Dos policías que asesinan
brutalmente a un civil ya dominado, cientos de supuestos manifestantes
enfurecidos que terminan cometiendo actos vandálicos en la capital y otras
ciudades, un político incendiario que aprovecha feliz para azuzar el fuego y
reforzar su imagen de pacifista con miras a las próximas elecciones, un
presidente que sigue hablando de lavarse las manos y de distanciamiento, una alcaldesa
que es especialista en endilgar lo malo a los demás en lugar de mirar la viga
de su propio ojo, una oposición que se frota las manos por el panorama sombrío
que le espera al país, una ciudadanía indignada y ultrajada, unos inocentes
asesinados en medio de la trifulca, unas instituciones que tambalean en un mar
de desconcierto. Todo eso mezclado es la pócima de dolor que hoy bebe mi país.
Como hace setenta años cuando
estalló el nueve de abril. Como a principios de siglo cuando tuvimos una guerra
de mil días o de más. Como cuando nos dividimos en una patria boba después de
que alcanzamos una independencia de la que todavía nos enorgullecemos a pesar
que es apenas un consuelo de tontos.
¿Cuál independencia? ¿Qué
grito de libertad pregonamos cuando todavía seguimos siendo presas del odio
visceral y esclavos de aquellos que lo
fomentan? No somos libres, compatriotas. Somos prisioneros de una cultura
violenta y vengativa, y sobre todo de una hipocresía que nos hace llenar la
boca hablando de paz cuando en el fondo ni a uno ni a otro bando le interesa
hacerla, y en el medio quedamos los civiles condenados a la muerte.
Esta semana se ensañaron
contra un civil al que le arrebataron la vida por el hecho de cometer una insolente
indisciplina o tal vez una contravención irrespetuosa con la autoridad, que no
daba para más allá de un comparendo, quizá una noche de detención. También mataron
a un hombre de hogar, trabajador, al que esperaban en su casa; a una joven
interceptada por una bala perdida cuando pasaba por la zona de guerra en que
quedó convertida la ciudad. Mataron a varios miembros de la Policía, a once
civiles más, e hirieron a medio millar. A los policías asesinados les cobraron con
su vida lo que hicieron unos compañeros traidores a la causa de la institución.
En Colombia, cada mes son tres
o más líderes sociales que ejecutan por el hecho de tener la sana intención de
guiar a su prójimo a luchar por unas causas justas y legales; o son cientos de transeúntes
a los que dejan tirados en el asfalto por robarle un celular. Ayer fueron unos
campesinos masacrados aquí o allá, unos niños abusados, unas mujeres asesinadas
por sus parejas. ¿Mañana quiénes seremos?
Y lo peor es la reacción que
al parecer está justificada por cierto periodismo tendencioso y alguno que otro
líder político, quienes no condenan la respuesta de violencia ante la violencia.
En vez de eso anuncian el Estallido Social,
ya uno no sabe si como una predicción fundada en los análisis o como una
amenaza que quisieran cumplir.
“Es que la sociedad civil está
cansada de tanto atropello”, manifiestan con razón, pero callando ante los
desmanes de aquellos que combaten el mal con un mal peor. “Es que por culpa de
los policías la gente se tuvo que movilizar”, argumentan con una opinión sesgada
intencionalmente para hacer incurrir en el error y en la desinformación.
No fue el crimen atroz de esos
uniformados lo que sacó a las hordas de delincuentes a destruir. Bien sabemos
que se vienen organizando y distribuyéndose el trabajo entre la protesta y el
pillaje, esperando estos hechos escabrosos para ponerse en acción y desarrollar
sus estrategias en el campo de batalla. Mientras los unos van adelante tocando
la cacerola y arengando en el ejercicio de su libre derecho a la protesta, los
otros marchan agazapados, a la espera, llevando en los morrales el combustible,
las piedras, la pintura y toda clase de elementos que les sirva en su labor devastadora.
Y otros, indiferentes a lo que ocurre, aprovechan el caos para salir a atracar y
a cometer delitos peores contra la población. No les duele la muerte del compatriota
víctima de los abusos de la autoridad. Les mueve el odio que llevan dentro,
engendrado quizá por los excesos de la misma policía, pero alentado por los poderes
invisibles que los manejan entre bastidores.
A mí personalmente me hierve
la sangre cuando veo a un cristiano gritando “no más” mientras unos desalmados
que juraron proteger nuestra vida, lo que hacen es quitársela con sevicia.
Estallo en furia cuando veo a un viejito que quiere trabajar para ganarse
apenas su sustento diario, y que es atacado por una recua de uniformados agresivos
que se creen los machos del paseo. Esa clase de tipejos no son policías, sino
sicarios con uniforme.
No sé qué entrenamiento es el
que le están dando a nuestra fuerza pública, ni la educación que están
recibiendo. Al parecer habrá que revisar quién y con qué intereses realizan los
lineamientos de la institución. Lo mismo que hay que investigar cómo es que
financian a esos vándalos que se disfrazan de ciudadanía; cómo los aleccionan y
organizan cual grupo de mafiosos, porque una persona de bien no sale a quemar CAIS ni buses con el pretexto de hacer respetar a la sociedad civil.
Y no nos crean estúpidos los
defensores de la protesta al decir que esos son meras expresiones espontáneas
de una sociedad oprimida. Eso es crimen organizado, puro y duro, con un modus operandi muy similar al que
efectuaron en Estados Unidos cuando también tres policías asesinaron a George
Floyd: la misma estrategia, como si se estuviera cumpliendo un programa al pie de
la letra.
Y lo que aplica para un lado,
también aplica para el otro, pues pareciera que en la Policía Nacional,
igualmente, estuvieran siguiendo el proceder autoritario que han seguido en otros
países para ganarse el repudio de la sociedad: como si estuvieran al servicio
de unos intereses oscuros.
A alguien le conviene que haya
caos, muerte, injusticia. La anarquía es el ingrediente principal para
propiciar el Golpe de Estado a un gobierno inepto, pero al fin y al cabo elegido
en las urnas. A esta hora, mientras el país se desangra, alguien ríe y aguarda
el momento de entrar en escena.
Mientras tanto los cadetes de
la policía, en pleno proceso de formación, son humillados por oficiales y
superiores que pretenden inculcarles disciplina con improperios, maltratos y
agresiones; germinando en ellos el odio y la sed de venganza que después van a
desfogar contra la población a la que tienen que proteger. Políticas de este
estilo con entrenamientos inhumanos y aberrantes no forman mejores agentes,
creo yo.
Leí en alguna parte que
estamos quedando atrapados entre la anarquía de un lado y el autoritarismo del
otro. Ya es hora de proponer soluciones de fondo. La principal es no justificar
la agresión del ciudadano a la autoridad ni de la autoridad al ciudadano. No
escudarse en el cumplimiento del deber para matar, ni en el derecho a la
protesta para destruir y también matar. Un mal no se salda con otro mal como en
la antigua Ley del talión.
Y a ver si los que fomentan
toda esta violencia en redes y a través de los medios, dejan de una vez de
atizar el fuego, que ya suficiente tenemos con la violencia de nuestra idiosincrasia
como para tener que cargar también con la que nos insuflan desde afuera.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario