A sus ochenta y tres años y medio mi padre lamenta que tenga que
enfermarse y suspender sus actividades rutinarias, porque tiene interiorizado
en su pensamiento que él es un hombre productivo, o por lo menos que lo debe
seguir siendo. Para él la palabra viejo
no sólo resulta ofensiva, sino una condena a la inutilidad impuesta desde
afuera por un sistema que desprecia la experiencia y el conocimiento de
aquellas personas que han antecedido a quienes dirigen hoy las riendas del
mundo con una arrogancia que los lleva a pensar que antes de ellos no existía
nada.
Mi padre se dice a sí mismo
que es una persona “de edad”, pero que no está viejo. “Viejos son esos señores
que andan por ahí con un bastoncito, o que mantienen sentados en una terraza, o
sacando a orinar perros”, afirma él con el desprecio que le tiene a la
improductividad. Todavía, a pesar de sus dolencias y el deterioro de su frágil
cuerpo agobiado por enfermedades degenerativas que lo vienen acompañando desde
hace dos décadas; tiene la fortaleza mental para ejecutar acciones físicas que
resultan harto exigentes hasta para un supuesto joven de cuarenta años como yo,
a quien le cuesta trabajo el simple acto de levantarse de la cama.
No obstante, mi padre, que
hasta hace dos semanas estuvo encaramado en el techo intentando atrapar una
gotera que se ha ensañado con la casa, no piensa demasiado en la vejez, o por
lo menos no lo expresa en voz alta. Sé que en sus instantes de preocupada reflexión
está teniendo enconadas luchas con esa etapa de la vida que lo quiere convertir
en un mueble inservible, aunque él se niega a darle gusto y le responde con un
brío que saca de lo más recóndito de su ser. Inmediatamente después se siente
vencido por el peso de la fatiga, pero basta con hacer un alto en el camino y tomar
un poco de aliento para seguir afrontando los retos que le plantea el día a día.
Siempre estuvo acostumbrado a
llevar una vida llena de acción y de avatares en la que no existió una tregua
para la relajación y mucho menos para el ocio en ningún instante de la jornada;
y acaso cuando llegara la hora de dormir, la necesidad espiritual de ese hombre
trabajador y responsable era satisfecha con la rezada de un piadoso rosario,
que es lo que corresponde a un buen católico de su condición.
Lo admiro, no sólo por quien
es, sino por el ejemplo que todavía me da a pesar de que tengo la mitad de su
edad y en ocasiones me siento tan vencido como un anciano de noventa años. Él
no. Si no fuera por las enfermedades crónicas que le complican el normal
funcionamiento de su organismo, en este momento estaría haciendo lo que más le
gusta: conducir un camión, criar y engordar ganado, negociar con vehículos y
tierras; en fin, todo lo que implique comercio y movimiento.
Mi viejo tiene la misma edad
del Papa, pero el triple de su energía y actividad a pesar que este último se
puede alimentar mejor y sólo tiene la responsabilidad de dar bendiciones en actos
públicos. El resto se lo hacen. Mientras tanto mi padre debe levantarse en
procura de su propio desayuno, al tiempo que su fantasioso hijo duerme a pierna
suelta después de haber pasado en vela toda la noche enfrentándose a la prosa
viciosa de algún escritor del siglo pasado que no tiene ninguna trascendencia en
los quehaceres cotidianos.
Para mi padre, una persona es
vieja en el momento en que deja de ser productiva. En el instante en que ya no
genera ni una insignificante entrada de dinero y tiene que depender del Estado
para su manutención, él concluye que se llegó a la vejez. Claro, lo dice desde
su posición de trabajador independiente que fue toda la vida y de adicto
irredento al trabajo. Bajo esa concepción yo soy mucho más viejo que él: hace
años no genero un solo céntimo, y aunque no dependo del gobierno, sí dependo de
mi familia para subsistir. Es una vergüenza, lo sé, pero mi insensatez
humanística me llevó a realizar una labor por la cual no me remuneran. Sólo es
importante para mí mismo: me dedico a escribir columnas efímeras y sin valor
práctico, que es el valor más importante de la sociedad moderna.
“Trabajo es lo que uno hace
cuando le pagan”, me dice él, afirmando que lo que no sea pago no es trabajo. Y
tiene razón. Lo más irónico es que hoy día a muchos privilegiados les pagan sin
que tengan que trabajar, por el sólo hecho de existir.
El caso es que mi querido padre
cuando estuvo en su edad de oro sí que supo cómo salir adelante, porque tuvo la
creencia de que no es esperando ayudas del gobierno, ni educación gratuita (que
por cierto él no tuvo), ni mercados gratis, ni subvenciones como se progresa.
Es con trabajo.
“El que sea verraco pa’
trabajar y conseguir, que la consiga”, opina él en su papel de depositario de
duras batallas en su haber. Y aunque soy de una generación que no le heredó la
fortaleza ni la valentía a sus antepasados, estoy de acuerdo con él en que no
se debe esperar nada de nadie, sino hacer las cosas por uno mismo.
Sin embargo, soy partidario de
que el Estado se debe ocupar de nuestros ancianos sin excepción y garantizarles
ese ingreso básico del que tanto se habló en la pandemia y que muchos
mantenidos habrían querido recibir. Apoyo ese ingreso para los adultos mayores
que no cuentan con una pensión y están enfermos, y en muchos casos solos.
Algún día me tocará también
arreglármelas para sobrevivir a la manera mía, con lo que yo escogí ser,
siguiendo el ejemplo de la responsabilidad, la rectitud y la honradez de mi querido
viejo.
Por el momento sólo quiero
tributarle una veneración especial a ese ser a quien los años han vuelto vulnerable,
pero que la providencia me ha asignado el más honroso papel de cuidarlo y protegerlo,
porque ahora yo soy el adulto y él es el niño.
Sí, mi trabajo mejor
remunerado, por el momento, es cuidar de él, y mi felicidad es verlo levantarse
cada mañana y decirme que durmió bien y amaneció con hambre. No hay nada que me
dé más tranquilidad que saber que su salud se mantiene estable. Me basta contar
con sus prodigiosas reminiscencias, con algún recuerdo de su infancia para ser
el hijo más afortunado del mundo. No deseo que el tiempo pase porque quiero
quedarme en el presente. Pero como esto que vivo es un espejismo, anhelo por lo
menos guardar sus enseñanzas en mi memoria y que queden grabadas con el fuego
de la inmortalidad.
Por mi padre, por los viejos
queridos que “ya caminan lerdo” y que se merecen todo el amor y el respeto del
mundo, va este homenaje. Ellos, con la fragilidad de su cuerpo adolorido son
los que nos recuerdan que no hay que olvidar de dónde venimos, y hacia dónde
vamos.

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