Ávido de hallar una palabra de
aliento que me ayudara a sobrellevar este 2020 de pesadilla, hoy por la tarde abrí
el cajón más atorado de la mesa de noche. Adentro reposaba el grueso libro de
pasta negra que no me acordaba cuándo lo había ojeado por última vez. Era la biblia.
Lo abrí con la idea de predecir
el futuro en un complicado pasaje del libro de las Revelaciones, ahora que está
tan en boga el tema del fin del mundo. No obstante, elegí una página al azar y
señalé cualquier versículo con la certeza de que allí encontraría una respuesta:
entonces se me apareció el Mateo 4:4, como si fuera una confabulación del cielo
para recordarme lo mezquino y materialista que había sido hasta entonces.
El texto bíblico de Mateo 4:4
se resume en una frase ya muy conocida por la cristiandad que nos enseña a
valorar el alimento espiritual más que el físico. Nos inculca además el valor
de la fuerza de voluntad, de la resistencia, del sacrificio y la capacidad con
la que debemos permanecer los hombres para afrontar una vida de escasez y de
dificultades; para librar las contiendas que nos propone este avatar que debemos
transitar antes de precipitarnos en el abismo obligatorio e inevitable de la
muerte que algún día nos corresponderá a todos.
“No sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, cita claramente el
evangelista, y con ello nos insta a pensar en lo poco que vale lo material en
comparación con los inmensos beneficios de una paz regocijante y una limpidez
de espíritu que en estos tiempos torrentosos no tienen precio.
En mi caso, nunca antes me había
sentido tan libre de pecado y tan capacitado para arrojar la primera piedra como
este año.
Tengo la conciencia tranquila,
nada de qué arrepentirme. Como muchos, también tuve que dejar a un lado los “pecados
de la carne” para mantener la serenidad del alma en medio de las afugias en que
nos sumió el virus chino.
El panorama de prohibiciones y
de represiones que nos impusieron obligó a más de uno a replantearse la vida y
a buscar los caminos celestiales. Otros, en cambio, cedieron a los impulsos que
responden a la condición corpórea del ser humano. Y no estoy hablando de sexo,
aunque también aplica.
Hablo por ejemplo del impulso
que nos mueve a dar un abrazo, el cual es profundo y conmovedor; que cuando recordamos
que no nos está permitido, un agrio sentimiento de frustración nos ensombrece
el ánimo. Nos quedamos sin el alivio reparador que produce estrechar, contra el
propio, el cuerpo del padre o de la madre, del hijo, del cónyugue, de cualquier
amigo dispuesto a manifestarnos su apoyo con el poder de un abrazo.
Es ahí cuando tenemos que
bastarnos con el último de los recursos que le queda a la humanidad para
comunicarse sus afectos: la palabra.
Entonces la palabra deviene
protagonista de este mundo plagado de dispositivos y papel escrito; pronunciada
a dos metros de distancia para que el aire viciado que la transporta no nos
contamine.
Y es por el lenguaje verbal
como somos conscientes de que esas palabras son los hilos que nos conectan
hacia una promesa de felicidad infinita cuando finalmente podamos romper esa
barrera invisible con la que nos hemos distanciado los humanos por el miedo a
hacernos daño.
Pero a veces llega el momento
en que las palabras sobran, ya agotado todo lo que con ellas se puede expresar.
Y entonces descubrimos en la soledad de nuestro recinto que añoramos ese otro
sentido que cuenta con el órgano más grande que tenemos, que es la piel, y que
requiere expresarse en la intimidad de nuestros más caros afectos: el tacto.
Yo, que soy hombre de pocas palabras, necesito sentir la potencia de un
abrazo, la ternura de un beso, la caricia del ser querido, la palmada sobre el
hombro de un amigo, el apretón cordial de manos para simbolizar un pacto digno;
tender la mano física al que necesita levantarse o ser simplemente guiado.
Porque este tinglado de distanciamientos y protocolos artificiosos que van en
contra de nuestra naturaleza de seres táctiles sólo ha servido para deshumanizarnos.
Me es difícil conformarme con
la palabra, contentarme con el deseo, acariciar sólo con la mirada. Me niego a
aceptar que de ahora en adelante hasta las manifestaciones de afecto sean un
motivo de peligro, ¿en qué sociedad vivimos?
Porque así mi alma esté
tranquila, rebosante de sosiego, mi piel arde en deseos de manifestarse; mi nariz
está ansiosa por recibir un poco de aire puro, y mi boca se lamenta de que con
esa mordaza obligatoria que tenemos que utilizar para protegernos, no pueda
expresarse libremente.
Por ello creo que también al
evangelista le faltó completar la frase para conservar el equilibrio: “No sólo
de pan vive el hombre… ni tampoco de
espíritu”.
Lo malo es que pecamos al
irnos al otro extremo, porque en el mundo terrenal es prácticamente imposible
convivir unos con otros sin tocarnos ni relacionarnos, y no resulta del todo
aplicable la metáfora de los cuarenta días sin comer en el desierto, en la que
un Jesús fortificado por su ayuno rechaza la tentación del Diablo y le recuerda
que hay otras cosas más importantes que lo material y la satisfacción del
cuerpo.
Creo que pocos atendieron el
llamado al fortalecimiento interior, al cese de la vanagloria humana, a construirse
desde adentro: una sociedad que ya venía extraviada en el absurdo y en la
ilusión por todo aquello que se desvanece en el aire no aprende con facilidad
las lecciones que la llevan a reivindicarse.
Hasta hace poco hubo restricciones
de movilidad, pero me doy cuenta de que no estamos hechos para andar con tapabocas,
y que harto difícil será acostumbrarnos a esa nueva prenda personal e intransferible.
Es lo mismo que siente un perro cuando le ponen vestido o un canario cuando le
ponen jaula. Porque los seres humanos, animales sociales como somos, y que por
cuestiones culturales debemos andar con ropa, estamos hechos para vivir en
sociedad y no en aislamiento, y sobre todo para expresarnos con libertad.
Hoy, cuando las circunstancias
nos obligan a reinventarnos para continuar en la lucha por la supervivencia,
tenemos que apelar a nuestra unidad de cuerpo y mente para hacerle el continuo
desplante a la muerte.
Por lo pronto seguiré contando
en este diario mis apreciaciones sobre el mundo de ficción que se impuso en
esta faceta disímil de la realidad.
Hoy mi deseo fue dejar que el
cuerpo hablara porque por estos días anda un poco fatigado de la lectura, la
introspección y el recogimiento. Y el versículo que leí en la biblia fue
contundente y me evitó leer el Apocalipsis.
A lo mejor
mañana cambie de opinión y le vuelva a atribuir la importancia requerida al aspecto
espiritual.
Por ahora sólo tengo ganas de
salir a caminar, de tomarme un café con alguien, de abrazar a mi prójimo.
En cualquier momento hago la
ruptura con la lucidez y me dejo contagiar por la locura del amor que tanto
extraño no poner en práctica.
Bueno, antes de la borrasca virulenta
tampoco es que me ejercitara mucho en este arte, pero ahora ese tipo de sentimientos
se extrañan más. Y sí, también hablo del sexo, por si las dudas, aunque en mi
caso no aplique.

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