Cada cierto
tiempo, como contagiados por el espíritu esnobista de una época, la sociedad
pone de moda ciertas palabras que se precian de tener un significado concreto,
acuñado para una temática específica. En una nueva coyuntura, esos términos
desenterrados de lo más recóndito del Diccionario de Español se revalidan para adquirir
significados mucho más prolijos que involucran aspectos que antes no estaban
contemplados.
Me refiero por
ejemplo a sustantivos que en su momento
fueron bombardeados por la masificación cultural y nos los sacaron a relucir
como si fueran la gran panacea del nuevo lenguaje.
Este año, a
raíz de la pandemia, fue precisamente esa palabra, “pandemia”, la que nos
obligaron a poner de moda hasta el cansancio, al punto de haberla incorporado a
la realidad como si ella hubiera sido parte de nuestra cotidianidad de toda la
vida. Y resulta que ningún ser humano que se encuentre vivo en este momento
puede decir que ha experimentado antes de este año el rigor de la palabra con
todas sus implicaciones, pues la última gran pandemia de la que tuvo noticia la
humanidad fue La Gripe Española, hace más o menos cien años.
No obstante, expresiones
como “pandemia”, “confinamiento”, “distanciamiento social”, “cuarentena”, etc.,
ya son parte del uso cotidiano de nuestra lengua, y están tan gastadas, que estamos en boga de inventarnos otras para sustituirlas.
Hay una palabra, por ejemplo, que no sé a quién le dio por utilizar con una concepción totalmente oportunista, y es ese machacado vocablo llamado “resiliencia”. Ni siquiera me gusta cómo suena, y el corrector ortográfico del computador aún no la identifica. Pero como ahora todo discurso, proyecto o intención reivindicativa de la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, lleva en algún lado la palabra “resiliencia”, “pues no queda otro camino que aceptar” dicha palabreja.
Ya la había
escuchado antes, hace mucho tiempo, en una clase de física; y un profesor nos
la definía como la propiedad que tienen los cuerpos para recuperar su estado
original después de haber sido sometidos a un proceso físico de transformación
o deterioro. Hay cierto tipo de papel como en el que empacan las galletas, que
cuando uno lo arruga y lo tira a la basura; este se desarruga con rebeldía,
abarcando todo el espacio de la papelera y recobrando su forma original. Era un
buen ejemplo con el que se ilustraba la “resiliencia” de los materiales, pero
no sabía que la Psicología también había hecho su apropiación del término, y
ahora todo depende de la “resiliencia”: que hay que afrontar la crisis con resiliencia,
nos dicen los gurús de la superación; que esta tarde presentan el concierto por
la resiliencia; que mañana es la marcha de la resiliencia; que los artistas
hablan sobre la importancia de la resiliencia, y todo con esa obsesiva
repetición que se me ha vuelto fastidiosa, no por lo que significa el término,
sino por su uso desmedido a propósito de lo que a la humanidad le tocó vivir
este año.
No recuerdo
haber escuchado en otro tiempo este concepto de forma tan generalizada, como si
antes no hubieran existido la adversidad y los problemas. ¿O acaso cómo se le
llamaba a la capacidad de sobreponerse a la dificultad en el tiempo de nuestros
abuelos? Me parece que ellos lo definían con un término menos eufemístico pero
más contundente: “verraquera”.
Hace cuatro
años, cuando Santos estaba firmando la rendición del pueblo colombiano al
terrorismo con su “Proceso de Paz”, nos metieron hasta la saciedad una frase
que al final nos tuvimos que tragar como un sapo y nunca supimos qué era, o con
qué fin se utilizaba. Esa aberrante expresión que se llama “desescalamiento del
conflicto”. Eso que definieron como “una serie de pasos y de gestos progresivos
para bajarle el nivel a la confrontación y la gente en sus territorios sienta
que se está acercando la paz”. Mejor dicho, una cuestión de aclimatamiento reflejada en términos del
lenguaje aunque no fuera así en la realidad. Sonaba bastante bien y los medios
adoptaron la expresión que al final terminó usándose por costumbre, extraviada
de toda su carga de compromiso para irnos llevando a una firma de un tratado de
mentira.
Y hay otras palabras
que la corrección política nos quiere imponer como si uno en el fondo no
supiera a qué están apuntando con su estratagema. Ahí les va por ejemplo una: “excombatientes”,
cuando se refieren a los guerrilleros que eran parte de las FARC y que se acogieron
al fallido proceso (y que a pesar de eso yo apoyo a los que de verdad tuvieron
voluntad de dejar las armas), y que gracias a la suavización del lenguaje les
fue cambiado el nombre de exguerrilleros por el de excombatientes, como si hubieran
sido parte de la institución militar y hubieran librado una batalla gloriosa
para defender a la nación. Combatiente es un patriota, y estos a los que se les
llama excombatientes son todo, menos patriotas.
Y ni qué decir de
esa otra palabra que anda sonando por ahí y que está cobrando tanta vigencia en
razón de las protestas: la “deconstrucción”. Se ha vuelto de uso común para bautizar
el fenómeno que se está viviendo en las democracias occidentales por cuenta de
quienes pretenden disolver el canon de los valores judeo-cristianos; causar desestabilización
y generar caos. Aunque el término lo utilizó primero Heidegger, se le debe su
desarrollo a Derrida, quien puso en boga su uso. Para mi
gusto, me quedo con el término alemán de Heidegger: Destruktion, el cual se traduce con mayor fidelidad a la palabra "destrucción".
Y en realidad esa es la intención que encierra el modelo de la Deconstrucción, con mayúscula, que si
bien no es sinónimo de destrucción, suele tener un efecto muy
similar. Jaque Derrida lo relacionó con el desmarcamiento de las estructuras,
de la autoridad; con una recontextualización del lenguaje, aunque en el fondo
tampoco supo definir qué era.
Así que a las cosas
hay que llamarlas por su nombre, y sobre todo si en términos prácticos causan los
mismos estragos. Sigo pensando en que tratando de disfrazar la manipulación, quisieron
desviar la atención con ese nombre tan “filosófico”, pero lo que es en realidad
la palabra, es una destrucción arbitraria de un sistema ya establecido.
No me quedo sin las ganas de proponer el análisis de la última
frase que escuché hace poco a propósito de las mal llamadas protestas sociales,
y es esta: “Revolución Molecular Disipada”. Aquí parece que ya le hubiéramos
metido química al asunto, y rebautizamos la nueva forma de guerra civil que
encontró la izquierda para acabar con el modelo de la república y las instituciones
que la conforman.
Este término
hace referencia al modelo que ha venido operando de un tiempo para acá en
Latinoamérica y ahora en Estados Unidos, en el que ponen de manifiesto una
frase que escribieron dos autores de la Deconstrucción (Gilles Deleuze &
Tiqqun, Contribución a la guerra en curso):
“El terror y la crisis son ante todo dos maneras de gobernar”. Ahí está pues la
aplicación práctica de ese concepto del que hablaba arriba, porque esta
Revolución Molecular Disipada (RMD) es su hija calavera.
El primero que
habló de la RMD fue el filósofo francés Félix Guattari, quien lo planteó como
un sistema social de lucha y emancipación, ya no a través del discurso político
y la democracia, sino a través de “las mutaciones del deseo”. O como lo expresa
más concretamente: “vincular toda transformación social a una transformación en
la economía del deseo”. En últimas lleva a decirle a la gente que si no se cumplen
sus deseos, es posible “alterar el estado de normalidad social del sistema dominante
para derogarlo y sustituirlo”, como lo afirma el intelectual chileno Alexis López,
director de Radio y Televisión de Santiago (RTS), quien lleva años estudiando
la ofensiva neo-marxista en Latinoamérica y el mundo. Concluye con conocimiento
de causa que la Revolución Molecular es una revolución de la izquierda por destruir
las instituciones y generar el caos (molecular porque no hay cabezas visibles.
Tirar la piedra y esconder la mano es su consigna) con el fin de instaurar un gobierno
de “políticas globales a través de organismos como la ONU, la OMS, la CEPAL y
otras tantas ONG’s que son apoyadas por magnates que buscan destruir las
naciones para que ellos mismos sean la nación. (De aquí puedo extraer el sustento
para un próximo artículo, pues el tema da para tanto que no me alcanza este).
De modo que vayámonos
familiarizando con estos términos que estarán de moda a partir de ahora y por
mucho tiempo, pero entendiéndolos en nuestra concepción pragmática como lo que
son: palabras que no dicen nada y significan peligro. Porque las han apropiado
para disfrazar las verdaderas intenciones de su connotación; como cuando se
dice retenciones ilegales en vez de secuestro; o globalismo en lugar de socialismo
mundial, dos cosas aparentemente diferentes que conllevan el mismo gen de
aniquilación. A la larga, son iguales.





No hay comentarios.:
Publicar un comentario