Como este año prácticamente se
ha ido en el intento por llegar vivo a diciembre (por lo menos a nochebuena), hubo
tiempo para terminar ciertas tareas pendientes, desempolvar recuerdos, y
finiquitar esos proyectos aplazados que no se realizaron por la misma excusa de
la falta de tiempo que antes nos blindaba de sentirnos fracasados: porque al
ser personas tan sumamente ocupadas, éramos percibidos como gente de
emprendimientos y de logros, es decir, gente de éxito.
En fin, tuvimos una
oportunidad de oro para reivindicarnos ante nosotros mismos. Y muchos no la
aprovechamos. A mí, por lo menos, tampoco me quedó tiempo.
En mi caso, estaba programado
para leer más de quinientos libros que tengo en lista de espera, cumplir la promesa
de una salida a dos amigas desesperadas, someterme a una cirugía que tengo pendiente,
comenzar un curso de inglés que no saqué del empaque, mirar veinticinco tutoriales
de Youtube, montar cincuenta canciones en guitarra, escribir un libro, empezar una
dieta, hacer ejercicio, y terminar cientos de proyectos que tengo aplazados
desde mi tierna adolescencia, que no sé si todavía sean realizables.
Aprovechando que este año estaba
dispuesto para ser sabático —en vista de las circunstancias—, me entregué a la
tarea de hacer todo aquello que otrora me hizo tan feliz, o que por lo menos me
sirvió de antídoto contra la irreductible desazón que a veces tiende a
frecuentar el ánimo de mi inestable psique.
Comencé por lo más elemental:
una buena lectura para sobrellevar el encierro. Pero mi desmedido interés por
querer saberlo todo me lleva a desviarme del camino antes de arrancar con el
primer párrafo. De inmediato quiero saber sobre el autor, así que interrumpo la
lectura para consultar. Luego me deslizo a las reseñas que hacen los expertos, a los comentarios, a las películas
que del libro se han adaptado, a la crítica de las mismas, a los lugares en los
que se desenvolvió la historia, a conocer qué otros escritores fueron contemporáneos
de aquel cuya obra estoy rondando, y hasta me atraen detalles superfluos que no
me dejan en paz mientras no los dilucido. De modo que cuando me adentro en pormenores
sin importancia, ya se me ha olvidado qué era lo que quería leer, o ya le he perdido
el interés a ese texto, porque en mis pesquisas me salió otro a la vista con
carácter de mayor urgencia.
Con las citas románticas en prospectiva
me ocurrió algo muy similar en cuanto a que también tuve que ceder al aplazamiento.
Como todos los lugares apropiados para conversar —y otras cositas— estuvieron
la mayor parte del tiempo fuera de servicio, pospuse felizmente los encuentros para
otros días de mayor emotividad y menos temor. Eso de tener una cita romántica
con tapabocas arruina de por sí cualquier tentativa de avanzada. ¿Con qué pretexto
uno se roba un beso? Y eso de concertar un encuentro sólo con el objetivo de la
conversación edificante que aporte al conocimiento psíquico del prójimo me
parece una patraña de lo más inconveniente para nosotros los caballeros, que somos
los que tenemos que invertir dinero y esfuerzo para tener que regresar de todas
maneras con las manos vacías. Yo paso, gracias, porque no sólo de espíritu vive
el hombre, y a mí lo único que me interesa es esa palabra de cuatro letras tan deliciosamente
tentadora. (No, no es amor).
Para la
cirugía pendiente, el curso de inglés y el ejercicio en el gimnasio, encontré
la excusa perfecta: todo quedó paralizado por la crisis. Aplazaron los
procedimientos quirúrgicos no prioritarios, los gimnasios no pudieron abrir sus
puertas, así como tampoco ningún instituto ni escuela de educación presencial.
Total que no se hizo nada al respecto.
Ni qué decir de las
actividades artísticas. No encontré la inspiración para escribir ni un solo
renglón, pues si me da lidia leer, no digamos lo que supone crear una obra. Y
cuando desempolvé la vieja guitarra después de tantos meses sin rasgar sus cuerdas,
comprendí que la falta de práctica había entumecido mis dedos de una manera
inmisericorde, y que no hay talento que se sostenga sin trabajo. En mi caso ni
lo primero ni lo segundo.
Así que para mí todo se mantiene como si fuera un enero cualquiera,
cuando el año todavía tiene la expectativa del futuro. No se registró progreso
alguno en mi “desarrollo personal o económico”, salvo que ahora tengo unas arrugas
de más y unos cabellos de menos.
Los libros siguen sufriendo el
ataque de la polilla, añejos, esperando a que mis ojos vuelvan a repasar su
contenido; las amigas se aburrieron de esperar y ya tienen otros amigos; el motivo
de la cirugía se complicó por no ser tratado a tiempo; el curso de inglés ya no
será necesario porque al parecer el idioma del futuro será el mandarín; los tutoriales
de Youtube ya fueron borrados de la red; las cincuenta canciones que pensaba sacar
en la guitarra ya pasaron de moda; el libro que quería escribir lo escribió
otro con mejor estilo; y la dieta y el ejercicio se fueron al carajo como todo
lo que he dejado para después.
A veces hay que aceptar que no
siempre estamos llamados para las grandes gestas y nos toca conformarnos con
vivir una vida simple y mediocre como la que le tocó vivir a la mayoría de los
humanos. Hay que entender que no todo lo que uno desea se puede realizar. Me
siento mal por haberme dado el lujo de regalarle el tiempo a la nada y llenarla
con mis segundos infructuosos, pero aquellos que como yo, a esta altura del camino
no sabemos ni dónde estamos parados, solemos pensar así.
Cuando llegue el 31 de diciembre, en poco más
de tres meses, estaré diciendo lo mismo que digo cada 31: “se fue el año y tampoco
se hizo nada”.
Y seguro que si para el 2021
se repite otro año de mierda como este, desde ya prometo que no me haré ningún
nuevo propósito; es decir, voy a dejar que se me vayan los días por las ramas como
ya se me fue este artículo sin nada alentador para decir. No moveré un dedo ni
ilusionaré a nadie con la promesa de cambiar. Eso sí, que quede de moraleja que
más vale un decepcionado sincero que un optimista mentiroso.

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