domingo, 27 de septiembre de 2020

El Señor del universo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Érase una vez un hombre afortunado y ambicioso. Desde que nació sólo tuvo en mente una trivial misión: ser el Señor del universo, un proyecto nada egoísta ni nada presuntuoso para lo que podía llegar a aspirar.

   Desde muy joven se preparó estudiando las doctrinas filosóficas de los más antiguos y de los postmodernos, desembrolló el misterio de la mente humana y se regocijó cuando entendió el modus operandi de las religiones y las demás ideologías: ahí estaría la clave para imponer su dominación.

    ¿Que por qué este hombre deseaba tener el control absoluto del planeta y sus alrededores? No se sabía con exactitud, pero se presentía en el ambiente, y sin que él se diera cuenta, que este personaje había sufrido mucho desde niño y había sido objeto de todo tipo de burlas, matoneo físico, y humillaciones, y fue denigrado por su condición de judío; por proceder de un país de la vieja Cortina de Hierro; porque su papá le pegaba; porque era un bueno para nada y no se sabía ocupar de los asuntos de la familia, en fin. El hecho es que tuvo una niñez difícil y creció con toda clase de complejos y resentimientos que le alimentaron un fuerte sentimiento de venganza contra su prójimo.

    —Cuando sea grande los voy a sorprender a todos —se decía cada que en la secundaria algún compañerito más aventajado le propinaba una paliza, pensando con ilusión que él sería fuerte y que los demás tendrían que verlo con respeto y hasta rendirle pleitesía, y si fuera posible, humillarse ante él. Luego el verbo “sorprender” lo cambió por el de “dominar” a medida que fue madurando, y más adelante la dominación la sustituyó con el ideal de la aniquilación.

    —Para el año XXXX la humanidad se tendrá que postrar ante mis pies, y no se moverá una ola del mar sin mi consentimiento—, se repetía frente al espejo, tan dueño de su destino, tan seguro de sus metas, tan premeditadamente calculador para llegar a convertirse en el amo del mundo. 

    No consideraba que se le estuviera yendo la mano a este jovenzuelo en sus aspiraciones, porque se había preparado para manipular la lógica estúpida del hombre masa y aplicarle los postulados de las escuelas de dominación del pensamiento, como la escuela masónica o la cristiana; de modo que cuando emprendió su vida productiva como corredor de bolsa, ya tenía muy arraigada su idea de ser emperador universal.


      Siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de los grandes negociantes, se convirtió en el mejor agente bursátil de su ciudad, y luego llegó a ser reconocido en el país. Todos los millonarios del mundo lo buscaban para que les multiplicara sus riquezas y él ganó mucho dinero haciendo feliz a otros. Después llegó a ser un joven pequeño burgués que realizó con éxito emprendimientos en varios frentes, y en todos cuadruplicó sus ingresos.

    Poco a poco su otrora ínfima cuenta bancaria fue valorada por los banqueros como una cuenta de respeto. Entonces invirtió en acciones y compró divisas. Compró tanta moneda extranjera, que le compitió al propio banco nacional de un país poderoso y casi lo llegó a quebrar. Allí fue declarado persona no grata.

    Pero países era lo que había para invertir, y así fue como introdujo su dinero en esas economías pobres de las repúblicas bananeras del Caribe y el Cono Sur, por ejemplo, en donde sí supieron apreciar su esfuerzo y le devolvieron con creces lo invertido. Los gobernantes de tradicionales apellidos estaban recelosos ante la aparición de este nuevo magnate que estaba generando un pánico colectivo en detrimento de sus economías, y pretendieron neutralizarlo con ciertas restricciones a los extranjeros para que no se enriqueciera más que ellos: impuestos, aranceles, exclusiones, desprestigio internacional y toda clase de trancas, porque no se sabía este señor quién era ni de dónde venía.


    Así que el extranjero en cuestión no se iba a preocupar por competirle la posición a esos caudillos corrompidos, y más bien se dedicó a la filantropía. Le parecieron más rentables las actividades sin ánimo de lucro, porque siempre dejan más réditos las fundaciones que las empresas. Claro, esa sería la forma de inmiscuirse en los asuntos de la política y el mercado de los países sin que nadie sospechara nada y los políticos no le fregaran la vida: el perfil bajo resultaba ser la mejor estrategia.

    Y obtuvo grandes resultados ese filántropo con sus fundaciones de caridad y sus ONG’s en las que patrocinaba todas las causas de las minorías que no tenían representación en los grandes sistemas geopolíticos y que eran discriminadas.

    La decisión no pudo ser mejor. Bastaba enviar un dadivoso aporte a la oficina más cercana, y esta se encargaba de repartir a las demás, y cuando menos pensaba la red a su servicio estaba entretejida.

    No le interesaba tanto recuperar el capital que dejaba en sus donaciones, como capturar el cerebro del receptor. De esa manera promovió un sistema social de lucha y emancipación para sacar del camino a la competencia, que no eran los otros empresarios como él, sino los respectivos gobernantes de cada nación. Porque a él no le servía el dinero per se, sino que lo que quería era el poder. Recordemos: él anhelaba ser el amo del universo y de esta manera ser el predecesor de Dios. Para esto tenía que valerse de armas como la Deconstrucción, que era una estrategia para generar caos y realizar toda una transformación que operara desde el seno de las instituciones que se conforman al interior del Estado: las ramas del poder, el aparato militar, los medios de comunicación, las universidades, la familia, las iglesias, los clubes, las asociaciones de lo que sea, y hasta los equipos de fútbol.




    Todo valía en su intento de llegar a la cúspide soñada. Además, él ya había conseguido, a través del financiamiento a movimientos de toda laya, que estos rompieran el estado de orden imperante y lograran lo que ningún presidente de ningún país había logrado: la obediencia por convicción.

    Para ello fue muy importante tomarse la educación y realizar el perfecto adoctrinamiento. Después utilizó el terror como fuente de dominación, y de este modo la gran masa estuvo dispuesta a pagar lo que fuera por la vacuna milagrosa que la pusiera a salvo de la enfermedad que le tiraron. Entonces con ello compró la libertad de la humanidad metiéndose con lo más vital: la salud, y ya habiendo subyugado la mente de la muchedumbre, no tuvo ningún problema para poner en ejecución práctica las demás fases de su plan de conquista del universo.

     Primero había que manipular el lenguaje y la cultura en lugar de capturar los medios de producción, como pensaron sus antecesores. Había que comenzar con la interiorización de conceptos inocuos en su significado pero nocivos en su puesta en marcha. Se trataba de destruir las naciones e imponer un solo reino en el que él estuviera sentado en el trono, porque así se lo dictó su conciencia desde niño, y todo sin tener que realizar el mínimo esfuerzo, pues trabajando como los demás no era gracia conseguir sus objetivos.

    Entonces alentó el desacato entre los masificados, de modo que estos evadieran la ley sin que necesariamente hubiera violencia. No, todavía no. Apenas era el primer paso para que este nuevo magnate se saliera con la suya. La desobediencia de la población haría que los gobiernos se pusieran rígidos en la aplicación de sus leyes, y con ello vendría el segundo paso de la táctica: la resistencia.




    “Resistencia, resistencia”, gritaba un político a sus seguidores el mismo día en que perdió las elecciones. El que ganó le había hecho un guiño silencioso, porque a la larga todos trabajaban para el mismo jefe, que era este millonario convencido de ser el amo. Ya estaba a punto de lograr sus objetivos, así que inyectó más capital adquirido con uno que otro desfalco a la banca internacional para pagar manifestantes de todos los pelambres. Algunos creían ingenuamente que estaban luchando por una causa justa, un mundo mejor, pero la mayoría no sabía a quién, en últimas, estaban beneficiando.

    Y como la reacción de sus enemigos gobernantes fue enviar a la fuerza pública con violencia, el magnate aprovechó la matanza para fomentar nuevas revueltas por los abusos cometidos, y entonces hizo que cambiaran las leyes y le amarraran las manos a los cuerpos policiales para que no actuaran. Se valió de los estamentos internacionales como el Derecho Internacional Humanitario y la CIDH, la ONU, la OMS y cuanta sigla de ONG y tratado de paz —que él mismo patrocinaba con aportes— se le apareciera en el camino, y de este modo la comunidad internacional puso los ojos sobre las republiquetas y las demás naciones occidentales, a ver quién era el que estaba asesinando tanto inocente.

    Al darse cuenta de que las fuerzas del orden no podían actuar y que cualquiera que se sublevara debía ser reconocido como sujeto digno de derechos, pues pagó gente para que se insubordinara contra sus todo orden establecido.




    Con la violencia que esto produjo, el hombre del que cuento la historia se saboreó ante la caída de los sistemas democráticos por los derrocamientos que se produjeron. Y con ello sobrevino lo que fue la cereza del pastel para finiquitar su meta: la anarquía.

    Fueron los tiempos más felices los que vivió este manipulador, haciendo y deshaciendo con total impunidad, promoviendo guerras civiles, financiando rebeliones, viendo incendiarse el mundo, destruyendo naciones, acabando con la autoridad para que reinara el desconcierto que devino en locura. Cuando se presentó ante el mundo como una luz de salvación, muchos le tendieron la mano queriendo salir del fango, así les insertara en el brazo el chip de la alineación.

    Después de todo ese período de convulsión el mundo fue un lugar diferente: todos los hombres fueron iguales, pensaron igual, se vistieron igual, fueron infelices por igual, adoraron al mismo Dios, y sobre todo, se murieron igualitariamente sin volver a gozar jamás de libertad; ni siquiera de pensamiento.




    Hubo rumores cuando llegó el Armagedón: las legiones de ángeles atraparon al impostor que pretendió usurpar el lugar de Jesucristo. Al fin supieron quién era cuando el verdadero Rey del Universo lo tomó del cuello y le arrancó una máscara de caucho que le ocultaba el rostro. Todos esperaban ver a Soros, el filántropo millonario, pero no lo identificaron. Tampoco era Juan Manuel Santos, ni ninguno delos Rockefeller, ni Bill Gates, ni Putin, ni el presidente de Korea del Norte, ni el de la China ni el de Irán, y mucho menos Trump. Tampoco era ninguna reencarnación de Hitler ni de Stalin; de Marx ni de Mussolini ni de ningún emperador romano sanguinario. Dijeron que era Lucifer, y como los jueces estaban a su favor, lo dejaron suelto porque según ellos no representaba un peligro para la sociedad.



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