miércoles, 9 de septiembre de 2020

Mi querido viejo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






A sus ochenta y tres años y medio mi padre lamenta que tenga que enfermarse y suspender sus actividades rutinarias, porque tiene interiorizado en su pensamiento que él es un hombre productivo, o por lo menos que lo debe seguir siendo. Para él la palabra viejo no sólo resulta ofensiva, sino una condena a la inutilidad impuesta desde afuera por un sistema que desprecia la experiencia y el conocimiento de aquellas personas que han antecedido a quienes dirigen hoy las riendas del mundo con una arrogancia que los lleva a pensar que antes de ellos no existía nada.

    Mi padre se dice a sí mismo que es una persona “de edad”, pero que no está viejo. “Viejos son esos señores que andan por ahí con un bastoncito, o que mantienen sentados en una terraza, o sacando a orinar perros”, afirma él con el desprecio que le tiene a la improductividad. Todavía, a pesar de sus dolencias y el deterioro de su frágil cuerpo agobiado por enfermedades degenerativas que lo vienen acompañando desde hace dos décadas; tiene la fortaleza mental para ejecutar acciones físicas que resultan harto exigentes hasta para un supuesto joven de cuarenta años como yo, a quien le cuesta trabajo el simple acto de levantarse de la cama.

    No obstante, mi padre, que hasta hace dos semanas estuvo encaramado en el techo intentando atrapar una gotera que se ha ensañado con la casa, no piensa demasiado en la vejez, o por lo menos no lo expresa en voz alta. Sé que en sus instantes de preocupada reflexión está teniendo enconadas luchas con esa etapa de la vida que lo quiere convertir en un mueble inservible, aunque él se niega a darle gusto y le responde con un brío que saca de lo más recóndito de su ser. Inmediatamente después se siente vencido por el peso de la fatiga, pero basta con hacer un alto en el camino y tomar un poco de aliento para seguir afrontando los retos que le plantea el día a día.

    Siempre estuvo acostumbrado a llevar una vida llena de acción y de avatares en la que no existió una tregua para la relajación y mucho menos para el ocio en ningún instante de la jornada; y acaso cuando llegara la hora de dormir, la necesidad espiritual de ese hombre trabajador y responsable era satisfecha con la rezada de un piadoso rosario, que es lo que corresponde a un buen católico de su condición. 

    Lo admiro, no sólo por quien es, sino por el ejemplo que todavía me da a pesar de que tengo la mitad de su edad y en ocasiones me siento tan vencido como un anciano de noventa años. Él no. Si no fuera por las enfermedades crónicas que le complican el normal funcionamiento de su organismo, en este momento estaría haciendo lo que más le gusta: conducir un camión, criar y engordar ganado, negociar con vehículos y tierras; en fin, todo lo que implique comercio y movimiento.

    Mi viejo tiene la misma edad del Papa, pero el triple de su energía y actividad a pesar que este último se puede alimentar mejor y sólo tiene la responsabilidad de dar bendiciones en actos públicos. El resto se lo hacen. Mientras tanto mi padre debe levantarse en procura de su propio desayuno, al tiempo que su fantasioso hijo duerme a pierna suelta después de haber pasado en vela toda la noche enfrentándose a la prosa viciosa de algún escritor del siglo pasado que no tiene ninguna trascendencia en los quehaceres cotidianos.

    Para mi padre, una persona es vieja en el momento en que deja de ser productiva. En el instante en que ya no genera ni una insignificante entrada de dinero y tiene que depender del Estado para su manutención, él concluye que se llegó a la vejez. Claro, lo dice desde su posición de trabajador independiente que fue toda la vida y de adicto irredento al trabajo. Bajo esa concepción yo soy mucho más viejo que él: hace años no genero un solo céntimo, y aunque no dependo del gobierno, sí dependo de mi familia para subsistir. Es una vergüenza, lo sé, pero mi insensatez humanística me llevó a realizar una labor por la cual no me remuneran. Sólo es importante para mí mismo: me dedico a escribir columnas efímeras y sin valor práctico, que es el valor más importante de la sociedad moderna.

    “Trabajo es lo que uno hace cuando le pagan”, me dice él, afirmando que lo que no sea pago no es trabajo. Y tiene razón. Lo más irónico es que hoy día a muchos privilegiados les pagan sin que tengan que trabajar, por el sólo hecho de existir.

    El caso es que mi querido padre cuando estuvo en su edad de oro sí que supo cómo salir adelante, porque tuvo la creencia de que no es esperando ayudas del gobierno, ni educación gratuita (que por cierto él no tuvo), ni mercados gratis, ni subvenciones como se progresa. Es con trabajo.

    “El que sea verraco pa’ trabajar y conseguir, que la consiga”, opina él en su papel de depositario de duras batallas en su haber. Y aunque soy de una generación que no le heredó la fortaleza ni la valentía a sus antepasados, estoy de acuerdo con él en que no se debe esperar nada de nadie, sino hacer las cosas por uno mismo.

    Sin embargo, soy partidario de que el Estado se debe ocupar de nuestros ancianos sin excepción y garantizarles ese ingreso básico del que tanto se habló en la pandemia y que muchos mantenidos habrían querido recibir. Apoyo ese ingreso para los adultos mayores que no cuentan con una pensión y están enfermos, y en muchos casos solos.

    Algún día me tocará también arreglármelas para sobrevivir a la manera mía, con lo que yo escogí ser, siguiendo el ejemplo de la responsabilidad, la rectitud y la honradez de mi querido viejo.

    Por el momento sólo quiero tributarle una veneración especial a ese ser a quien los años han vuelto vulnerable, pero que la providencia me ha asignado el más honroso papel de cuidarlo y protegerlo, porque ahora yo soy el adulto y él es el niño.

    Sí, mi trabajo mejor remunerado, por el momento, es cuidar de él, y mi felicidad es verlo levantarse cada mañana y decirme que durmió bien y amaneció con hambre. No hay nada que me dé más tranquilidad que saber que su salud se mantiene estable. Me basta contar con sus prodigiosas reminiscencias, con algún recuerdo de su infancia para ser el hijo más afortunado del mundo. No deseo que el tiempo pase porque quiero quedarme en el presente. Pero como esto que vivo es un espejismo, anhelo por lo menos guardar sus enseñanzas en mi memoria y que queden grabadas con el fuego de la inmortalidad.

    Por mi padre, por los viejos queridos que “ya caminan lerdo” y que se merecen todo el amor y el respeto del mundo, va este homenaje. Ellos, con la fragilidad de su cuerpo adolorido son los que nos recuerdan que no hay que olvidar de dónde venimos, y hacia dónde vamos.

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