sábado, 5 de septiembre de 2020

No solo de espíritu vive el hombre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Ávido de hallar una palabra de aliento que me ayudara a sobrellevar este 2020 de pesadilla, hoy por la tarde abrí el cajón más atorado de la mesa de noche. Adentro reposaba el grueso libro de pasta negra que no me acordaba cuándo lo había ojeado por última vez. Era la biblia.

    Lo abrí con la idea de predecir el futuro en un complicado pasaje del libro de las Revelaciones, ahora que está tan en boga el tema del fin del mundo. No obstante, elegí una página al azar y señalé cualquier versículo con la certeza de que allí encontraría una respuesta: entonces se me apareció el Mateo 4:4, como si fuera una confabulación del cielo para recordarme lo mezquino y materialista que había sido hasta entonces.   

    El texto bíblico de Mateo 4:4 se resume en una frase ya muy conocida por la cristiandad que nos enseña a valorar el alimento espiritual más que el físico. Nos inculca además el valor de la fuerza de voluntad, de la resistencia, del sacrificio y la capacidad con la que debemos permanecer los hombres para afrontar una vida de escasez y de dificultades; para librar las contiendas que nos propone este avatar que debemos transitar antes de precipitarnos en el abismo obligatorio e inevitable de la muerte que algún día nos corresponderá a todos.

    “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, cita claramente el evangelista, y con ello nos insta a pensar en lo poco que vale lo material en comparación con los inmensos beneficios de una paz regocijante y una limpidez de espíritu que en estos tiempos torrentosos no tienen precio.

    En mi caso, nunca antes me había sentido tan libre de pecado y tan capacitado para arrojar la primera piedra como este año.

    Tengo la conciencia tranquila, nada de qué arrepentirme. Como muchos, también tuve que dejar a un lado los “pecados de la carne” para mantener la serenidad del alma en medio de las afugias en que nos sumió el virus chino.

    El panorama de prohibiciones y de represiones que nos impusieron obligó a más de uno a replantearse la vida y a buscar los caminos celestiales. Otros, en cambio, cedieron a los impulsos que responden a la condición corpórea del ser humano. Y no estoy hablando de sexo, aunque también aplica.

    Hablo por ejemplo del impulso que nos mueve a dar un abrazo, el cual es profundo y conmovedor; que cuando recordamos que no nos está permitido, un agrio sentimiento de frustración nos ensombrece el ánimo. Nos quedamos sin el alivio reparador que produce estrechar, contra el propio, el cuerpo del padre o de la madre, del hijo, del cónyugue, de cualquier amigo dispuesto a manifestarnos su apoyo con el poder de un abrazo.

    Es ahí cuando tenemos que bastarnos con el último de los recursos que le queda a la humanidad para comunicarse sus afectos: la palabra.

    Entonces la palabra deviene protagonista de este mundo plagado de dispositivos y papel escrito; pronunciada a dos metros de distancia para que el aire viciado que la transporta no nos contamine.

    Y es por el lenguaje verbal como somos conscientes de que esas palabras son los hilos que nos conectan hacia una promesa de felicidad infinita cuando finalmente podamos romper esa barrera invisible con la que nos hemos distanciado los humanos por el miedo a hacernos daño.

    Pero a veces llega el momento en que las palabras sobran, ya agotado todo lo que con ellas se puede expresar. Y entonces descubrimos en la soledad de nuestro recinto que añoramos ese otro sentido que cuenta con el órgano más grande que tenemos, que es la piel, y que requiere expresarse en la intimidad de nuestros más caros afectos: el tacto.

    Yo, que soy hombre de pocas palabras, necesito sentir la potencia de un abrazo, la ternura de un beso, la caricia del ser querido, la palmada sobre el hombro de un amigo, el apretón cordial de manos para simbolizar un pacto digno; tender la mano física al que necesita levantarse o ser simplemente guiado. Porque este tinglado de distanciamientos y protocolos artificiosos que van en contra de nuestra naturaleza de seres táctiles sólo ha servido para deshumanizarnos.

    Me es difícil conformarme con la palabra, contentarme con el deseo, acariciar sólo con la mirada. Me niego a aceptar que de ahora en adelante hasta las manifestaciones de afecto sean un motivo de peligro, ¿en qué sociedad vivimos?

    Porque así mi alma esté tranquila, rebosante de sosiego, mi piel arde en deseos de manifestarse; mi nariz está ansiosa por recibir un poco de aire puro, y mi boca se lamenta de que con esa mordaza obligatoria que tenemos que utilizar para protegernos, no pueda expresarse libremente.

    Por ello creo que también al evangelista le faltó completar la frase para conservar el equilibrio: “No sólo de pan vive el hombre… ni tampoco de espíritu”.

    Lo malo es que pecamos al irnos al otro extremo, porque en el mundo terrenal es prácticamente imposible convivir unos con otros sin tocarnos ni relacionarnos, y no resulta del todo aplicable la metáfora de los cuarenta días sin comer en el desierto, en la que un Jesús fortificado por su ayuno rechaza la tentación del Diablo y le recuerda que hay otras cosas más importantes que lo material y la satisfacción del cuerpo.

    Creo que pocos atendieron el llamado al fortalecimiento interior, al cese de la vanagloria humana, a construirse desde adentro: una sociedad que ya venía extraviada en el absurdo y en la ilusión por todo aquello que se desvanece en el aire no aprende con facilidad las lecciones que la llevan a reivindicarse.  

    Hasta hace poco hubo restricciones de movilidad, pero me doy cuenta de que no estamos hechos para andar con tapabocas, y que harto difícil será acostumbrarnos a esa nueva prenda personal e intransferible. Es lo mismo que siente un perro cuando le ponen vestido o un canario cuando le ponen jaula. Porque los seres humanos, animales sociales como somos, y que por cuestiones culturales debemos andar con ropa, estamos hechos para vivir en sociedad y no en aislamiento, y sobre todo para expresarnos con libertad.

    Hoy, cuando las circunstancias nos obligan a reinventarnos para continuar en la lucha por la supervivencia, tenemos que apelar a nuestra unidad de cuerpo y mente para hacerle el continuo desplante a la muerte.

    Por lo pronto seguiré contando en este diario mis apreciaciones sobre el mundo de ficción que se impuso en esta faceta disímil de la realidad.

    Hoy mi deseo fue dejar que el cuerpo hablara porque por estos días anda un poco fatigado de la lectura, la introspección y el recogimiento. Y el versículo que leí en la biblia fue contundente y me evitó leer el Apocalipsis.

    A lo mejor mañana cambie de opinión y le vuelva a atribuir la importancia requerida al aspecto espiritual.

    Por ahora sólo tengo ganas de salir a caminar, de tomarme un café con alguien, de abrazar a mi prójimo.

    En cualquier momento hago la ruptura con la lucidez y me dejo contagiar por la locura del amor que tanto extraño no poner en práctica.

    Bueno, antes de la borrasca virulenta tampoco es que me ejercitara mucho en este arte, pero ahora ese tipo de sentimientos se extrañan más. Y sí, también hablo del sexo, por si las dudas, aunque en mi caso no aplique.

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