Si algo me produce
desconfianza es el discurso populachero que siempre habla en favor de los
pobres. Si algo me produce recelo, es la publicitada filantropía de esos
hombres que apoyan y financian causas nobles
para el beneficio de la humanidad. En todo asunto humano no falta el mal, y
como yo descreo tanto de los de mi misma especie, me cuesta pensar que no hay
una conspiración secreta de filántropos poderosos tramando una dictadura global
en la que el pensamiento uniforme será un precepto de obligatorio cumplimiento.
Ya lo estamos comenzando a
sentir quienes queremos excluirnos de esa tendencia del mundo moderno, la cual
nos pretende insertar en una corriente de pensamiento progresista en el que hay
que dejar de lado los valores tradicionales de nuestra cultura como la
religión, la familia, el respeto por la vida, el derecho a la libertad y a la
posesión de la propiedad, etc.
Conspiranoicos nos llaman a
quienes encontramos la mínima manifestación de generosidad como un acto sospechoso; a quienes creemos en las teorías alternativas que explican lo que no explica la oficialidad a pesar de no contar con pruebas.
A lo mejor yo sea uno de esos que a todo le ven problema y que encuentran
trazos de maldad hasta en la más carismática
expresión de apoyo desinteresado, pero es que como tantas veces hemos sido
engañados por políticos, empresarios, magnates, celebridades y organizaciones
altruistas, ya uno intuye que en toda operación donativa se esconde una intención
venenosa.
La otra vez tocaron a mi
puerta. Antes de abrir observé por el visillo a un elegante señor de corbata
que sostenía en su hombro un maletín de cuero curtido y llevaba en su mano
derecha un pequeño folleto ilustrado con la imagen de una poderosa mano
agarrando el planeta. Debajo del folleto tenía un libro negro semejante a una
biblia. Como no me pareció un sujeto peligroso para la sociedad, le abrí la
puerta y me dispuse a atenderlo. Seguramente me iba a hablar de religión, algo
de lo que en estos tiempos la humanidad se ha alejado tanto. “Vamos a ver con
qué me sale ahora”, pensé maliciosamente. Me surgió la idea de controvertir sus
creencias, seguro de demostrarle —gracias a la pandemia—, que su Dios, una vez
más, había prestado oídos sordos a las plegarias de los hombres por salvarse de
la plaga que los amenaza. Le haría evidenciar que ese ser Todopoderoso al que
tanto ensalzan no era más que una flor en mitad de la carrilera frente al diabólico
tren de maldad que viene en su dirección.
—Buenos días —me saludó—. Estamos
preguntando a los vecinos qué opinan de lo que se está viviendo en el mundo y
quién consideran ellos que es el responsable.
—Buenos días —saludé—. Pues yo
no sé en el mundo quién será el responsable, pero aquí gran parte de la culpa
la tiene Duque, o al menos eso es lo que yo le escucho decir siempre a la
alcaldesa —le dije en tono de “a mí no me vas a corchar”.
—Quiero decir —se excusó el
hombre tratando de hacerse entender mejor—, ¿quién piensa usted que está detrás
de todo esto causándonos tanto mal desde hace tiempo? ¿Quién podrá estar
gobernando el mundo?
—Pues no creo que sea Trump,
porque ha perdido muchos seguidores con lo del Covid. De pronto puede ser una
alianza entre Putin, la OMS, los fundamentalistas islámicos en contubernio con
las FARC y el ELN, con Maduro y toda esa banda de criminales, y por supuesto,
con los chinos, que se quieren meter aquí. Por algo nos tiraron el virus, ¿no?
—Pero ¿no considera usted,
caballero, que existe alguien detrás manipulando, azuzando para destruir al
mundo? Es decir, ¿no se atreve a ir más allá y pensar que un poder superior le
quiere hacer daño a la humanidad?
—Hombre, sí —le dije—. Ahora
que lo pienso, yo creo que detrás de este tinglado pueden estar los masones que
manejan todas esas corporaciones queriendo imponer su agenda globalista: los Illuminati,
el Priorato de Sion, la Internacional Comunista, los de la Teología de la Liberación,
y hasta una facción del Vaticano encabezada por el Papa progresista Francisco
I, cuya postura inicial de la humildad y la austeridad resultó ser una máscara.
—Bueno, puede ser —me dijo el
predicador evangélico—, pero quiero compartirle este versículo de la Biblia en
el que se habla de ello, todo profetizado hace más de veinte siglos sin que
nos percatáramos:
» Primera de Juan, capítulo cinco,
versículo diecinueve: “Sabemos que nosotros provenimos de Dios, pero el mundo
entero yace bajo el poder del Maligno”.
Como la conversación se estaba
prolongando más tiempo del necesario, dejé la cosa así y acepté mi derrota en
la discusión, pues ya quería entrarme y dedicarme a mi deporte favorito: pensar
en la cama con los ojos cerrados.
De modo que es la serpiente original, aquel que es llamado
Diablo y Satanás el que está engañando a toda la tierra habitada; el Ángel
de Luz el que está apoderado de todo este orbe convulso. ¡Jah!, no faltaba si
no eso, echarle la culpa al Diablo para que después a ningún responsable se le
pueda llevar a la cárcel cuando una corte internacional imparcial los juzgue.
Aunque pensándolo bien, el Diablo
tiene sus emisarios, y no me extraña para nada que todos esos maniáticos que
nos gobiernan hubieran hecho pacto con él. Incluso el mismo Papa, o Soros, Bill
Gates, Jeff Bezos, Larry Page y los demás multimillonarios que salen en el
ranking de la revista Forbes y que destinan dinero a tantas obras de beneficencia.
Yo sospecho hasta de mi amiga Cata, La
Marxista, a la que veo en constante movimiento por la defensa de los más desfavorecidos,
gestionando aquí y allá con ONG’s diversas, aunque siempre estrenando sus
bolsos Wayús comprados en boutiques exclusivas y cambiando de apartamento con bastante frecuencia.
Me da igual si es el diablo o no, pero sigo creyendo que la conspiración existe. El nuevo orden mundial está tan agendado, que parece ser un hecho. Se habla de que vienen más movimientos exigiendo derechos que ya tienen; más protestas; una supuesta vacuna en la que nos van a implantar un chip, y que el que no se la ponga no va poder ni ir al mercado; abortos legalizados y obligatorios en algunos casos; educación sectaria que promoverá más ignorancia; un régimen tan igualitario y equitativo a nivel mundial, que a todos nos obligarán a ser iguales, a pensar igual, a vestirnos igual, y a hablar el mismo idioma —que no será el inglés—. Que porque de esa manera, siendo todos esclavos de una élite, las diferencias se acabarían.
Entonces, para congraciarse
con los pobres, que seremos todos, nos darán un ingreso básico como para medio
comer, por el sólo hecho de existir, pero se buscará la manera de seguir aniquilado
sistemáticamente a la población, sobre todo a la población adulta, que es la
que más le cuesta al sistema. No es casualidad que el Coronavirus se haya ensañado
con nuestros viejos y enfermos crónicos. Y al que no le guste, tenga su
inyección de Covid, o de cualquier otro que se inventen: total, lo que hay son
instrumentos para la muerte.
Y el mundo pensando que el
diablo era Donald Trump. Hombre, él sólo es un pequeño ángel caído que se vio
tentado por el afán del show. Trump, a pesar de lo que se cree, no es tan malo.
No fue más que un bufón que puso la corte a entretener al vulgo mientras se
preparaba la verdadera función. Él no está invitado a formar parte de esa cofradía
de poderosos. Se dice que hasta lo matan, vaya a uno a saber.
No obstante, la intención de convertirnos
en seres dóciles —presas fáciles de los poderes que manipulan el mundo como
quieren—, no es tan conspirativa como algunos pretendemos. De hecho ya existen
herramientas para lograr ese ideal: la publicidad es una de ellas, el
adoctrinamiento psicológico es otra, y ni qué decir de la demagogia, la mentira
y la ignorancia, si es que a la larga no son la misma cosa.
Una cosa sí les aseguro desde
mi posición de conspiranoia. Lo escuché en alguna parte y aquí cobra validez:
“por el hecho de que uno sea paranoico, no quiere decir que alguien no lo esté
persiguiendo”. A lo mejor exagero, pero… ¿y si no?


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