Érase una vez un hombre afortunado y ambicioso. Desde que nació sólo
tuvo en mente una trivial misión: ser el Señor del universo, un proyecto nada egoísta
ni nada presuntuoso para lo que podía llegar a aspirar.
Desde muy joven se preparó
estudiando las doctrinas filosóficas de los más antiguos y de los postmodernos,
desembrolló el misterio de la mente humana y se regocijó cuando entendió el modus operandi de las religiones y las
demás ideologías: ahí estaría la clave para imponer su dominación.
¿Que por qué este hombre
deseaba tener el control absoluto del planeta y sus alrededores? No se sabía
con exactitud, pero se presentía en el ambiente, y sin que él se diera cuenta,
que este personaje había sufrido mucho desde niño y había sido objeto de todo
tipo de burlas, matoneo físico, y humillaciones, y fue denigrado por su
condición de judío; por proceder de un país de la vieja Cortina de Hierro;
porque su papá le pegaba; porque era un bueno para nada y no se sabía ocupar de
los asuntos de la familia, en fin. El hecho es que tuvo una niñez difícil y
creció con toda clase de complejos y resentimientos que le alimentaron un
fuerte sentimiento de venganza contra su prójimo.
—Cuando sea grande los voy a
sorprender a todos —se decía cada que en la secundaria algún compañerito más
aventajado le propinaba una paliza, pensando con ilusión que él sería fuerte y
que los demás tendrían que verlo con respeto y hasta rendirle pleitesía, y si
fuera posible, humillarse ante él. Luego el verbo “sorprender” lo cambió por el
de “dominar” a medida que fue madurando, y más adelante la dominación la sustituyó
con el ideal de la aniquilación.
—Para el año XXXX la humanidad
se tendrá que postrar ante mis pies, y no se moverá una ola del mar sin mi
consentimiento—, se repetía frente al espejo, tan dueño de su destino, tan
seguro de sus metas, tan premeditadamente calculador para llegar a convertirse
en el amo del mundo.
Siguiendo al pie de la letra las
enseñanzas de los grandes negociantes, se convirtió en el mejor agente bursátil
de su ciudad, y luego llegó a ser reconocido en el país. Todos los millonarios
del mundo lo buscaban para que les multiplicara sus riquezas y él ganó mucho
dinero haciendo feliz a otros. Después llegó a ser un joven pequeño burgués que
realizó con éxito emprendimientos en varios frentes, y en todos cuadruplicó sus
ingresos.
Poco a poco su otrora ínfima
cuenta bancaria fue valorada por los banqueros como una cuenta de respeto.
Entonces invirtió en acciones y compró divisas. Compró tanta moneda extranjera,
que le compitió al propio banco nacional de un país poderoso y casi lo llegó a
quebrar. Allí fue declarado persona no grata.
Pero países era lo que había para
invertir, y así fue como introdujo su dinero en esas economías pobres de las
repúblicas bananeras del Caribe y el Cono Sur, por ejemplo, en donde sí supieron
apreciar su esfuerzo y le devolvieron con creces lo invertido. Los gobernantes
de tradicionales apellidos estaban recelosos ante la aparición de este nuevo
magnate que estaba generando un pánico colectivo en detrimento de sus
economías, y pretendieron neutralizarlo con ciertas restricciones a los
extranjeros para que no se enriqueciera más que ellos: impuestos, aranceles,
exclusiones, desprestigio internacional y toda clase de trancas, porque no se
sabía este señor quién era ni de dónde venía.
Así que el extranjero en cuestión no se iba a preocupar por competirle
la posición a esos caudillos corrompidos, y más bien se dedicó a la
filantropía. Le parecieron más rentables las actividades sin ánimo de lucro,
porque siempre dejan más réditos las fundaciones que las empresas. Claro, esa
sería la forma de inmiscuirse en los asuntos de la política y el mercado de los
países sin que nadie sospechara nada y los políticos no le fregaran la vida: el
perfil bajo resultaba ser la mejor estrategia.
Y obtuvo grandes resultados ese
filántropo con sus fundaciones de caridad y sus ONG’s en las que patrocinaba todas
las causas de las minorías que no tenían representación en los grandes sistemas
geopolíticos y que eran discriminadas.
La decisión no pudo ser mejor.
Bastaba enviar un dadivoso aporte a la oficina más cercana, y esta se encargaba
de repartir a las demás, y cuando menos pensaba la red a su servicio estaba entretejida.
Para ello fue muy importante
tomarse la educación y realizar el perfecto adoctrinamiento. Después utilizó el
terror como fuente de dominación, y de este modo la gran masa estuvo dispuesta a pagar lo que fuera por la vacuna
milagrosa que la pusiera a salvo de la enfermedad que le tiraron. Entonces con
ello compró la libertad de la humanidad metiéndose con lo más vital: la salud,
y ya habiendo subyugado la mente de la muchedumbre, no tuvo ningún problema
para poner en ejecución práctica las demás fases de su plan de conquista del
universo.
Primero había que manipular
el lenguaje y la cultura en lugar de capturar los medios de producción, como
pensaron sus antecesores. Había que comenzar con la interiorización de
conceptos inocuos en su significado pero nocivos en su puesta en marcha. Se
trataba de destruir las naciones e imponer un solo reino en el que él estuviera
sentado en el trono, porque así se lo dictó su conciencia desde niño, y todo
sin tener que realizar el mínimo esfuerzo, pues trabajando como los demás no
era gracia conseguir sus objetivos.
Entonces alentó el desacato
entre los masificados, de modo que estos evadieran la ley sin que
necesariamente hubiera violencia. No, todavía no. Apenas era el primer paso
para que este nuevo magnate se saliera con la suya. La desobediencia de la
población haría que los gobiernos se pusieran rígidos en la aplicación de sus
leyes, y con ello vendría el segundo paso de la táctica: la resistencia.
Y como la reacción de sus
enemigos gobernantes fue enviar a la fuerza pública con violencia, el magnate aprovechó
la matanza para fomentar nuevas revueltas por los abusos cometidos, y entonces
hizo que cambiaran las leyes y le amarraran las manos a los cuerpos policiales
para que no actuaran. Se valió de los estamentos internacionales como el Derecho
Internacional Humanitario y la CIDH, la ONU, la OMS y cuanta sigla de ONG y
tratado de paz —que él mismo patrocinaba con aportes— se le apareciera en el
camino, y de este modo la comunidad internacional puso los ojos sobre las
republiquetas y las demás naciones occidentales, a ver quién era el que estaba
asesinando tanto inocente.
Con la violencia que esto produjo, el hombre del que cuento la historia
se saboreó ante la caída de los sistemas democráticos por los derrocamientos
que se produjeron. Y con ello sobrevino lo que fue la cereza del pastel para
finiquitar su meta: la anarquía.
Fueron los tiempos más felices
los que vivió este manipulador, haciendo y deshaciendo con total impunidad,
promoviendo guerras civiles, financiando rebeliones, viendo incendiarse el
mundo, destruyendo naciones, acabando con la autoridad para que reinara el
desconcierto que devino en locura. Cuando se presentó ante el mundo como una
luz de salvación, muchos le tendieron la mano queriendo salir del fango, así
les insertara en el brazo el chip de la alineación.
Después de todo ese período de
convulsión el mundo fue un lugar diferente: todos los hombres fueron iguales,
pensaron igual, se vistieron igual, fueron infelices por igual, adoraron al
mismo Dios, y sobre todo, se murieron igualitariamente sin volver a gozar jamás
de libertad; ni siquiera de pensamiento.
Hubo rumores cuando llegó el Armagedón:
las legiones de ángeles atraparon al impostor que pretendió usurpar el lugar de
Jesucristo. Al fin supieron quién era cuando el verdadero Rey del Universo lo
tomó del cuello y le arrancó una máscara de caucho que le ocultaba el rostro.
Todos esperaban ver a Soros, el filántropo millonario, pero no lo identificaron.
Tampoco era Juan Manuel Santos, ni ninguno delos Rockefeller, ni Bill Gates, ni
Putin, ni el presidente de Korea del Norte, ni el de la China ni el de Irán, y
mucho menos Trump. Tampoco era ninguna reencarnación de Hitler ni de Stalin; de
Marx ni de Mussolini ni de ningún emperador romano sanguinario. Dijeron que era
Lucifer, y como los jueces estaban a su favor, lo dejaron suelto porque según ellos no
representaba un peligro para la sociedad.







No hay comentarios.:
Publicar un comentario