 años comenzó su vida administrativa. Fue este un patriarca de numerosa descendencia, forjado con el tesón bragado de la generación de antaño que ya se perdió y que nunca volverá. No tuvo la oportunidad de conocer el abuelo al último de los Rupertinos, a su nieto dubitativo tan distinto a él. Porque si algo caracterizó al abuelo fue la voluntad de no temerle a nada ni a nadie más que a Dios, pues era un hombre de fe. Y con la ayuda de Dios supo siempre para dónde iba. El nieto, en cambio, el sencillo Rupertino Díaz, sin más nombres, no sólo había llegado al mundo con el nombre equivocado, sino también con el destino equivocado, producto de la actitud equivocada.
Renegó de su nombre hasta que alguna vez buscó su significado, pero sólo apareció la variante genérica de la cual provenía el sufijo diminutivo Rupertino, que era el nombre de Ruperto. Ruperto: Nombre de origen germánico que viene de la palabra gloria. Significa ilustre, glorioso, “el que gobierna con gloria”; un buen nombre para aquellos que desean inspirar a otros.
Por esa razón nunca más se le pasó por la cabeza la idea de cambiarse el nombre. Podría no sonar muy apropiado, pero significaba algo muy grande. Además, si se lo cambiaba, eso hubiera sido como renegar de su padre y de su abuelo a la vez. Al uno lo recordaba con afecto y admiración, y al otro lo recordaba en los recuerdos de su padre, que le decía siempre “mi papá fue muy berraco para trabajar”, porque el modelo se repitió en el hijo, aunque no así en el nieto, con el cual se rompió la continuidad de la berraquera.
A Rupertino le tocaron otros tiempos llenos de mucha comodidad, lo cual le permitió vivir sin esforzarse demasiado, ya que sus ancestros habían despejado el camino para él. Por eso se daba el lujo de dormir hasta tan tarde, que en eso sí no tenía competencia.
A veces podían ser horas que se convertían en días sin despertar, y Rupertino dormía como un koala sin oficio, con la profundidad de un mar inexplorado, doce, trece o catorce horas de sueño ininterrumpido. Cuando se levantaba, Rupertino sólo quería un café, no para despertarse, como todos, sino para seguir durmiendo a pesar de que esto le quitaba el sueño. No importaba: para dormir no se necesitaba tener sueño, así como para comer no es necesario tener apetito. Para dormir en apariencia, porque Rupertino solo dormitaba en su cama. Lo único que tuvo desde que llegó a su adultez tardía, fue ganas de no levantarse.
Pero incluso con su nombre, su destino equívoco y su desidia por la vida, Rupertino tuvo una habilidad en la cual se sentía único. Nadie como él para recitar de memoria las alineaciones de los equipos campeones de la copa del mundo en toda su historia, desde 1930 hasta 2018, porque todavía estaba por aprenderse la del último mundial, que ya no quiso ver. Además del equipo campeón del mundial, no podía citar ninguna otra alineación, como por ejemplo la del subcampeón, o la de algún club de fútbol ganador de una Eurocopa, porque lo suyo era exclusivamente la copa del mundo. Tampoco podría recordar la calidad de los jugadores, ni la trayectoria que tuvieron. Sólo memorizaba los apellidos que formaron ese día en la cancha de juego y ya estaba. Una habilidad, por supuesto, que no servía para nada, pero Rupertino, amante de los mundiales de fútbol, se consideraba único en su especie si alguien le preguntaba, por ejemplo, con qué nómina salió campeón Francia en el mundial de 1998: “Barthez, Thuram, Leboeuf, Desailly, Lizarazu, Karembeu, Deschamps, Petit, Zidane, Djorkaeff, Guivarch”, respondía Rupertino, y enseguida agregaba “entraron Boghossian, Dugarry y Vieira para el segundo tiempo”.
Alguna vez, intentando sorprender a una mujer con la que salió a comer en una cita que pretendía ser romántica y resultó ser todo un fiasco, trató de engañarla diciéndole que sabía hablar italiano. “A ver, dime algo en italiano”, lo desafió la acompañante curiosa por escuchar el pintoresco idioma en la voz de Rupertino, quien comenzó a recitar de la siguiente manera con entonación cantora: “Combi-Allemandi-Monzeglio-Bertolini-Ferrari-Ferraris-Monti-Meazza-Guaitia-Orsi-Schiavo”. “¿Eso qué es?”, preguntó fastidiada, “ahí no está diciendo nada”. “Claro que sí”, dijo él, “te estoy haciendo una declaración de amor”. Era la nómina de la selección italiana campeona del mundial de 1934. La mujer no le creyó ni un ápice porque ella sí conocía el idioma de verdad, y con una frase contundente lo despachó para siempre y se marchó dejándole toda la cuenta al ridiculizado Rupertino: “vai a dire bugie a tua mama”.
“Podrá saber mucho italiano”, pensó él, “pero apuesto a que no sabe quién metió el gol de la final en Italia 90, ni cómo quedaron España-Holanda en 2010". Ni falta que le hacía a ella saber de mundiales, ni falta que le hacía a él saber conquistar a una mujer. Por eso siguió por el mundo tan campante con su nombre a cuestas, memorizando las alineaciones de los países campeones del mundial y aprendiendo todo lo innecesario e impráctico para vivir.
Pero no aprendió las cosas más importantes de la vida, como la capacidad de tener disciplina, esforzarse y trabajar duro, transitar el camino hacia el éxito, construir un hogar decente para conformar su propia prole y dejar una pequeña huella por el bien de la humanidad.
Seguramente Rupertino morirá sin dejar legado ni descendencia, aunque sabiendo una cantidad de datos inútiles que lo harán acreedor a una gloria inexistente. No como la gloria a la que alude el significado de su nombre, sino como la gloria que viene de la mano de la pena, más inadvertida que notoria.
En síntesis, Rupertino Díaz, a pesar de su pensamiento conservador, habrá vivido como el más obnubilado de los progresistas de estos tiempos; como esos existencialistas que no le encuentran propósito ni sentido a la vida y les basta sólo con existir, y se inventan causas sin pies ni cabeza para justificar la insensatez de su existencia. Por eso Rupertino se merece ese nombre con el que lo habrán de relacionar con la estulticia y la necedad, porque según el Diccionario de Americanismos, también eso quiere decir una persona ruperta: tonto, necio. Le queda mejor ese significado, por lo pronto, porque, aunque se trate de una persona con gran potencial, el Rupertino de esta historia no se ha dado cuenta de lo que tiene, que es mucho más que la suerte de llamarse como se llama.





No hay comentarios.:
Publicar un comentario