domingo, 13 de septiembre de 2020

Conspiranoia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si algo me produce desconfianza es el discurso populachero que siempre habla en favor de los pobres. Si algo me produce recelo, es la publicitada filantropía de esos hombres que apoyan y financian causas nobles para el beneficio de la humanidad. En todo asunto humano no falta el mal, y como yo descreo tanto de los de mi misma especie, me cuesta pensar que no hay una conspiración secreta de filántropos poderosos tramando una dictadura global en la que el pensamiento uniforme será un precepto de obligatorio cumplimiento.

    Ya lo estamos comenzando a sentir quienes queremos excluirnos de esa tendencia del mundo moderno, la cual nos pretende insertar en una corriente de pensamiento progresista en el que hay que dejar de lado los valores tradicionales de nuestra cultura como la religión, la familia, el respeto por la vida, el derecho a la libertad y a la posesión de la propiedad, etc.

    Conspiranoicos nos llaman a quienes encontramos la mínima manifestación de generosidad como un acto sospechoso; a quienes creemos en las teorías alternativas que explican lo que no explica la oficialidad a pesar de no contar con pruebas. A lo mejor yo sea uno de esos que a todo le ven problema y que encuentran trazos de maldad hasta en la más carismática expresión de apoyo desinteresado, pero es que como tantas veces hemos sido engañados por políticos, empresarios, magnates, celebridades y organizaciones altruistas, ya uno intuye que en toda operación donativa se esconde una intención venenosa.

    La otra vez tocaron a mi puerta. Antes de abrir observé por el visillo a un elegante señor de corbata que sostenía en su hombro un maletín de cuero curtido y llevaba en su mano derecha un pequeño folleto ilustrado con la imagen de una poderosa mano agarrando el planeta. Debajo del folleto tenía un libro negro semejante a una biblia. Como no me pareció un sujeto peligroso para la sociedad, le abrí la puerta y me dispuse a atenderlo. Seguramente me iba a hablar de religión, algo de lo que en estos tiempos la humanidad se ha alejado tanto. “Vamos a ver con qué me sale ahora”, pensé maliciosamente. Me surgió la idea de controvertir sus creencias, seguro de demostrarle —gracias a la pandemia—, que su Dios, una vez más, había prestado oídos sordos a las plegarias de los hombres por salvarse de la plaga que los amenaza. Le haría evidenciar que ese ser Todopoderoso al que tanto ensalzan no era más que una flor en mitad de la carrilera frente al diabólico tren de maldad que viene en su dirección.

    —Buenos días —me saludó—. Estamos preguntando a los vecinos qué opinan de lo que se está viviendo en el mundo y quién consideran ellos que es el responsable.

    —Buenos días —saludé—. Pues yo no sé en el mundo quién será el responsable, pero aquí gran parte de la culpa la tiene Duque, o al menos eso es lo que yo le escucho decir siempre a la alcaldesa —le dije en tono de “a mí no me vas a corchar”.

    —Quiero decir —se excusó el hombre tratando de hacerse entender mejor—, ¿quién piensa usted que está detrás de todo esto causándonos tanto mal desde hace tiempo? ¿Quién podrá estar gobernando el mundo?

    —Pues no creo que sea Trump, porque ha perdido muchos seguidores con lo del Covid. De pronto puede ser una alianza entre Putin, la OMS, los fundamentalistas islámicos en contubernio con las FARC y el ELN, con Maduro y toda esa banda de criminales, y por supuesto, con los chinos, que se quieren meter aquí. Por algo nos tiraron el virus, ¿no?

    —Pero ¿no considera usted, caballero, que existe alguien detrás manipulando, azuzando para destruir al mundo? Es decir, ¿no se atreve a ir más allá y pensar que un poder superior le quiere hacer daño a la humanidad?

    —Hombre, sí —le dije—. Ahora que lo pienso, yo creo que detrás de este tinglado pueden estar los masones que manejan todas esas corporaciones queriendo imponer su agenda globalista: los Illuminati, el Priorato de Sion, la Internacional Comunista, los de la Teología de la Liberación, y hasta una facción del Vaticano encabezada por el Papa progresista Francisco I, cuya postura inicial de la humildad y la austeridad resultó ser una máscara.

    —Bueno, puede ser —me dijo el predicador evangélico—, pero quiero compartirle este versículo de la Biblia en el que se habla de ello, todo profetizado hace más de veinte siglos sin que nos percatáramos:

    » Primera de Juan, capítulo cinco, versículo diecinueve: “Sabemos que nosotros provenimos de Dios, pero el mundo entero yace bajo el poder del Maligno”.

    Como la conversación se estaba prolongando más tiempo del necesario, dejé la cosa así y acepté mi derrota en la discusión, pues ya quería entrarme y dedicarme a mi deporte favorito: pensar en la cama con los ojos cerrados.

    De modo que es la serpiente original, aquel que es llamado Diablo y Satanás el que está engañando a toda la tierra habitada; el Ángel de Luz el que está apoderado de todo este orbe convulso. ¡Jah!, no faltaba si no eso, echarle la culpa al Diablo para que después a ningún responsable se le pueda llevar a la cárcel cuando una corte internacional imparcial los juzgue.

    Aunque pensándolo bien, el Diablo tiene sus emisarios, y no me extraña para nada que todos esos maniáticos que nos gobiernan hubieran hecho pacto con él. Incluso el mismo Papa, o Soros, Bill Gates, Jeff Bezos, Larry Page y los demás multimillonarios que salen en el ranking de la revista Forbes y que destinan dinero a tantas obras de beneficencia. Yo sospecho hasta de mi amiga Cata, La Marxista, a la que veo en constante movimiento por la defensa de los más desfavorecidos, gestionando aquí y allá con ONG’s diversas, aunque siempre estrenando sus bolsos Wayús comprados en boutiques exclusivas y cambiando de apartamento con bastante frecuencia.



    Me da igual si es el diablo o no, pero sigo creyendo que la conspiración existe. El nuevo orden mundial está tan agendado, que parece ser un hecho. Se habla de que vienen más movimientos exigiendo derechos que ya tienen; más protestas; una supuesta vacuna en la que nos van a implantar un chip, y que el que no se la ponga no va poder ni ir al mercado; abortos legalizados y obligatorios en algunos casos; educación sectaria que promoverá más ignorancia; un régimen tan igualitario y equitativo a nivel mundial, que a todos nos obligarán a ser iguales, a pensar igual, a vestirnos igual, y a hablar el mismo idioma —que no será el inglés—. Que porque de esa manera, siendo todos esclavos de una élite, las diferencias se acabarían.

    Entonces, para congraciarse con los pobres, que seremos todos, nos darán un ingreso básico como para medio comer, por el sólo hecho de existir, pero se buscará la manera de seguir aniquilado sistemáticamente a la población, sobre todo a la población adulta, que es la que más le cuesta al sistema. No es casualidad que el Coronavirus se haya ensañado con nuestros viejos y enfermos crónicos. Y al que no le guste, tenga su inyección de Covid, o de cualquier otro que se inventen: total, lo que hay son instrumentos para la muerte.

    Y el mundo pensando que el diablo era Donald Trump. Hombre, él sólo es un pequeño ángel caído que se vio tentado por el afán del show. Trump, a pesar de lo que se cree, no es tan malo. No fue más que un bufón que puso la corte a entretener al vulgo mientras se preparaba la verdadera función. Él no está invitado a formar parte de esa cofradía de poderosos. Se dice que hasta lo matan, vaya a uno a saber.

    No obstante, la intención de convertirnos en seres dóciles —presas fáciles de los poderes que manipulan el mundo como quieren—, no es tan conspirativa como algunos pretendemos. De hecho ya existen herramientas para lograr ese ideal: la publicidad es una de ellas, el adoctrinamiento psicológico es otra, y ni qué decir de la demagogia, la mentira y la ignorancia, si es que a la larga no son la misma cosa.

    Una cosa sí les aseguro desde mi posición de conspiranoia. Lo escuché en alguna parte y aquí cobra validez: “por el hecho de que uno sea paranoico, no quiere decir que alguien no lo esté persiguiendo”. A lo mejor exagero, pero… ¿y si no?

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