miércoles, 23 de septiembre de 2020

Palabras que no dicen nada y significan peligro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    Cada cierto tiempo, como contagiados por el espíritu esnobista de una época, la sociedad pone de moda ciertas palabras que se precian de tener un significado concreto, acuñado para una temática específica. En una nueva coyuntura, esos términos desenterrados de lo más recóndito del Diccionario de Español se revalidan para adquirir significados mucho más prolijos que involucran aspectos que antes no estaban contemplados.

    Me refiero por ejemplo a sustantivos que en su momento fueron bombardeados por la masificación cultural y nos los sacaron a relucir como si fueran la gran panacea del nuevo lenguaje.

    Este año, a raíz de la pandemia, fue precisamente esa palabra, “pandemia”, la que nos obligaron a poner de moda hasta el cansancio, al punto de haberla incorporado a la realidad como si ella hubiera sido parte de nuestra cotidianidad de toda la vida. Y resulta que ningún ser humano que se encuentre vivo en este momento puede decir que ha experimentado antes de este año el rigor de la palabra con todas sus implicaciones, pues la última gran pandemia de la que tuvo noticia la humanidad fue La Gripe Española, hace más o menos cien años.

    No obstante, expresiones como “pandemia”, “confinamiento”, “distanciamiento social”, “cuarentena”, etc., ya son parte del uso cotidiano de nuestra lengua, y están tan gastadas, que estamos en boga de inventarnos otras para sustituirlas.



    Hay una palabra, por ejemplo, que no sé a quién le dio por utilizar con una concepción totalmente oportunista, y es ese machacado vocablo llamado “resiliencia”. Ni siquiera me gusta cómo suena, y el corrector ortográfico del computador aún no la identifica. Pero como ahora todo discurso, proyecto o intención reivindicativa de la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, lleva en algún lado la palabra “resiliencia”, “pues no queda otro camino que aceptar” dicha palabreja.

    Ya la había escuchado antes, hace mucho tiempo, en una clase de física; y un profesor nos la definía como la propiedad que tienen los cuerpos para recuperar su estado original después de haber sido sometidos a un proceso físico de transformación o deterioro. Hay cierto tipo de papel como en el que empacan las galletas, que cuando uno lo arruga y lo tira a la basura; este se desarruga con rebeldía, abarcando todo el espacio de la papelera y recobrando su forma original. Era un buen ejemplo con el que se ilustraba la “resiliencia” de los materiales, pero no sabía que la Psicología también había hecho su apropiación del término, y ahora todo depende de la “resiliencia”: que hay que afrontar la crisis con resiliencia, nos dicen los gurús de la superación; que esta tarde presentan el concierto por la resiliencia; que mañana es la marcha de la resiliencia; que los artistas hablan sobre la importancia de la resiliencia, y todo con esa obsesiva repetición que se me ha vuelto fastidiosa, no por lo que significa el término, sino por su uso desmedido a propósito de lo que a la humanidad le tocó vivir este año.

    No recuerdo haber escuchado en otro tiempo este concepto de forma tan generalizada, como si antes no hubieran existido la adversidad y los problemas. ¿O acaso cómo se le llamaba a la capacidad de sobreponerse a la dificultad en el tiempo de nuestros abuelos? Me parece que ellos lo definían con un término menos eufemístico pero más contundente: “verraquera”.




    Hace cuatro años, cuando Santos estaba firmando la rendición del pueblo colombiano al terrorismo con su “Proceso de Paz”, nos metieron hasta la saciedad una frase que al final nos tuvimos que tragar como un sapo y nunca supimos qué era, o con qué fin se utilizaba. Esa aberrante expresión que se llama “desescalamiento del conflicto”. Eso que definieron como “una serie de pasos y de gestos progresivos para bajarle el nivel a la confrontación y la gente en sus territorios sienta que se está acercando la paz”. Mejor dicho, una cuestión de aclimatamiento reflejada en términos del lenguaje aunque no fuera así en la realidad. Sonaba bastante bien y los medios adoptaron la expresión que al final terminó usándose por costumbre, extraviada de toda su carga de compromiso para irnos llevando a una firma de un tratado de mentira.


    Y hay otras palabras que la corrección política nos quiere imponer como si uno en el fondo no supiera a qué están apuntando con su estratagema. Ahí les va por ejemplo una: “excombatientes”, cuando se refieren a los guerrilleros que eran parte de las FARC y que se acogieron al fallido proceso (y que a pesar de eso yo apoyo a los que de verdad tuvieron voluntad de dejar las armas), y que gracias a la suavización del lenguaje les fue cambiado el nombre de exguerrilleros por el de excombatientes, como si hubieran sido parte de la institución militar y hubieran librado una batalla gloriosa para defender a la nación. Combatiente es un patriota, y estos a los que se les llama excombatientes son todo, menos patriotas.



    Y ni qué decir de esa otra palabra que anda sonando por ahí y que está cobrando tanta vigencia en razón de las protestas: la “deconstrucción”. Se ha vuelto de uso común para bautizar el fenómeno que se está viviendo en las democracias occidentales por cuenta de quienes pretenden disolver el canon de los valores judeo-cristianos; causar desestabilización y generar caos. Aunque el término lo utilizó primero Heidegger, se le debe su desarrollo a Derrida, quien puso en boga su uso. Para mi gusto, me quedo con el término alemán de Heidegger: Destruktion, el cual se traduce con mayor fidelidad a la palabra "destrucción". Y en realidad esa es la intención que encierra el modelo de la Deconstrucción, con mayúscula, que si bien no es sinónimo de destrucción, suele tener un efecto muy similar. Jaque Derrida lo relacionó con el desmarcamiento de las estructuras, de la autoridad; con una recontextualización del lenguaje, aunque en el fondo tampoco supo definir qué era. 

    Así que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, y sobre todo si en términos prácticos causan los mismos estragos. Sigo pensando en que tratando de disfrazar la manipulación, quisieron desviar la atención con ese nombre tan “filosófico”, pero lo que es en realidad la palabra, es una destrucción arbitraria de un sistema ya establecido.


    

No me quedo sin las ganas de proponer el análisis de la última frase que escuché hace poco a propósito de las mal llamadas protestas sociales, y es esta: “Revolución Molecular Disipada”. Aquí parece que ya le hubiéramos metido química al asunto, y rebautizamos la nueva forma de guerra civil que encontró la izquierda para acabar con el modelo de la república y las instituciones que la conforman.

    Este término hace referencia al modelo que ha venido operando de un tiempo para acá en Latinoamérica y ahora en Estados Unidos, en el que ponen de manifiesto una frase que escribieron dos autores de la Deconstrucción (Gilles Deleuze & Tiqqun, Contribución a la guerra en curso): “El terror y la crisis son ante todo dos maneras de gobernar”. Ahí está pues la aplicación práctica de ese concepto del que hablaba arriba, porque esta Revolución Molecular Disipada (RMD) es su hija calavera.

    El primero que habló de la RMD fue el filósofo francés Félix Guattari, quien lo planteó como un sistema social de lucha y emancipación, ya no a través del discurso político y la democracia, sino a través de “las mutaciones del deseo”. O como lo expresa más concretamente: “vincular toda transformación social a una transformación en la economía del deseo”. En últimas lleva a decirle a la gente que si no se cumplen sus deseos, es posible “alterar el estado de normalidad social del sistema dominante para derogarlo y sustituirlo”, como lo afirma el intelectual chileno Alexis López, director de Radio y Televisión de Santiago (RTS), quien lleva años estudiando la ofensiva neo-marxista en Latinoamérica y el mundo. Concluye con conocimiento de causa que la Revolución Molecular es una revolución de la izquierda por destruir las instituciones y generar el caos (molecular porque no hay cabezas visibles. Tirar la piedra y esconder la mano es su consigna) con el fin de instaurar un gobierno de “políticas globales a través de organismos como la ONU, la OMS, la CEPAL y otras tantas ONG’s que son apoyadas por magnates que buscan destruir las naciones para que ellos mismos sean la nación. (De aquí puedo extraer el sustento para un próximo artículo, pues el tema da para tanto que no me alcanza este).

    De modo que vayámonos familiarizando con estos términos que estarán de moda a partir de ahora y por mucho tiempo, pero entendiéndolos en nuestra concepción pragmática como lo que son: palabras que no dicen nada y significan peligro. Porque las han apropiado para disfrazar las verdaderas intenciones de su connotación; como cuando se dice retenciones ilegales en vez de secuestro; o globalismo en lugar de socialismo mundial, dos cosas aparentemente diferentes que conllevan el mismo gen de aniquilación. A la larga, son iguales.

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